Este síndrome debe tener algún nombre

1. Te gusta un single del nuevo disco de una banda. 2. Te gusta otro single. 3. Te compras el disco y lo escuchas entero. 4. Al segundo día, esos dos singles ya como que te patean. 5. A la semana, hay un par de otras canciones que te empiezan a gustar. 6. Al mes, escuchas esas canciones todo el día. 7. Un año después, esas canciones las tienes en tu cabeza para siempre y de los singles apenas te acuerdas.

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El Diario de Agustín en Youtube

En los años 90, La Ultima Tentación de Cristo estaba prohibida en Chile por culpa de la iglesia. A nadie le parecía raro, los diputados lo encontraban de lo más normal y había una clase particular de ratas que te decían: “Oye, pero si esa película está pirateada EN TODAS PARTES, da lo mismo que la censuren”. Esas ratas son primos de los que hoy creen que porque el documental de Aguero sobre El Mercurio está en Youtube, poco menos que le “ganamos” a los que no la ponen en televisión. Es la misma actitud miope, boluda y en el fondo cobarde y ombliguista: “Yo ya la vi porque tengo banda ancha, el resto que se chupe el dedo y se aviven”. Las ratas disfrazadas de tipos listos son las peores.

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El bono anti aborto

Allamand no se sacó su bono de la manga. Pensar que todos los conflictos de los pobres se resuelven con plata y que la única manera de gobernarlos es a través del conductismo del bono y la beca es esencial a la derecha. No creen que el resto de la sociedad sea igual a ellos -que jamás le pondrían precio al aborto de una hija- y, aunque hayan entendido que tenemos derechos, la verdad es que en el fondo creen que no los merecemos y no sabemos qué hacer con ellos.

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El sur y el verano

La primera semana de enero del 2009 yo estaba en Temuco, visitando a mis padres en sus respectivas casas y sin muchos planes para el resto de las vacaciones. Fue en ese momento de debilidad, esa pausa en el criterio que a veces producen el exceso de calor y la falta de horarios, que mi viejo me convenció de irnos los dos por el día a Puerto Saavedra.

Puerto Saavedra es un pueblo costero a unos cien kilómetros de Temuco. Yo viví ahí de chico, a fines de los ’80 y luego volví regularmente a visitar a mi mamá y a mis hermanos durante los veranos, hasta que se mudaron a otra ciudad y ya no tuve razones ni ganas para volver.

Entiendo que hay muchas fantasías y buenos recuerdos turísticos asociados con el encanto de los pueblitos sureños. Es sólo que yo no tengo ninguno de esos recuerdos y la única cosa que extraño de Puerto Saavedra es el mar y esa sensación de mirar el cielo y sentir que estás en el borde de la gran tapa de olla que cubre a Chile.

Le dije a mi viejo que cruzáramos el pueblo sin detenernos hasta llegar directo a la playa y aceptó. Viajamos desde Temuco por el camino recién asfaltado, cruzamos el puente de Carahue y, después de un largo trecho de colinas y potreros entramos al pueblo doblando en la ancha curva que en invierno siempre se llenaba de agua y que ahora relucía blanca bajo el sol.

Aceleramos por la calle principal en el auto viejo y chico mientras él hacía los típicos comentarios del turista senior: mira, tienen antenas de tevecable, mira, la iglesia está igual, mira, ese niño tan chico y manejando esa yunta de bueyes tan grandes, mira, ese tractor tan viejo, mira ese cabro con las ristras de pescados.

Mira, le dije yo, en esa esquina unos compañeros de curso me patearon en el suelo en séptimo básico.

Dónde estaba yo en esa época, dijo él.

En Lautaro. Dije yo.

Aceleramos. Era una mañana de verano y en esos momentos Puerto Saavedra luce radiante, acogedor, festivo. No se parece mucho al purgatorio lluvioso de los meses de invierno.

Me gustaría venirme a vivir a una parcelita en la playa cuando jubilemos con mi mujer, dijo él un rato después. ¿Me vendrías a ver si viviera acá?

No, pero te mandaría novelas de pillitos en el bus de las diez, le dije.

Acá debe haber alguna librería, dijo él.

No, dije yo, no hay.

Pasamos por fuera de la casa donde mi mamá vivió hasta el 97 y que tenía un minimarket en el primer piso y una casita anexa que le arrendábamos a un matrimonio de Testigos de Jehová muy pobres y muy felices. Pasamos por la plaza donde una vez vi bajar de un helicóptero a Belisario Velasco, quien andaba fiscalizando las ayudas de alguna emergencia regional. Pasamos por afuera de los bares, las schoperías, las fuentes de soda, los depósitos de vino, la extensa y siempre saludable red de distribución del único negocio que jamás pierde clientes en el sur.

Almorzamos en la caleta, a medio camino entre el pueblo y la playa. Me encontré de reojo con gente que conocía desde chico y nadie saludó a nadie.

Llegamos al mar y estacionamos a unos veinte metros del agua. Le mostré a mi viejo el primer lugar donde viví en Puerto Saavedra, una planicie al lado de las dunas donde mi mamá y su pareja de entonces construyeron una cabaña de madera barata que funcionó como minimarket y chalet de veraneo familiar durante los primeros meses de 1986.

Dónde estaba yo en esos tiempos, volvió a preguntarse él.

En Temuco, le dije.

No me acuerdo, dijo él, no me puedo acordar. Tomemos un whisky a ver si me viene la memoria.

Así que eso hicimos. Sacamos el termo con el hielo, la botella y los vasos plásticos y nos tomamos un whisky sentados en la arena sucia.

Mira, dijo él, hay una piedra blanca allá en las rocas.

No es una piedra, le dije, es un pedazo de lona.

Fuimos a ver. El caballo estaba tendido de lado, las patas plegadas. El agua lo había decolorado. Tenía los dientes al aire y las cuencas de los ojos vacías.

A lo mejor se cayó de algún barco, dijo él.

No, le expliqué, debe ser de alguien que venía cruzando entre los cerros y el mar hacia el lago Budi, de noche, curado, y se encontró con la marea alta y el agua se lo llevó.

Y dónde está el jinete, preguntó mi viejo.

A lo mejor ya lo encontraron, dije yo.

Tómame una foto con él, pidió mi viejo.

De ahí caminamos un rato pegados a los cerros, subiéndonos a las rocas cuando venía la marea y corriendo para llegar al siguiente trecho.

Así vamos a llegar al Budi, dije yo.

Sigamos, dijo él.

Nos sacamos las zapatillas y corrimos. En el último trecho, el agua nos pasaba la cintura. Sugerí que nos devolviéramos.

Está más helada que la mierda, dijo él, pero sigamos. Sigamos.

El último reborde era una punta amarilla que entraba al mar y que a mí siempre me había recordado el hocico de una locomotora. Agarrados de la mano, la bordeamos y pasamos hacia el Budi, donde todo era paz y sólo había una infinita playa desierta.

Qué bonito es este lado, dijo él, tomemos algo para calentar el cuerpo.

Dejamos todo en el auto, le dije yo.

Ando con una petaca, me dijo él.

Así que tomamos whisky de nuevo.

Caminamos por la orilla del Budi, que de verdad es un panorama magnífico: una enorme piscina de agua tibia y salada rodeada de verde.

¿Los indios querrán quedarse con todo esto? preguntó él.

No les digas indios, reclamé yo.

Pero si no hay ninguno escuchando, dijo él.

Le hicimos dedo a un camión con maderas y volvimos a Puerto Saavedra por el camino sinuoso de los cerros que los jinetes borrachos se intentaban ahorrar cruzando la marea en mitad de la noche.

El 86 yo tenía treinta años, dijo él, sentado entre los maderos, era más joven que tú ahora.

Sí, le dije, eras muy joven.

El camión nos dejó en la villa turística. Era plena temporada y estaba lleno de mochileros y viajes especiales. Tómame una foto al lado de ese bus, dijo él.

Pero si es un bus, le dije.

No importa, tómame una foto.

Se la tomé. Luego caminamos sin apuro bordeando los campings, la canchita de básquetbol, las discotecas, los flippers, las casetas de cemento crudo donde se instalaban los vendedores de confites. Todo estaba igual. En una villa turística las únicas cosas que realmente cambian son los carteles de helados y el color de los trajes de baño.

Me mostró con el dedo un lugar en las colinas. Ahí, me dijo, ahí está la casita de veraneo que tenemos con la Bernardita. Ahí nos queremos venir a vivir en un tiempo más.

Viejo, le dije, acá llueve de abril a diciembre.

A mí me gusta la lluvia, me dijo, se hace más vida de familia.

Llegamos al auto. Mira, me dijo, lo dejé abierto y no se robaron nada. En Temuco no se puede hacer eso.

Le dije que compráramos agua mineral porque tenía sed y me dijo que para qué, si teníamos whisky. Así que nos penqueamos de nuevo.

Muy borrachos, subimos al auto. Le pedí que se fuera despacio.

Me dijo: ¿No quieres que pasemos a ver a alguien, que paremos en alguna parte?

Le dije que no, que siguiéramos hasta Carahue.

A mí me gusta Puerto Saavedra, dijo él, muerto de la risa. Te lo regalo, le dije yo.

De vuelta en el pueblo, mientras esperábamos que cruzaran unos caballos y nos dejaran la ruta libre, mi viejo vio entre la maleza de un potrero los fierros oxidados de alguna caldera antigua y olvidada en el barro.

Qué será eso, me dijo. No tengo idea, le dije. Tenía el whisky entre los ojos y todo me daba vueltas.

Oiga, señor, le preguntó desde la ventanilla del auto a un mapuche muy anciano y muy encorvado que caminaba detrás de los caballos.

Mande, le dijo el hombre. Señor, disculpe, dijo mi viejo, ¿qué es esa caldera que está ahí botada?

El mapuche siguió el dedo de mi papá y le contestó: Aquí una vez hubo un maremoto. El agua se metió hasta adentro y se llevó todo.

 

(Publicado originalmente en The Clinic, febrero 2013)

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The Master, de Paul Thomas Anderson

“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras de mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

Mateo 3:11

 

 

 

“Haré a este continente indisoluble, forjaré la raza más espléndida que el sol haya jamás iluminado, haré divinas tierras magnéticas”.

Walt Whitman

 

 

 

Estamos en 1950 y Freddie Quell (Joaquin Phoenix) tiene alrededor de treinta años, a juzgar por su aspecto. Sabemos que sirvió en la marina estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, lo que significa que presenció algunos eventos relacionados con el conflicto bélico clave del siglo XX. Pero además, Quell pertenece a una generación que nació poco después de la primera guerra mundial que conociera la historia. Una generación que presenció el nacimiento del cine sonoro, la masificación del teléfono y los vuelos comerciales, las primeras transmisiones televisivas, la aparición de la Unión Soviética, el final del imperio británico, los campos de exterminio nazi, el auge del psicoanálisis y la detonación de dos bombas atómicas.

Si Quell logra vivir hasta los cincuenta años –algo difícil de creer, si se toma en cuenta su adicción al alcohol- alcanzará a conocer el technicolor, la primera era dorada de la televisión, la revolución cubana, la píldora anticonceptiva, el rock and roll, el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles, el Concilio Vaticano II y la llegada del hombre a la Luna.

Quell pertenece a uno de los grupos humanos que experimentó algunas de las alteraciones más brutales en la historia respecto a la percepción del mundo y de la propia identidad, no sólo individual, sino además nacional. Y The Master, la película donde Quell es uno de los polos de atracción y rechazo, transcurre justo en la mitad del siglo, en los años dorados donde por un tiempo las posibilidades para la bondad y la maldad extremas, para crear, destruir y reinventar el país y el universo parecieron infinitas.

La primera imagen de la película es una superficie oceánica que puede ser la estela de la popa de un barco de guerra o un trozo de mar en medio de la nada. Puede ser parte del viaje de Quell y sus compañeros de vuelta a casa tras el fin del conflicto o puede estar sucediendo sólo en la imaginación del personaje.

Mientras el general MacArthur habla en una transmisión radial (una de las dos voces grabadas que escuchamos en la película) sobre el deseo de que el fin de la guerra abra una nueva era de paz, Quell y sus compañeros abren las entrañas de un torpedo para usar el combustible como parte de un brebaje alcohólico. Las borracheras de Quell no son simples parrandas: sin transición, lo vemos despertar de la inconsciencia en la punta de una de las estructuras del barco, a decenas de metros de la cubierta.

El daño interno que Freddie Quell acarrea es para sus superiores uno de los tantos casos de trauma bélico con los que tienen que lidiar tras el fin del conflicto. La era de paz deseada por MacArthur está fracturada desde sus inicios y son los propios hombres que pelearon por conseguirla quienes están llevando el virus de vuelta a la madre patria.

The Master avanza en base a una curiosa y oblicua manera de frustrar nuestras expectativas. Creemos al principio que esta es la historia de Quell, pero el drama de redención atisbado al principio colapsa luego de dos intentos del personaje por asimilarse a la vida civil. El primero es trabajando como fotógrafo en una tienda comercial, donde le toca registrar las postales idealizadas de la Familia Americana. Los hermanos. Las parejas felices. El hombre de negocios.

 

El trabajo de Quell es cosmético y esclavizante a la vez, como también lo es la curiosa actividad de la chica con la que inicia un romance, la maniquí viviente que se pasea por la tienda envuelta en un costoso abrigo de piel que ofrece a los clientes como quien reparte folletos. Quell hará algo similiar –en una película donde cada actividad normal parece tener un equivalente en el mundo seudorreligioso de la Causa- mucho después, cuando intente despertar el interés de los transeúntes en un movimiento en el cual ya está dejando de creer.

Freddie abandona los retratos familiares de la misma manera que luego abandona el trabajo rural de cosecha y acopio: a la carrera, huyendo por su vida, confundido y molesto por un mundo que no tolera ni su adicción ni su líbido.

La forma en que Freddie se encuentra con Lancaster Dodd (Phillip Seymour Hoffman) es muy significativa con respecto a la relación que ambos tendrán en el resto de la historia. Freddie camina, perdido y solo, por un muelle y es atraído por las luces y la música de un magnífico barco anclado a unos cientos de metros. Hay una fiesta en curso, alcanzamos a ver entre los asistentes a Dodd, bailando con una mujer. Móvil en lo móvil, a bordo de un transporte que flota en el agua, pero siempre en control: Dodd es todo lo que Freddie no es.

La relación de Freddie con Lancaster es el resto de la película, desde la primera conversación donde acuerdan que Freddie preparará sus extraños cocteles para el maestro, hasta el encuentro final del otro lado del Atlántico, donde uno de ellos recordará una vida pasada y el otro atisbará la posibilidad de una verdadera vida futura.

Es natural asumir que el maestro del título es Dodd. Es el hombre que tiene un discurso sobre la época y el mundo que le ha tocado vivir. Es el escritor que fascina a sus seguidores con canciones, anécdotas y teorías desopilantes sobre dramas intergalácticos milenarios que tienen a nuestras almas de protagonistas.

Además, Dodd es el hombre capaz de liderar un grupo, de ofrecer a los burgueses perdidos, asustados y deseosos de trascender una nueva fe en un momento en que la vieja religión está batiéndose en retirada. Dodd insiste en que su movimiento (la Causa) no es una secta, ya que se basa en estudios y experimentos de docenas de voluntarios, pero lo cierto es que el factor aglutinante de su grupo no son los datos, sino la prédica y no son las ideas, sino la retórica.

“Combatimos contra el día y ganamos”, dice la noche del matrimonio de su hija, a la cual –como un viejo profeta de las arenas- casa personalmente con un hombre quien luego se referirá a él como “padre”. Dodd no es un charlatán. O, al menos, no es más charlatán que un obispo o un pastor. Dodd es el fundador de una fe que (como muchas otras religiones incipientes) echa mano de los recursos disponibles –la seudociencia, la seudopsicología, las fiestas musicales- para seducir al incrédulo, cautivar a la solterona y doblegar al sentido común.

No, Dodd no es un charlatán. Pero no es un maestro. Carece de la disciplina para darle coherencia a sus enseñanzas y, lo más importante, carece de pruebas tangibles para desmarcar su movimiento del más triste truco de feria. Por eso su fascinación con Freddie Quell puede tener contornos homoeróticos, pero tiene más que ver con la apreciación científica que con el deseo sexual. Freddie es el sujeto de experimentación más promisorio que Dodd llega a encontrar, el hombre más llano y conectado con su lado bestial en toda su horda de seguidores. Freddie es el discípulo más querido del evangelio: la encarnación que prueba que las enseñanzas del maestro pueden cambiar la vida de un ser humano.

Dodd lo dice explícitamente durante una cena con su familia. Si fracasan mejorando a Freddie, fracasarán en todo lo demás. Freddie es el único personaje en el filme a quien vemos someterse al “procesamiento”, el interrogatorio desarrollado por Dodd que se asemeja al mismo tiempo a una terapia y a una sesión de tortura.

Freddie falla en el procesamiento. Falla a la hora de controlar su carácter, su adicción al alcohol, su visión volátil y móvil del mundo y sus deseos. Falla también en conservar a la única mujer que parece importarle, una adolescente con la que tiene la escena más incómoda y extraña de esta, una película que abunda en momentos desconcertantes o perturbadores.

Narrativamente, The Master aparece, zigzaguea, explota y luego se apaga. Es natural que muchos espectadores lleguen al final pensando que vieron un trabajo que abunda en detalles valiosos (la fotografía, las actuaciones, la reconstrucción de época) pero que no se decide a contar una historia.

Mejor dicho, que no se decide a emitir un veredicto sobre la historia que cuenta. De todos los filmes de Anderson, desde Hard Eight hasta Petróleo Sangriento, The Master es el más elusivo, el más difícil de definir o de rastrear. ¿De dónde vienen las alusiones a una Norteamérica publicitaria que necesita ser boicoteada? ¿Qué sentido tiene la frecuente conexión que se establece entre las teorías de Dodd y las pociones alcohólicas que fabrica Quell? ¿Cuáles son los límites del fanatismo de la mujer de Dodd, la creyente capaz de una fe ciega que no tienen ni su esposo ni su discípulo más amado? ¿Es esta una parábola sobre la invención del Estados Unidos actual, es una resurrección del viejo gran cine psicológico de los ’50, tenemos aquí la mejor reescritura del estilo y los temas de las obras maestras de Nicholas Ray?

Creo que el problema viene del título. The Master no es la historia de Lancaster Dodd, no sólo porque él no es el verdadero maestro, sino también porque de los tres personajes principales, Dodd es quien menos evoluciona a lo largo de la historia.

Hacia el principio del último segmento de la película, Freddie Quell está durmiendo en un cine donde parece ser el único espectador. No vemos la pantalla, pero el audio nos informa que están proyectando un corto infantil. Un portero del cine aparece con un teléfono de la nada. Quell responde. Dodd le habla desde Inglaterra. Le pide que viaje a verlo, le dice que recordó de dónde se conocían. Corte.

Quell llega al enorme edificio –una especie de colegio- donde la Causa ha montado su nueva base de operaciones en el Viejo Mundo. Como los peregrinos del Mayflower, los creyentes en Dodd llevan su hogar y su nación donde quiera que van. De hecho, es interesante notar que Dodd y su familia parecen no tener hogar. Los vemos primero en el barco (que es prestado), luego en un hotel, más tarde en la casa de una fervorosa creyente (Laura Dern), después en una casa que puede o no ser su hogar como también una escuela de la Causa y, al final, en ese edificio en Inglaterra que parece sacado de las novelas de Jane Austen.

Quell entra a la nueva oficina de Lancaster Dodd, un espacio gigantesco que parece ser al mismo tiempo sala de clases, salón de discursos, despacho de trabajo y púlpito de la religión que el líder de la Causa ha fundado en su cabeza. Es un espacio cinematográfico similar a los que inventara Kubrick en algunas de sus películas: el comedor con la enorme pintura bajo la cual un padre sufría la enfermedad de su hijo en Barry Lyndon, el salón del Overlook que tenía como centro la máquina de escribir de Jack Torrance en El Resplandor y (sobre todo) la cavernosa sala de billar de Sidney Pollack en Ojos Bien Cerrados. El lugar cuyo espacio infinito refleja la megalomanía del dueño.

Freddie Quell y Lancaster Dodd hablan, sus cabezas recortadas contra las líneas intersectas del enorme ventanal que recuerda las otras líneas intersectadas –oblicuas- que había detrás de Freddie durante su primer encuentro con el maestro.

Entonces todo entre ellos era ambiguo, torcido y plagado de posibilidades. Ahora ya no queda nada del antiguo potencial entre ambos. Todo lo que resta de su diálogo es confirmar que la relación se acabó y que alumno y tutor ya no pueden seguir juntos.

Simplemente no pudiste tomar el camino derecho, le dice a Freddie la mujer del maestro, sentada a su izquierda como María Magdalena. Puedo tomar fotografías, dice él. No necesitamos fotografías, dice ella. Esto no es una moda, es algo que se hace para siempre o no se hace.

Freddie ha cruzado el mar siguiendo un teléfono que sólo sonó en su cabeza o tal vez en un sueño. Como la lluvia de ranas de Magnolia o el sangriento asalto que deja caer en las manos de Don Cheadle un montón de dinero en Boogie Nights, la convocatoria del maestro puede leerse como una simple casualidad o un evento genuinamente milagroso. Si la entendemos de la segunda manera, podría decirse que Freddie Quell es de veras el discípulo más importante y exitoso que jamás ha tenido la Causa. Es el único individuo con quien las teorías de Dodd han tenido algún éxito y es el único –además- que ha sido capaz de desafiarlas y ver lo frágiles que son.

Dodd puede de veras desear la compañía e incluso la sumisión de Freddie, tanto como para cantarle a capella una canción romántica que habla de irse a China juntos en un bote. Pero ya no tiene que ofrecer. Consciente o no, el hombre que ha inventado una secta sobre la idea de vidas pasadas y escarbar en el origen, ha llevado su fe de vuelta a la tierra de los hombres que cruzaron el mar para fundar su país. Sin embargo, en ese momento, cuando su control sobre la Causa parece más fuerte y afianzado que nunca, cuando tiene los recursos, el territorio (y la oficina) necesarios para de verdad crear una religión, Dodd es incapaz de retener al acólito que más le importa.

Tal vez Freddie Quell y Lancaster Dodd se conocieron en otra vida, organizando palomas mensajeras en un París sitiado en mitad del invierno más crudo de la historia. Tal vez ambos forman parte de un drama intergaláctico que se extiende por millones de años y que incluye de alguna forma a las estrellas y al universo completo. Pero Freddie ya sabe todo lo que su tutor puede enseñarle.

Vemos a Quell conociendo a una mujer en un pub. Lo vemos teniendo sexo con ella, haciéndole las preguntas del procesamiento que alguna vez le hicieron a él. Lo vemos –en algo que puede ser un flashback- abrazado a la mujer de arena que aparecía al inicio de la película. Y entonces se acaba.

Dodd no es un maestro. Freddie tampoco. Pero lo será. Creo que la película es la prehistoria de un maestro, en el mismo sentido en que lo sería una imposible, inconcebible biografía sobre la vida de Jesús entre los doce y los treinta años de edad. Sabemos a partir de los evangelios que Jesús aceptaba y convivía con gentiles, prostitutas, enfermos y pecadores de distinta laya. No es difícil suponer que en algún momento de su existencia anterior a las prédicas conoció de primera mano los pecados que luego estuvo dispuesto a perdonar.

Freddie Quell es imperfecto y violento. Su encuentro con la Causa sólo le ha servido para entender que jamás servirá a un patrón, a un tutor o incluso a un dios. Sus preguntas tal vez nunca tendrán respuestas y su existencia fracturada tal vez nunca se vuelva específicamente una metáfora de la época y el país en el que le tocó vivir. Pero Quell no es un perdedor o una bala loca. Es, de hecho, el personaje más humano y cuerdo de The Master, la criatura más viva en el circo montado por Dodd y el único de todos los protagonistas que está dispuesto a la reinvención y a una nueva vida. En una Norteamérica donde incluso las ideas supuestamente libertarias de Lancaster Dodd sólo pueden sobrevivir protegidas por el dinero de los burgueses y la disciplina de creyentes fanáticos como su esposa, en una Norteamérica donde la herencia agobiante del cristianismo se ha esparcido como un virus por todos los estamentos de la vida pública y privada, en una Norteamérica que se fundó como una promesa y ha crecido hasta representar un ejemplo claro de la pesadilla que es la felicidad por decreto, Quell rechaza todo para buscar dos cosas: la satisfacción bruta e instantánea del sexo y el embotamiento del alcohol.

En un hermoso texto sobre el uso del zoom en el cine, el crítico estadounidense Chris Fujiwara citó esta frase de Pascal: “Por el espacio inmenso, el universo me envuelve. Pero mediante el pensamiento, yo lo envuelvo a él”. The Master es una película impresionante, entre otras cosas, por la forma en que hace visible la abstracción de ese concepto. Es probable que los primeros que intuyeran la contradicción enunciada por Pascal fueran sacerdotes y profetas, hombres dedicados a inventar religiones de carne y sangre en un mundo previo a la invención de las liturgias y los reglamentos. Freddie Quell –ciudadano, ex soldado, solitario, enfermo, adicto- es el último pagano. Freddie Quell es el maestro de una religión que sólo existe en su mente, una certeza visceral capaz de envolver el universo y desenterrar la fe de nuestros padres en el suelo regado con sangre de los espacios abiertos del Nuevo Mundo. Su figura podrá parecernos digna de horror, pero jamás de desprecio.

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Amor, de Michael Haneke

La Cinta Blanca, el anterior filme de Haneke, terminaba con un plano general registrado desde el púlpito de una iglesia. Era la mirada distante y feroz de un cineasta que actuaba más como un profeta que como un narrador, lo que tal vez influyó en que el impacto general de esa historia fuera mucho menos efectivo que otros de sus trabajos.

Amor trae de vuelta al Michael Haneke de Cache y de Código Desconocido, esas dos obras maestras sobre la relación entre grupo social y afectos íntimos. Es una historia muy simple y muy cotidiana: George y Anne son dos profesores jubilados ya octogenarios, que viven en un tranquilo y elegante departamento en París. Una mañana, ella tiene unos minutos de ausencia mental. Luego sobreviene un ataque que paraliza la mitad de su cuerpo y que socava su memoria y personalidad. En contra de la opinión de otros, George decide no enviarla a un asilo y cuidarla en casa.

Amor es una película magnífica, armada sobre la clase de momentos y gestos que Haneke captura sin exceso, sin énfasis absurdos, sin pista musical y casi de reojo. Por ejemplo: la sonrisa que pretende ser sabia y amable de Anne frente al horror del ex alumno que la visita y que nota su deterioro. O la progresiva invasión de la intimidad de su cuerpo, primero por enfermeras y luego por su marido.

Haneke –desde el thriller en Funny Games hasta el drama coral en Código Desconocido- ha tenido en su carrera una manera muy oblicua de acercarse a las estructuras narrativas, industriales o no. El caso de Amor es asombroso: esta historia mínima contiene elementos de drama, humor negro, romance e incluso una secuencia de terror onírico que envidiaría Wes Craven.

Se suele confundir el tono seco y austero de Haneke con frialdad o ausencia de empatía con sus personajes. Al revés: su respeto por ellos, su permanente necesidad de darles zonas de libertad que no tendrían con otros directores, suele elevar su trabajo a cumbres de emoción que pocos visitan en estos días. Junto con The Master, Amor es la mejor película que ofrece hoy la cartelera local.

 

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 28 febrero 2013)

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Agualuna

Creo en el padre y en el hombre

Pero no creo en instagram

En las redes sobreviven

Las putingas con iPad

Por qué, por qué

Hay una niña que hoy empieza

Con guatones a chatear

Por qué, por qué

Desde el firewall la vigila

Una cookie de Wal-mart aaah, aaah.

Por qué a tuiter se lo juegan

Como en mesa de billar

Unos temprano, otros de noche

Nadie quiere la mitad.

Por qué, por qué

Y en qué red nos quedaremos

Cuando llegue el final

Por qué, por qué

Entrate Yoani que allá afuera

El paywall va a llegar aaah aaah.

Un ingeniero llamado Steve Jobs

viajó del Atari al pod

Un community manager que ayer jubiló

Se sienta en la plaza

Su iphone se apaga

Del frente lo mira un zorrón.

En la mitad de mi timeline

Hoy me pongo a stalkear

Por qué, por qué

La diferencia es tan grande

Entre un trending y un hashtag

Por qué, por qué

Allá en lo alto está dijeando

El valiente Rosenzvaig

Por qué, por qué

Más abajo un sponsor

Busca influyentes pa coimear aaah, aaah.

Creo en el padre y en el hombre

Pero más creo en Linkedin

Por qué, por qué

En internet hay un horizonte

Que comienza en el cahuín

Por qué, por qué

Allá en tu mail hay una peuca

Que hoy empieza a instagramear

Por qué, por qué

Porque la noche se hace corta

Cuando aún quiero stalkear, aaah aaah

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