El sur y los nazis de barrio

Eramos sureños y veníamos de la lluvia y el fuego. Todos habíamos crecido acostumbrándonos a temporales que duraban semanas y a casas que se incendiaban, que no se incendiaban por un pelo o que se habían incendiado antes de que las habitáramos.

No nos imaginábamos un lugar donde no hubieran árboles.

A fines de los años ochenta, teníamos entre doce y quince años y en la iglesia aprendíamos lo que Dios quiere de nosotros y en el colegio aprendíamos a leer, sumar, restar y a tratar a las mujeres.

No éramos capaces de darnos cuenta en ese tiempo, pero vivíamos al fin del mundo en todos los sentidos importantes. Dos canales de televisión, cien radios FM que tocaban exactamente las mismas canciones en diferente orden y una oferta cultural cuyo punto más alto era un Museo Araucano cuyo conserje encendía las luces cada vez que entraba alguien, y hacía visitas guiadas donde decía cosas como: “Bueno, y ese de ahí es un cultrún”.

Nos aburríamos mucho, pero nos parecía normal.

Fue en ese contexto en que un día un compañero de colegio apareció con un libro viejo y sucio que tenía la silueta de un águila en la portada. Era una edición argentina de Mi Lucha. No sé por qué pensó que me podría interesar. Tal vez porque era el único del curso que leía libros que no eran obligatorios y porque transmitía con Demian de Hesse, y Hesse era alemán y este compañero tenía un abuelo alemán y mucho tiempo libre y la verdad, parece que era un tipo muy solo y llevarme la obra magna de Hitler le debe haber sonado como la mejor manera de tener un lazo común y hacer amigos.

(En verdad, como otros compañeros del curso, yo transmitía con Demian porque muchas compañeras transmitían con Demian, y en ese tiempo, cualquier excusa y estrategia, por tonta que fuera, era válida para hablar con ellas. En general, el Truco Hesse no generó romances en el curso, aunque sí algunas excelentes amistades, que a nosotros nos importaban un carajo, porque a esa edad uno no quiere tener amigas, quiere tener minas).

No recuerdo mucho del libro. Al final se lo devolví a mi compañero y hablamos de Hitler y descubrí que mi compañero era nazi. Y que no teníamos nada en común, salvo historias familiares que incluían mucha religión y muchos uniformes, dos factores que, por lo demás, eran y siguen siendo muy comunes en el sur.

Y fue por él –y su círculo de amigos- que me asomé de refilón al nazismo sureño. Que era triste, patético, inculto y prejuicioso. Que se basaba en conceptos nebulosos de historia, política y teorías conspirativas. Que era una masonería que no daba para masonería, que se inspiraba en un cruce de racismo boludo y esoterismo de suplemento dominical. Y que era fascinante si tenías quince años, vivías en Temuco y tenías por delante dos meses de verano donde no pasaba absolutamente nada.

Una vez otro amigo me dijo que si me “interesaba la historia mundial” tenía que acompañarle a una reunión de un “grupo de estudio”. Era en una casa al final de la calle San Martín. Eramos cinco pendejos tímidos atrapados por el dueño de casa, un viejo feliz de tener público cautivo y que ostentaba en su living (nunca se pueden olvidar esas cosas) un globo terráqueo muy antiguo y un afiche en alemán donde un esqueleto siniestro bombardeaba una ciudad desde un avión de combate.

No recuerdo mucho de lo que habló este señor, pero sí recuerdo que se burlaba de nosotros, que nos preguntó insistentemente por nuestros apellidos y que recompensó nuestra paciencia con té con leche y un kuchen formidable.

Aunque todos los kuchenes son formidables cuando tienes quince años.

Yo no tenía nada que hacer allí. No tenía nada que hacer con los compañeros de curso que transmitían en esa frecuencia. Pero al mismo tiempo –nada es casual, o a lo mejor todo es casual- ellos eran la única gente con la que podía conversar de ciertas cosas que nadie más en Temuco conocía. Eran tipos con los que podía hablar de ciencia-ficción, de películas de guerra y de mitología y de Von Daniken y de los ovnis que habían hundido la Atlántida. Así que por un tiempo nos seguimos juntando en los recreos y a veces fuera del colegio.

Pero ya no me volvieron a invitar a ninguna reunión. Y ya no los volví a escuchar hablando con esa convicción extraña de los planes para fundar la Nueva Jerusalén en la Patagonia o de cómo los españoles y chilenos habían originado una nueva raza, y de por qué había que desconfiar de los argentinos.

Dejé de verlos cuando entré a la universidad y por fin conocí gente con la que podía hablar de libros sin que entrara a tallar a la charla el nombre de Nicolás Palacios o el diario de Goebbels. Pero hasta mi último día viviendo en Temuco seguí topándome con gente como ellos. En general hombres, siempre taciturnos, enfundados en abrigos oscuros, cargando carpetas con fotocopias sobre la cruz gamada y los ovnis de Hitler y el “despojo” de la Patagonia.

Los encontraba en las librerías de viejos, en los alrededores de la universidad, en las salas de lectura de la biblioteca pública. Uno de ellos, descubrí un día, era vendedor en Falabella. Otro era profesor de matemáticas. Otro manejaba un colectivo y tenía una foto de Rommel pegada al lado del retrovisor.

Estaban llenos de rabia, pero no por las razones que ellos pensaban. Estaban enojados porque sus vidas eran insignificantes, pero porque ellos las veían insignificantes. Creer en la conspiración sionista era una mejor alternativa que ver con ojos abiertos la simple verdad: que no tenían la suficiente disciplina o talento para destacar en algo, que eran ordinarios y siempre lo serían, que habían nacido en una ciudad de provincia en un país pequeño, y que jamás saldrían de Temuco no porque el “sistema” los oprimiera, sino porque amaban su terruño y no se terminaban de enterar.

A los quince años, era divertido creer en la Tierra hueca y el Valhalla y la idea de Hitler viviendo en la Antártida, así como era divertido creer que Xuxa filtraba mensajes satánicos en sus canciones o que Bon Jovi se había tragado un litro de semen. Eran la clase de ideas estúpidas de las que uno se deshace porque ya no te sirven, porque te horrorizan o porque en el fondo sólo las repetías para tener algo de qué hablar con tus compañeros de curso.

Pero hubo gente que nunca salió de esas ideas. Y aunque algunos de ellos hayan mutado y mejorado sus disfraces, a la larga siguen siendo los mismos nazis de pacotilla que me topé en el colegio.

Es la misma chusma que se refiere a Hitler llamándole “canciller”. La misma que vibra con la parada militar. La misma que piensa que las mujeres tienen su lugar, que los indios son todos ladrones, que un inmigrante rubio es mejor que uno moreno y que los Testigos de Jehová son espías de los gringos.

Son los mismos, una y otra vez: los que dicen “tú sabes que en las Torres Gemelas no murió ningún judío”. Los que creen que los peruanos son hediondos y que a los comuneros mapuches “hay que meterles bala”. Los que siempre insisten en que los nazis “eran inteligentes, no como los gringos”. Los que se ofenden cuando te ríes de la patria, la religión y la familia, como si esas tres cosas no nos hubieran hecho ya bastante daño. Los que dicen “qué linda la guagua, era rubiecita”. Los ecologistas de último minuto, nutridos por un menjunje conceptual que cruza a Thoreau y a Osho sin asco ni lógica y que en el fondo me asquea, porque repite otro viejo tango sureño que me sé de memoria: que la Naturaleza es para unos pocos Elegidos que la entienden, y que todo el resto son unos brutos que la mancillan.

Los que opinan en las sobremesas que el tema de los derechos humanos “es una cosa muy complicada”. Los que alguna vez le dijeron “presidente” a Pinochet. Los profesores que en el liceo me decían “no se meta en política”. La vieja de mierda que me acusó al Inspector General porque andaba leyendo Los Zarpazos del Puma y me puso una anotación negativa que hoy día me gustaría tener enmarcada en mi escritorio.

Los nostálgicos de Patria y Libertad. Los fans virtuales de Hermógenes Pérez de Arce.

Los que creen que hay delincuencia porque faltan pacos. Los que piensan que ser chileno es un orgullo y no una condición.

Los que dicen que hay que dejar atrás el pasado, pero se enfurecen ante la idea de devolver el Huáscar. Los que creen que un pedófilo merece trato especial porque viste sotana o predica en un púlpito. Los que sueñan con un antaño glorioso que nunca tuvimos. Los que te explican que el saludo nazi tiene un sentido místico y que la swástica es un signo tibetano de buena suerte.

Y una mención especial para ese particular grupo de chilenos que aplaude sin pensar boludeces como “El pueblo unido jamás será vencido”, como si no supiéramos todos a estas alturas que lo primero que hace un pueblo que se siente de verdad unido e invencible es empezar a eliminar a los que no considera parte del “pueblo”.

(Y sí, ya sé que la frasecita es del otro bando, pero en este punto y en otros tantos, creo que cierta moral facha está muy por encima de ambos bandos).

Precisamente porque me tocó crecer en una época y una zona donde estas conductas eran comunes, normales y nada de mal miradas, es que las reconozco rápido y las huelo fácil. Por eso, cuando murió don Miguel Serrano y apareció el típico discurso de “el gran escritor, con ese lamentable detalle de su tendencia nazi”, no podría decir que me sorprendí. Es la vieja historia: “Malos, pero inteligentes”. Sí, fíjate, Serrano creía que el Holocausto era una farsa y que algunas razas eran mejores que otras, pero ¿no es linda su prosa? ¿No son alucinantes sus ideas?

No, no lo son. Me cago en la devoción a este señor, y en el patético intento por separar su “obra” de las ideas que declamaba cada vez que le ponían un micrófono por delante. No me vengan con cuentos: Serrano no escribía ficción y se guardaba sus ideas para la privacidad de su hogar. Sus ideas eran parte inseparable de su imagen pública (*).

Y nada me saca de la cabeza –revisando algunas de las insólitas defensas que se escribieron sobre él en estos días- que Serrano es otra variación de ese viejo alemán que tanto se interesaba por nuestros apellidos. Otro nazi de pacotilla, perdido en una esquina del mundo, tratando de darle épica y pompa a su vida a través de mitologías de bolsillo y música de Wagner.

Es divertido pensar que si algunos de mis compañeros hubieran nacido cinco años después, habrían sido fanáticos de los X-Files y no del nazismo esotérico. O que si hubiéramos estado en Santiago, tal vez habrían militado en el punk de población o en el hip-hop de izquierda. Pero les tocó Temuco y la lluvia y el kuchen y algunos nunca lograron sacarse de la cabeza aquella estúpida convicción: que un enorme complot global les ha dejado fuera de la fiesta, y que es mejor odiar a ciegas que aceptar el hecho de que la vida que tienen es la que eligieron.

(*)”Sé que mi adhesión al nazismo me ha cerrado puertas. Yo lo sabía, pero si cortara eso, me estaría mutilando a mí mismo, porque no hay ninguna dicotomía entre mi obra, la que dicen puramente literaria, y mi manera de pensar”. (Entrevista a Serrano en 1996, citado por M.T. Cárdenas en la Revista de Libros del domingo 8  de marzo de  2009).

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4 respuestas a El sur y los nazis de barrio

  1. “Los que creen que hay delincuencia porque faltan pacos. Los que piensan que ser chileno es un orgullo y no una condición.”

    Super buena frase, sintetiza un pensamiento muy de mierda que prolifera en Chile.

    Igual estan entretenidos los personajes nazis, ese taxista con la foto de Rommel. Es bacán que exista gente asi y tener la oportunidad de conocerlos, sin ellos la vida sería una paja (y no solo los nazis, obvio).

  2. Vidia dijo:

    ¿Qué onda? Los nazis no son el demonio. De hecho, el demonio no existe… y si me apuras, los nazis tampoco.

  3. Hernan Lopez dijo:

    Brillante columna!!!

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