Noche carioca

La noche empezó con mi hermano y yo despejando la mesa del comedor. Era una mesa rectangular, sólida, hecha de madera dura como piedra. Mi padre bajó con su camisa de fin de semana, una especie de guayabera roja y verde que había comprado mucho tiempo atrás en su único viaje fuera del país y que ya mostraba el paso de los años. Mi madre salió de la cocina con la mejor bandeja que teníamos, cargada con vasos y un bol de palomitas.

-El horno- dijo mi viejo.

-Yo lo veo- dijo ella.

-Estás ocupada.

-Yo lo veo- repitió.

El se acomodó a un lado de la mesa y encendió de inmediato un cigarrillo. Al volver ella con un canasto de panecillos horneados, le rodeó la cintura con el brazo.

-Suéltame.

Por fin ella se sentó y sacó el mazo de naipes de su caja de cartón. Era una baraja inglesa corriente, pero le teníamos cariño por el uso y por habérmela ganado yo en una feria donde todos perdimos hasta el último peso. Se arremangó el suéter y las mezcló varias veces, bajo la mirada atenta de todos. Era la mujer que nos alimentaba, que lavaba y cosía nuestra ropa, barría nuestro piso y nos cuidaba cuando enfermábamos. También era quien había tenido la idea de jugarse la única cantidad importante de dinero que la familia había visto en un juego de carioca.

El carioca es más entretenido y rápido en grupos de tres o cuatro. De hecho, así lo jugábamos nosotros. En pareja, si uno de los dos es demasiado lento o perezoso, si no tiene memoria y descarta un naipe sin recordar que ése era el que le faltaba a su contrincante, el asunto se parece más a un match de box arreglado que a un juego. Pero si ambos son igual de buenos y se conocen desde hace años y lo que se está jugando no son garbanzos o el último cigarrillo del paquete, cada punto ganado y cada vacilación se vuelven tan angustiantes como cualquier cosa que recuerde.

Y esa era la clase de juego que con mi hermano menor nos sentamos a ver esa noche. Pero para entender qué hacíamos todos ahí (nosotros callados y nerviosos, mi padre inquieto, mi madre silenciosa) tengo que remitirme a unos días antes. Específicamente, al día que mi padre entró y gritó a todo pulmón que habíamos ganado un premio de la lotería.

Recuerdo que bajé la escalera corriendo, imaginando viajes, computadores, bicicletas, zapatillas de marca. Nunca he gastado tanto en tan poco tiempo.

-No es el gordo- se disculpó, bajándonos los humos – Es uno de los premios chicos.

Reconozco que sentí, más que nada, desilusión y algo -una pizca- de rabia. Había sido hijo de un millonario por dos segundos y no era tan fácil pasar el trago amargo de volver a tener el padre de siempre, un poco más adinerado, pero nunca como lo fue durante esa escalera.

Entonces él cometió el error de decir directamente lo que pensaba:

-Les digo ahora mismo que vamos a gastarnos hasta el último peso en un viaje a Brasil.

Mi madre lo soltó de inmediato.

-¿Qué?

-Un viaje a Brasil. Toda la familia. Les voy a mostrar donde vivía yo cuando era joven.

-¿Cuánto es?-preguntó ella.

-¿El premio?- dijo él.

Dijo una cifra. No éramos ricos, pero era dinero suficiente para hacer muchas cosas. El problema, lo entendimos todos, es que sólo se podía elegir una.

-Mejor la casa, Carlos.

Eso lo dijo mi madre. Que lo llamara por su nombre era una clave de que la frase iba en serio. Que guardara silencio luego era una clave de que esperaba una respuesta no sólo positiva sino humildemente positiva.

-A la cresta la casa – contraatacó él- La terminamos de pagar como lo estamos haciendo. No son tantos dividendos, Angélica.

Que la llamara por su nombre no era clave de nada.

-Pero eso es lo mejor- insistió ella.

-Lo mejor no siempre es lo mejor- respondió él.

-Carlos- repitió ella.

-No- dijo él.

Nos quedamos mirando. El premio se estaba volviendo un cacho. El dinero era para gastarlo, solía decir mi padre. Pero no esta vez. Esta cantidad ameritaba una decisión de verdad. Tal vez no inteligente, pero sí definitiva. Mi padre no era un hombre de negocios. No iba en ascenso a ninguna parte. Veinte años después seguiría viviendo en ese barrio, manejando ese auto y durmiendo en esa cama. Con el tiempo compraría tal vez un televisor más grande, un auto mejor y una cama más cómoda, pero esencialmente la que tenía era la vida que dejaría al morir. Salvo el legendario viaje a Brasil, justo antes de conocer a mi madre, toda su existencia había sido un lento deslizarse hacia una vejez tranquila.

Todos sabíamos eso. Incluso aunque no lo hubiéramos pensado hasta ese momento.

-Quiero que vayamos a Brasil. Quiero que los chicos conozcan otro país.

-Lo conocerán después.

-¿Y si no pueden?

-¿Por qué no van a poder?

-¿Tú qué sabes? Puede pasar cualquier cosa.

-En eso estoy pensando yo, Carlos. Mira, pensémoslo un tiempo si quieres. A lo mejor podemos meter la plata al banco. Si no quieres terminar de pagar la casa, guardémosla para la universidad de los niños.

-No quiero ir a la universidad- dije yo.

-Cállate.

-Vamos a ir a Brasil. Toda mi vida he querido volver a Brasil.

-Entonces anda tú solo.

-Quiero ir con ustedes.

-Yo no voy a ir.

-Pensémoslo- capituló él.

Eso fue todo. Una semana después, cuando él ya había cobrado el premio y contado el dinero delante de todos, en la mesa del living, ambos nos llamaron y nos dijeron que se lo iban a jugar en un partido de carioca. Si la mamá ganaba, el dinero se iba a los dividendos. Si perdía (así lo dijo, si pierdo, no si su padre gana) los cuatro nos íbamos a Brasil en las vacaciones.

No lo podíamos creer.

-¿Vamos a jugar todos?- preguntó mi hermano, pésimo para las cartas.

-No, sólo la mamá y yo. Ustedes pueden mirar si se quedan callados.

-¿Y si lo pensamos un poco más?- dije yo.

-Ya lo pensamos- dijo ella – Ustedes todavía están muy chicos para opinar.

-Viejo – insistí yo – Mejor hagamos lo que dice la mamá. Guardemos la plata. Cómo se la van a jugar a las cartas.

-Tu mamá ya no quiere que la guardemos- explicó él, muy serio.

-¿Eh?

-Ella fue la de la idea.

Y de todas las cosas que pasaron, esa fue la que más me sorprendió. Siempre di por hecho que la ridícula idea de jugarse el premio en el carioca había sido de mi padre. Era su estilo, la clase de pequeñas locuras que se le ocurrían de cuando en cuando, como una tenue huella del salvaje que al parecer había sido en su adolescencia. Pero la iniciativa había partido de mi madre, la misma que imponía la mesura en la casa y en la pareja. Tal vez de tanto hacer de colchón a las locuras de él, algo se había trasladado finalmente a ella, como el azúcar traspasa la zanahoria y llega al agua en esos experimentos del colegio para entender la osmósis. Ambos habían discutido, ahora entiendo, el tema del dinero después de acostarnos, en la noche, sentados a la mesa, hablando bajo y fumando mucho. Envidiaba esas conversaciones y tal vez de ahí me venga esa tendencia a trasnochar, a quedarme despierto cuando todos duermen, como si un pestañeo fuera a arrebatarme algo precioso que no volvería a ver.

-Siéntense- nos dijo ella de vuelta en el presente. Papá tosió y sacó un cigarrillo. Le ofreció otro a mamá.

-Yo fumo de éstos- lo rechazó. Luego apagó su colilla.

Después hizo girar el mazo entre sus dedos (uñas cortas y limpias, recuerdo ahora, nunca he podido tomar demasiado en serio a una mujer que las lleve largas) las mezcló y las hizo volar de un lado a otro. Terminó y las puso sobre la mesa. El cortó y golpeó con el índice el montón a su derecha, el más cercano a mí. Ella repartió y levantaron sus cartas.

El carioca es un juego bastante simplón si se le mira con distancia, pero supongo que uno podría decir lo mismo de todos los juegos. Doce cartas por participante y una sobre la mesa. Se trata de formar tríos (tres cartas de igual número y distinta pinta) y escalas (cuatro naipes consecutivos pertenecientes a la misma pinta). Cada vuelta la gana el que se queda sin nada en la mano antes que todo el resto. Los primeros juegos son fáciles, pero cuando aumentan el número de tríos y escalas (hasta llegar a la escala real, todos los naipes de una misma pinta), las posibilidades de quedarse con un montón de ases y monos e incluso comodines en la mano es bastante alta.

-Son dos tríos- murmuró él, como temiendo que alguien hubiera olvidado la primera vuelta de un juego que habíamos jugado cientos de veces.

-Ya- contestó mamá, que terminó perdiendo la mano por setenta puntos contra cero del papá.

-Los primeros juegos siempre son fáciles- dijo mi hermano- Después se pone pesada la pista.

-Cállate.

-No hagas callar a tu hermano- dijo ella -El no tiene la culpa.

-¿La culpa de qué?- preguntó papá.

-Termina de revolverlas. Voy al baño un segundo.

Salió por el pasillo y los tres nos quedamos callados, concentrados en el torpe barajar de papá, que tenía las manos demasiado grandes para hacer volar los naipes y que prefería, en el fondo, cualquier juego que implicara hacer puntería, como los dardos o el pool.

Uno de los problemas que mi hermano y yo teníamos para relacionarnos con mamá era su total concentración. Le interesaba cada palabra de lo que le contábamos. Nos ponía nerviosos. Uno nunca quiere esa clase de atención de parte de quienes mandan. Yo, al menos, prefería el ir y venir de la atención de mi padre, que captaba lo esencial, que se inventaba lo accesorio, que me escuchaba a medias, que tenía de sus hijos una mejor idea de la que ellos tenían de sí mismos. Siempre nos sentíamos cómodos con él, incluso cuando nos regañaba. Mamá nos conocía. En algún momento, terminaría por saber cada cosa que quisiéramos ocultarle. Sin embargo, no era un monstruo. Es sólo que no la preferíamos a ella. Sus virtudes eran defectos en cuanto a que no las sentíamos de nuestra parte.

-Voy a ganar- dijo él, sin mirarnos – Nunca pierdo si gano la primera vuelta. Brasil nos espera.

Mi padre, olvidé decirlo, era mejor jugador. Y mejor líder. Era más audaz, más rápido, más afortunado en el reparto. Sus dedos llamaban los comodines. Mamá era más meditada, siempre pendiente de quién había desechado cuál carta, qué había recogido, cuántas tenía en la mano. Sus triunfos eran por puntos, los de papá por goleada. Yo quería que él ganara. Sobre todo después que me dijera en privado, el mismo día del juego, que en Brasil las chicas eran bonitas y simpáticas, que las cosas eran -¿cómo fue que lo dijo?- más naturales y simples allá. En términos más crudos, remató, en Brasil tal vez podríamos conseguir que me echaran el forro para atrás como la gente. Que me desvirgaran. Yo tenía trece, y la idea me daba vértigos, pero mostré una excitación que no estaba seguro de sentir.

Mamá volvió del baño. Se había mojado la cara. Las vueltas pasaron y pronto estábamos en arenas peligrosas, en el área chica, en los minutos claves. Dos escalas hicieron ocho (ciento sesenta y cinco puntos para él, cero para ella), tres tríos hicieron nueve (cuarenta y dos puntos para ella, cero para él) y luego vinieron los cuatro tríos.

-Paremos- dijo él.

-¿Vas al baño?- preguntó ella, encendiendo otro de sus cigarrillos. Era casi medianoche.

-No. Angélica, mejor dejémoslo hasta aquí.

-Te da miedo porque vas perdiendo.

-No. Mira, es ridículo. Quédate con la plata.

-No la quiero, no es mía.

-Es de todos- insistió él.

-Es tuya. Lo dejaste en claro apenas nos diste la noticia. No nos preguntaste qué opinábamos. Nos viniste a decir qué ibas a hacer con el premio. No es lo mismo.

-Yo sólo quería que fuéramos a Brasil. Pero pensémoslo mejor.

-Ya lo hicimos.

Todo lo que mis padres nos enseñaron de moral, debo decir, lo hicieron a través de discusiones como esa. Esto no lo he olvidado, es sólo que no tenía ganas de contarlo.

-Okey- suspiró él -¿Quién reparte?

Le tocaba a ella. Las cartas volaron en sus dedos pequeños y se concentraron en los cuatro tríos. Ganó la vuelta. Papá recibió algo así como ciento ochenta puntos en contra, incluyendo dos comodines.

-Ya perdí.

-Faltan tres escalas y la escala real. Todavía me puedes ganar.

-No quiero.

-No puedes.

-Siempre te gano la escala real. Te la ganaba en la playa, cuando empezamos a salir.

-Eso fue hace años. Y yo me dejaba ganar.

El puso la cara que le recordaba de cuando le contamos que iba a venir mi hermano. Yo tenía cinco años entonces y él tuvo que sentarse en el sillón a encajar la noticia.

-¿Te dejabas ganar en la escala real? ¿Por qué?

-Te ponías tan contento. Y yo quería que me besaras.

Fue la única vez que ella sonrió en la noche, como un eco de un tiempo donde sus hijos no existíamos, donde papá era apenas un pololo de verano, uno de tantos, donde ella hacía cosas tontas como dejarse ganar a los naipes para que la besaran. La vida de mis padres antes de mi nacimiento es un misterio y así, pienso ahora, debe permanecer.

Le tendió el mazo. El mezcló, tembloroso y callado. Repartió, se equivocó al contar, y repartió de nuevo. Al final mamá era mejor jugadora, pensé. Lo había distraído a propósito, había esperado hasta el penúltimo juego para sacarlo del carioca y confundirlo. Papá iba a perder, era obvio.

Y así fue. No lo salvaron ni su magnetismo con los comodines ni su instinto al elegir las escalas más rápidas. Ella ganó por puntos, pero por demasiados puntos. Una diferencia de más de cien.

-Todavía queda la escala real- dijo él.

-Claro.

Entonces hice algo en donde no me reconocí. Me puse a llorar. Todos me miraron con asombro.

-¿Qué pasa?- dijo mamá.

-Quiero que gane el papá.

-¿Quieres ir a Brasil, hijo?- me preguntó él tomándome la mano.

Junté valor y solté el único comodín que le quedaba a mi padre.

-Odio esta casa. No quiero vivir aquí.

La cara de él se descompuso. Me soltó lentamente.

-Yo la elegí, Mauricio.

Había metido la pata hasta el fondo. Nos miramos un minuto en silencio y luego le tendió el mazo a mamá lo largo de esa mesa más vieja que todos nosotros, la mesa que ella había traído de la casa de sus padres al casarse como un gigantesco amuleto.

-Ahora la real-murmuró.

Hacer la escala real significa juntar todos los números de una misma pinta, del as al kaiser. No sirven los comodines. A veces sale rápido, a veces puede tomar horas, si uno de los jugadores se empecina en conservar la carta que sabe que le falta al otro.

Comenzaron. Mi hermano bostezaba. Nunca nos habíamos quedado en pie hasta tan tarde. Las familias, he aprendido con los años, deben tener una misión. Una ruta que seguir de un punto a otro. Supongo, no lo sé en verdad, que esto se hace más claro a medida que aumentan el dinero y el peso de los apellidos. Pero en el fondo es verdad para todo el mundo. Tiene que haber un objetivo. Para unos pocos puede ser consolidarse y extender la influencia de los propios sobre el resto. Para la mayoría, su misión es sobrevivir y no atomizarse. Mi madre sabía eso, no en estos términos, ni en una forma que pudiera explicarse. Le venía por la sangre, lo había aprendido creciendo en una casa que no se parecía a la que teníamos. Para nosotros la vida diaria ya era suficiente afán. Para ella todo eso era un pantano.

La mano terminó rápida. Mi padre jugó azarosamente, cogiendo y descartando naipes de diferentes pintas, sin nunca decidirse. Mamá se lo tomó con calma, juntando diamantes sin preocuparse de esconderlo. Nada podía leerse en esos rostros. Por fin ella suspiró y susurró gané, muy despacio, muy casualmente. Dejó la escala real sobre la mesa, trece cartas de diamantes del as al kaiser.

-Felicitaciones- dijo él, muy lentamente. Después comenzó a contar sus puntos. No había sido un juego de carioca, había sido una paliza. Nadie se preocupó de chequear el score final.

-Vayan a Brasil -dijo mamá – Yo no quiero ir.

-Angélica…

-De verdad, vayan. Todos quieren ir. A mí no me interesa. No lo pasaría bien allá.

-Olvidemos el asunto del juego. Vamos a acostarnos- dijo él.

-Prométanme que van a ir a Brasil.

-No vamos a ir a ningún lado. La plata se queda aquí. Me equivoqué.

-Vayan.

-No hay nada allá – dijo él, con rabia- No hay nada. Ni siquiera lo pasé tan bien. Siempre le puse un poco de color a las historias.

-Eso me gustaba tanto de ti.

-Ustedes vayan a dormir- nos ordenó él, pero nadie se movió.

-Los tres me odian -murmuró ella, tomando un cigarrillo – Ustedes creen que soy una vieja de mierda.

Hizo una pausa, esperando que la salváramos. Tal vez que la hiciéramos callar.

-Es que los quiero tanto…-dijo. Luego empezó a llorar. Los tres la miramos, hipnotizados, unos segundos antes que papá reaccionara y le acariciara la cabeza con la punta de los dedos. Luego todos la abrazamos. Era la mujer de la que yo había aprendido lo poco que entendía sobre el sentido de las conductas ajenas y propias y nunca volví a verla con los mismos ojos.

La familia jamás fue a Brasil. Ellos, al menos, no volvieron a salir del país. Yo conocí la noche carioca pocos años después, ya desvirgado y veinteañero, y coincidí con el papá. No había nada allí.

 

(*) Este cuento apareció originalmente en la antología El Cazador y otros cuentos, de la revista Paula en enero del 2003. El libro fue retirado de circulación después que a la autora del relato ganador le acusaron de plagiar uno de Ricardo Piglia.

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