Afuerinos

 


La sensación de encontrarse a una distancia infinita del cielo.

Sam Shepard, Crónicas de motel.

 

 


La primera noticia que se tuvo del asunto fue la llegada de un largo convoy de camiones militares a este pueblo perdido en la costa. A media mañana del primer día, Gustavo, el chico del kiosko, vino a contarme al bar que se había instalado un campamento cerca de la playa, que un telescopio estaba montado en la cumbre del cerro y que había prohibición para los pescadores de mover sus botes más allá de la caleta. Le dije que debía ser un curso especial del servicio o algo así.

Sólo dos horas después se supo la verdad. Y era una verdad tan extraña, tan enorme, que todo el pueblo, dos mil quinientas sesenta y cinco personas se apretaron en el gimnasio municipal para escucharla de boca del alcalde y el militar a cargo del convoy.

-Desde ahora, este pueblo está bajo control de nuestra unidad- gritó el oficial –Ustedes hagan su vida normal, pero nadie puede abandonar el lugar sin autorización.

-Es sólo temporal- aclaró el alcalde, uno de mis mejores clientes.

-Este pueblo y todos ustedes- prosiguió el militar sin registrar la interrupción- han sido escogidos para formar parte de un hecho histórico. Dentro de nueve días, aquí ocurrirá el primer contacto entre seres humanos y visitantes de otro planeta.

No podía creerlo. Bueno, nadie podía creerlo. De hecho, el gimnasio tuvo que ser desalojado a culatazos mientras el alcalde trataba de explicar que esto no era culpa del ejército, que los propios visitantes habían elegido el pueblo. Eran los tiempos de Pinochet, y todos estábamos acostumbrados a ver una cosa y creer otra: los diarios hablaban de enfrentamientos donde veíamos asesinatos. La televisión llamaba apoyo incondicional a lo que nosotros identificábamos como mitines pagados. Era la dictadura. En un sentido, la noticia del contacto no tomó al pueblo por sorpresa: llevaban doce años viendo pasar a los marcianos.

En el bar no se habló de otra cosa. Con Nicolás, el chico que me ayudaba, nos turnamos para atender a los borrachos de siempre y a otros que cayeron en el vicio durante la espera, aterrados ante la idea de ser invadidos o diseccionados por inimaginables monstruos en naves espaciales.

-Rodearon el pueblo con alambres y nadie puede salir ni entrar si no tiene un pase, y a doña Marta, del restaurante, tuvieron que llevársela al hospital porque le dio un ataque de pánico… – decía Juan Carlos, el único fotógrafo del pueblo, a quien le habían requisado todo el equipo cuando ya soñaba hacer el negocio del siglo.

-Cortaron el teléfono y hace tres días que no me llegan los diarios- dijo Gustavo.

-Quizás va a ser bueno – dijo Nicolás – Puede que sean alienígenas pacíficos.

-Claro – lo apoyé.

-Ustedes no opinen de lo que no saben – dijo Mardones, uno de los patrones de la caleta – Los dos son unos afuerinos. ¿Cuánto tiempo llevas en el pueblo, Nicolás?

-Tres años.

-Entonces cállate y escucha a la gente que sabe. No es la primera vez que pasa esto.

-¿No? – preguntamos todos. El bar se quedó en silencio.

-Cuatro o tres años atrás, todos los que estábamos en la mar una noche vimos caer desde el cielo una bola de fuego azul. Cayó y cayó durante un rato, muy despacio, como si estuviera hecha de papel. Después se hundió y durante toda esa noche el agua brilló en la oscuridad y los peces que sacamos en las redes venían quemados.

-No hable de esas cosas, Mardones – dijo el alcalde, que estaba sentado en un rincón, tomando una botella de vino con su hermano – Alguien podría pensar que son ciertas.

-Usted estaba ahí, don Fernando – dijo Mardones.

-No me acuerdo – murmuró el alcalde, poniéndose de pie mientras dejaba el dinero en la mesa – Buenas noches a todos. Y no dejen que estas leseras los asusten. El pueblo va a ser famoso.

Salió y por las ventanas del bar vimos cómo unos soldados se bajaban de un jeep y se acercaban a hablarle.

-Pobre don Fernando – se quejó Gustavo – Justo venir a pasar esto a dos meses de la reunión del Consejo.

– A mí me cae bien – dije, retirando las copas de la barra – Es un hombre muy derecho.

-Es un mentiroso – dijo Mardones antes de tragar lo que le quedaba en el vaso – El estaba ahí con nosotros. Me acuerdo.

Alicia se acercó. Era enfermera del hospital y una de las personas que más nos habían ayudado a Nicolás y a mí a instalarnos en el pueblo cuando llegamos.

-Creo que lo mejor de todo esto – dijo, mientras buscaba en su cartera – es que esos provincianos que andan dando vueltas por ahí van a aceptar mejor a quienes son diferentes a ellos.

Pagó y se fue. Yo sabía que Nicolás me estaba mirando, pero algo me tenía nervioso y no lo miré de vuelta. Sólo Mardones encendió uno de sus cigarrillos baratos y gritó:

-A ver si algún día esa flacuchenta me invita a conocer sus diferencias.

Esa fue la segunda noche. Al salir a la calle en la madrugada, Nicolás me indicó unas luces en el cielo. Eran amarillas y se movían rápido y a baja altura. Cruzaron el pueblo hacia el norte y después volvieron otra vez. Las miramos durante una hora, tratando de saber qué eran. Así nos encontró una patrulla militar.

-Sus cédulas – nos dijo uno de ellos. Las miró a la luz de su linterna.

-Todo en orden. Váyanse a sus casas. Tenemos que detener a cualquiera que encontremos en la calle de noche.

-¿Es un toque de queda? – pregunté.

-No. Pero tenemos que estar atentos.¿Fueron a la reunión del gimnasio?

-Sí.

-Entonces ya saben.

Me pregunté qué era lo que sabíamos, pero justo en ese momento las luces volvieron a acercarse desde el norte, rugiendo en el cielo. Esta vez una de ellas se desvió y fue hacia la costa. El militar rió y le dijo al conductor del jeep:

-Ya se anda luciendo de nuevo Galíndez. Espérate que lo pille mi coronel.

 

El cuarto día hubo una pelea en el bar. Mardones y Gustavo se agarraron a puñetazos después que el patrón le dijera a Gustavo que los extraterrestres seguramente violarían a todas las mujeres, incluyendo a su esposa. Lo extraño fue que se golpearon durante un buen rato sin que nadie hiciera nada para detenerlos, como si la imagen de ellos dos sangrando y cayendo fuera igual de común que cualquier otra. Simplemente los  miramos en silencio, atentos a cómo cada nuevo golpe iba amoratando otro pedazo de piel o haciendo saltar un poco más de sangre. Se pegaron hasta que Mardones cayó y no pudo ponerse de pie. Gustavo lo miró un rato desde arriba, tembloroso y pálido, y luego se puso a llorar.

Al fin reaccionamos y le pedí a Nicolás que llevara a Mardones al hospital en mi auto. Cogí a Gustavo de un brazo y lo empujé al hediondo y húmedo baño del local. Saqué un botiquín que tenía bajo la barra y le limpié lo mejor que pude la sangre en la cara y en las manos.

-Gracias.

-De nada.

-Néstor.

-Qué.

-¿Tú crees que si llegan los extraterrestres van a violar a todas las mujeres? ¿Qué nos van a invadir?

-No lo sé.

-Pero a ti te alegra que vengan.

Dejé de limpiarle la nariz con alcohol.

-¿Por qué dices eso?

-Por lo que dijo la Alicia la otra noche. Eso de aceptar a la gente diferente.

-¿Cómo?

-Diferentes como tú y el Nicolás, me refiero. Homosexuales.

Lo miré un segundo.

-¿Quién dice que somos homosexuales?

-Todo el mundo. Siempre andan juntos, viven en la misma casa, nunca les han conocido alguna pareja. A mí no me importa, si me preguntas.

-No te pregunto nada. Estás listo. Andate a tu casa.

-Espero que no te hayas ofendido.

-No. Hasta mañana.

Cerramos el bar a las tres. Los clientes se fueron en silencio, cuidando de no hacer algún ruido que pudiera atraer la atención de las patrullas. Le conté a Nicolás lo que me había dicho Gustavo. Miró por la ventana del bar. Después murmuró:

-¿Tienes miedo?

-Un poco.

-Yo también.

Al siguiente día fuimos a la playa. El campamento no era más que una docena de enormes carpas verdes y un cobertizo construido con madera sin elaborar. Los camiones entraban y salían de la playa, cargando soldados silenciosos y mortalmente serios. No me parecieron simples conscriptos. Más bien parecían veteranos que regresaban de una larga campaña en una tierra lejana.

-Estos soldados son profesionales- le dije a Nicolás.

-Néstor – me llamó el alcalde desde un jeep – ¿Qué andan haciendo acá? Los pueden detener si los ve el coronel.

-No sabía que era delito pasear.

-Esta playa ahora es un área restringida. Están colocando unos sensores muy delicados en la arena. Y también tienen que preparar muchas cosas para el fin de semana. Acuérdate que es la noche del sábado.

-Supongamos que yo no quisiera venir ese día…

-Bueno, nadie te puede obligar. Pero no puedes salir del pueblo. Te van a detener si tratas de irte. Pero si te quedas en tu casa, no hay problema. Me tengo que ir. Nos vemos.

Nicolás, que había ido hacia una de las carpas, volvió escoltado por dos soldados con metralletas.

-¿Este joven anda con usted?

-Sí.

-Tienen que irse. Por órdenes de mi coronel el acceso a la playa está restringido.

-Ya me lo dijeron.

En el camino al pueblo, Nicolás me contó que en la carpa habían armas, televisores y muchas, muchas cámaras de video. También unas antenas de radio.

El resto de las noches hasta el sábado fueron similares a las primeras. Sólo aumentó el temor y las maneras de librarse de él. Los clientes llevaron un juego de dardos al bar y, aunque no me pareció gracioso, pusieron la caricatura de un alien (cabeza abombada, piel gris, ojos almendrados y enormes) como blanco.

-Diez puntos la cabeza, veinte puntos la boca y cincuenta puntos entre los ojos- gritaba Mardones.

También comenzaron a aparecer las armas. A escondidas del alcalde –a quien ya todos veían como un colaborador de los soldados- en el bar se intercambiaba dinero o joyas por revólveres, escopetas, municiones y hasta una granada de mano que un pescador había robado durante su servicio militar.

Fue la mejor temporada para el negocio. Por más que bebieran, ninguno de los clientes conseguía emborracharse. Sólo iban quedando cada vez más silenciosos, con la mirada vidriosa y  la mano agarrada al vaso vacío, hasta que yo aplaudía pidiendo que salieran.

El sábado los camiones militares se estacionaron afuera del gimnasio, para que quienes lo desearan se fueran en ellos a la playa. Con Nicolás preferimos caminar. La gente se había vestido como para la iglesia. Hasta Mardones tenía puesta una corbata y se había peinado con gomina.

La playa fue llenándose durante la tarde. El cielo estaba más azul que nunca y el sol caía  duro sobre las cabezas. Incluso hubo un par de desmayos que fueron atendidos por la gente del hospital, que habían montado su carpa blanca cerca del cobertizo militar.  Al atardecer, dos helicópteros cruzaron sobre nosotros en dirección a los cerros.

-¿Cuál de ellos será Galíndez? – me preguntó Nicolás.

-Debe haberse quedado en tierra hoy día.

-Néstor – me tocó el brazo – ¿qué crees que va a pasar?

-No tengo idea. A lo mejor nada. A lo mejor todo.

-¿Tienes miedo?

-Estoy cagado de susto.

-Eso es bueno. Así no me siento tan solo.

Se hizo de noche rápidamente, pero antes hubo una espectacular, increíble puesta de sol a la que nadie prestó atención salvo yo. Por un minuto, fue como si todo el mar estuviera en llamas, como si uno pudiera saltar a las olas y encenderse con ellas, y arder y arder hasta consumirse y ser uno con el agua.

Todos comenzaron a mirar al cielo donde las estrellas estaban apareciendo. No había luna. Busqué  a Venus y al no encontrarlo pensé que era una mala señal, pero traté de concentrarme en otra cosa. Un rato después se encendieron fogatas para combatir el aire frío que venía del sur. Así pasaron dos horas.

Cuando por fin sucedió Nicolás no estaba cerca de mí, pero supongo que reaccionó en forma parecida. Sin pánico, pero fascinado. Porque lo que ocurrió fue un repentino estallido en un sector del cielo, como si una puerta se hubiera abierto entre las estrellas. Algunos lloraron, unos cuantos entraron corriendo al mar y se sumergieron bajo las olas. Y luego una luz, una enorme y brillante luz se movió desde un punto más allá de la línea de las olas hasta flotar sobre nuestras cabezas. Y esa luz brilló y brilló, cambiando del blanco al amarillo y luego al rosado, hasta que bruscamente se apagó y entonces alguien –creo que fue Gustavo- iluminó el cielo lanzando una bengala de las que usaban los pescadores. La pequeña lucecita ardiente subió lentamente, y a medida que lo hacía, todos vimos lo que flotaba sobre nosotros.

-¡Es un globo! ¡Un globo! – gritó la voz sin cuerpo de Alicia.

La canastilla estaba suspendida a menos de veinte metros sobre nuestras cabezas. Alrededor de ella había una serie de reflectores y tubos humeantes, mientras los hombres de a bordo intentaban hacer que el globo se elevara de nuevo.

Lo que vino después fue confuso. Primero se escucharon los gritos de desilusión mezclada con rabia. Después alguien atacó a un soldado. Y vino el desbande y el caos y los tiros al aire. Los militares desalojaron la playa, y con Nicolás y otros tuvimos que correr hacia las dunas y caminar una hora dando un rodeo para volver al pueblo. Ese amanecer escuchamos pasar en rápida sucesión los camiones hacia la salida del pueblo, y luego, al final, la camioneta del alcalde.

Todo comenzó a aclararse con el paso de las horas, cuando el teniente a cargo del retén confesó que todo había sido un montaje, un proyecto fallido del que nadie podía hablar, un secreto absurdo que el pueblo –Nicolás y yo estábamos seguros- conservaría para sí como una vergüenza colectiva. El alcalde, único entre nosotros que sabía la verdad, renunció a su cargo sin volver ni hablar con nadie, y alguien le pegó fuego a su casa una semana después.

Durante dos o tres semanas las noches fueron muertas en el bar. El pueblo decidió encerrarse en sus casas al atardecer, tal vez como una extraña manera de hacer borrón y cuenta nueva. Alguien se mató, pero no recuerdo su nombre. Tampoco importa. Ayer Nicolás cerró el bar y pasó a decirme que lo acompañara a la bodega, como lo había hecho siempre antes de la llegada de los soldados. Nos encontramos frente a la mesa.

-Bueno-dice él.

-Bueno- digo yo.

Pero lo decimos en nuestro idioma. Sobre la mesa, armado con primitivos materiales nativos, espera palpitando una versión rudimentaria del radiofaro viviente de la nave. Nos sentamos frente a él y comenzamos a emitir incansablemente, como cada día, una señal en un código inimaginable para los habitantes de la Tierra. Lo hacemos con la esperanza de que, a trescientos años luz de aquí, en un planeta desértico que no conoce los atardeceres porque está en un sistema con soles gemelos, alguien la reciba y pueda poner en marcha el rescate.

 

 

(*) Publicado originalmente en la antología Años Luz, editada el 2006 por Marcelo Novoa en Puerto de Escape.

 

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Una respuesta a Afuerinos

  1. Natito dijo:

    Me gustó mucho. En algún momento intuí el final pero la etiqueta que regala Gustavo por ahí es un buen distractor. Pero, como siempre digo, es un agrado leerte
    =D

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