Red Social (The Social Network). USA, 2010, 120 minutos.

La primera alusión a Facebook que recuerdo en un filme de Hollywood aparece en Eagle Eye, un mediocre tecnothriller del 2008. Un agente del gobierno (Billy Bob Thornton) interroga a un joven hacker (Shia La Beof) respecto a una filtración en la red. “¿Te topaste con alguna alusión al tema en alguna parte de la internet?”, le pregunta “¿Blogs, salas de chats, Facebook?”

 

En Eagle Eye, el enemigo termina siendo una supercomputadora que ha decidido tomar en sus manos el destino del país. En Red Social, la nueva película de David Fincher, el responsable de la revolución que cambia la internet para siempre es alguien mucho más volátil: un estudiante de Harvard llamado Mark Zuckerberg.

 

Ahora, si Facebook en verdad implica un cambio global en las relaciones humanas es un tema que el guión de Aaron Sorkin (Cuestión de Honor) escoge dejar de lado. Esta no es una película sobre la relación de las personas con la tecnología, aun cuando en ella abunden laptops y celulares. Su tema es la mezcla maldita de negocios y afectos y la perturbadora idea de un sistema económico donde la imposibilidad de comunicar emociones cara a cara no es un defecto, sino la receta del éxito.

 

Zuckerberg (Jesse Eisenberg) es un genio a la hora de programar, pero un absoluto cretino al enfrentarse con sus semejantes, criaturas con las que sólo puede conectar a través del flujo de datos y peticiones –dame esto, necesito que hagas esto otro- o la agresión pasiva de negar el contacto.

 

Su novia rompe con él en la primera escena. Furioso, pasa la noche en su dormitorio subiendo a su blog personal comentarios hirientes sobre la chica e inventando un juego bastante cruel: una votación en línea donde los alumnos de Harvard escogen a la más atractiva de dos compañeras en base a sus fotos.

 

Ambas cosas están relacionadas. Su pequeña hazaña de democracia misógina llamará la atención de alumnos interesados en crear un sitio de amistades online sólo para miembros de la universidad. Los comentarios de su blog le confirmarán a su ex novia que Zuckerberg es un cretino, y esa reacción le impulsará a él a usar una idea ajena para iniciar el proyecto que desembocará en Facebook.

 

Un adolescente incapaz de empatizar con su enamorada –y de ver a sus amigos como algo más que potenciales empleados- terminará creando una “red social” basada en la ilusión de que puedes llamar “amigo” a una persona que sólo conoces virtualmente.

 

El verdadero centro del filme no es la intriga legal mediante la que Sorkin nos cuenta la historia (las declaraciones de quienes demandaron a Mark por quitarles el crédito en la invención del sitio), sino la constante pregunta que nadie responde: ¿Quién es esta persona llamada Mark Zuckerberg? ¿Qué está pensando, qué está sintiendo?

 

Red Social da un paso adelante en el camino biográfico que de alguna forma iniciara Lawrence de Arabia en 1962: creemos conocer al personaje, pero en realidad apenas atisbamos sus motivaciones.

 

Como el oficial inglés que consagrara su vida a los pueblos del desierto, Zuckerberg permanece opaco y distante en medio de una historia donde amistades se rompen, amores nacen y mueren y la pasión por el éxito reemplaza a la tradicional obsesión sexual del cine-de-universitarios.

 

Hay figuras femeninas orbitando la película: están las chicas que caen rendidas ante los emprendedores digitales (los nuevos rockstars), está la ayudante legal que mira y evalúa a Mark en silencio durante las deposiciones. Y está, claro, como un fantasma en la máquina, el recuerdo de la ex novia, tal vez la verdadera razón de Facebook. Como Herodes, quien –según Borges- aniquiló a todos los niños de su reino para matar a uno solo, tal vez Mark quiere que todo el mundo se registre en su sitio para capturar a la única asociada que le importa.

 

Pero este es esencialmente un mundo masculino. Y juvenil. Esta es la primera película hollywoodense de alto presupuesto que retrata a una generación específica de adolescentes: los emprendedores. “Van a decirte que te hagas a un lado y dejes que los adultos se hagan cargo”, le dice en un momento Sean Parker (Justin Timberlake) a Zuckerberg. “No lo hagas. Este es nuestro momento”.

 

Las grandes ideas tienen muchos padres. Quizás Mark Zuckerberg fue una sanguijuela ambiciosa y ladina que usó ideas ajenas para fundar un imperio. O tal vez sólo era un muchacho de diecinueve años con un talento y genio inusuales, pero con cero entendimiento de las reglas del mundo adulto y la simple decencia humana.

 

Por ahí aparece el costado más filoso de Red Social, una película sin disparos, muertes ni persecusiones, pero que ya deberíamos coronar como el mejor thriller –el más angustioso, el que más importa- del año cinematográfico. En pocas películas recientes había aparecido con tanta nitidez la idea de que personas con verdaderos trastornos de conducta y percepción son las que mueven el mundo de los negocios modernos. Esta es la verdadera secuela de Wall Street, no esa panfletaria fábula de redención capitalista que Oliver Stone nos entregó este año.

 

Gordon Gekko decía en 1987 que la codicia era buena. Mark Zuckerberg en el 2004 ya no se mueve por el dinero, sino por una codicia más total e inabarcable: el control de la intimidad ajena. Si no puedo conectar contigo en vivo y en directo, si no puedo conocerte o entender lo que sientes en la mesa de un bar o en un tribunal, por lo menos puedo revisar tus datos en una pantalla y sentir que te conozco.

 

El tema de cuán fidedigno sea el guión a los hechos reales no tiene relevancia. La fidelidad histórica en el cine, parafraseando a Nabokov, siempre debería ir entre comillas. Dicho de otra forma, si apenas podemos saber la verdad sobre nuestras propias conductas, mal podríamos esperar esa clase de verosimilitud en la dramatización de hechos reales.

 

Sorkin sabe que es imposible saber cuál es la verdad sobre los dueños legítimos de las ideas que dieron forma a Facebook. De hecho, su experiencia de guionista en Hollywood debe haberle servido de referencia. Por eso Red Social es una intriga sin resolución ni final feliz. Para coronar el cinismo solapado que Fincher cuela en varias de las escenas, en la última secuencia nos enteramos que las declaraciones de los demandantes del litigio sólo son un trámite y una farsa; los abogados buscarán un acuerdo monetario, uno que Zuckerberg pagará sin chistar, respaldado por el hecho de ser uno de los billonarios más jóvenes de la historia del mundo moderno.

 

El está lejos, protegido por una burbuja que no buscó, pero que está formada no tanto por el dinero como por su ineptitud a la hora de decir lo que cree, lo que siente y lo que desea. Hay una bellísima escena donde su amigo más cercano discute con él sobre su decisión de reclutar a Sean Parker –cofundador de Napster- como parte del equipo, y todo lo que Mark tiene para decir de vuelta antes de su brutal contraataque corporativo es recitar una serie de cifras. Seiscientos mil inscritos. Dos continentes. Cinco universidades.

 

Tengo que decir que una parte de Red Social me tocó personalmente. Llevo diez años trabajando en empresas de internet y me ha tocado conocer gente como Zuckerberg. Existen. No son monstruos. Simplemente ven las cosas desde una perspectiva alimentada por la neolengua tecnocrática, pero que en verdad es pura distancia y bloqueo emocional. Personas para las cuales cierto nivel de autismo social es un mérito. “No le hables”, le dice Mark a Sean Parker justo antes que toque a uno de los programadores, “Está conectado (he’s wired)”. “Como tiene que ser”, contesta Parker, entusiasmado.

 

Desde la vieja guardia, Red Social es una visión horrible de personajes cuya madurez emocional apenas existe, pero que tienen acceso a recursos y triunfos que hacen de sus taras un mérito y no un defecto. Desde la generación que el filme captura, tal vez la película sea vista como una bandera de lucha: Zuckerberg fue un visionario. Hizo lo que tenía que hacer, persiguió su sueño, aplastó a quienes se le oponían y triunfó. Millones de dólares en su cuenta bancaria son el mejor argumento a su favor.

 

Red Social pertenece a la clase de parábolas tecno-futuristas que Cronenberg filmaba en la primera década de su carrera. Es The Brood para la generación del iPod. Es un filme inteligente y jugado, que mezcla drama humano con metáforas tecnológicas de la misma forma que su astuta banda sonora mezcla los tradicionales acordes del leitmotiv dramático con el beat y el pulso electrónico que Trent Reznor y Atticus Ross equiparan con los pitidos y los clicks de la conexión digital. Tiene sentido: en estos tiempos, incluso en medio de las actividades más cotidianas, la sombra de nuestras presencias en la red está ahí, como un ruido blanco que no termina de apagarse.

 

Fincher y Sorkin han producido una película urgente, dura y engañosamente simple. También le han dado a Jesse Eisenberg la posibilidad de cristalizar un personaje que venía anunciándose desde el tímido adolescente que interpretara en Cosas de Hombres (Roger Dodger). Si coincidimos en que la política no sólo implica los ritos partidistas y mediáticos de nuestros parlamentarios, sino además el caos profundo en el que se cruzan nuestros deseos, actitudes y herencias de clase, Red Social es cine político del más alto nivel.

 

También es un thriller sin centro y una intriga sin villano. Es una película que mira sin inocencia al fenómeno de las redes sociales y la supuesta actitud contestataria que muchos exhiben en ellas todos los días. Detrás de sus oficinas sobreiluminadas y sus disputas de jóvenes millonarios, también es un filme de horror. Uno que se aparta de los clichés de la sangre y el gore para sugerir que, en aras de la modernidad y el progreso, estamos entregando sin asco esa intimidad que Zuckerberg sospecha, pero que sólo puede atisbar detrás de un monitor.

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3 respuestas a Red Social (The Social Network). USA, 2010, 120 minutos.

  1. Mauricio dijo:

    Tenía mis dudas ante la película, incluso que David Fincher sea el director. Pero ante diversos comentarios y ahora el tuyo Daniel es el más completo, me aclaran las dudas y me pone ansioso el hecho de ir a verla. Hace una semana escuché el OST, y de verdad es oscurísima. Trent Reznor es un genio y Atticus Ross hicieron una buen trabajo.

  2. Pato dijo:

    ¡¡buena!! buen texto. bien pensado y bien escrito.

  3. valdivia dijo:

    Conchas Daniel…esto está de puta madres. El texto, me tocó personalmente también. Llevo un par de meses pensando mucho sobre los niveles de ansiedad y demencia que me produce el ganarme la vida haciendo cosas sobre redes sociales, y estar tan putamente wired.

    Por ahí decía el otro día: sabes cuando has estado bien acompañado porque no has tuiteado en un buen rato.

    Es triste. Pero no sólo eso, en mi caso me ha demandado un costo afectivo bravo y que me tiene bien preocupado.

    Las redes sociales y los weones narcisos y verborreicos no deberían combinarse.

    Ok, basta de confesiones.

    Lo que si me interesa es ver la peli. Que buena que tienes blog.

    abrazo

    :::v:::

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