Permítanme un segundo de emoción

 

A propósito de Vuelo 93, esa mediocre cinta de desastre hecha a partir de una de las aristas más polémicas y amargas del ataque a las Torres Gemelas, un amigo me rebatía mi desagrado hacia el filme diciendo que era “emocionante”. Que él había llorado, que su acompañante había llorado y esa reacción validaba no sólo la historia sino el hecho de que se hubiera filmado.

 

En el fondo, mi amigo alababa la eficiencia de la narración a la hora de apelar a una de las reacciones primarias del espectador, como es la identificación. A todos nos parecería espantoso morir en un avión secuestrado por terroristas. A todos nos eriza los pelos la idea de una muerte tan absurda y anónima como esa, volando en pedazos junto a desconocidos por culpa de extremistas de una causa que ni siquiera entendemos.

 

Pero manejar esa variante –incluso manejarla con el innegable dominio técnico que exhibe Vuelo 93- no equivale a gran cine. Y por la razón que sea, esta postura de igualar la capacidad de conmovernos con la calidad artística, sigue de moda no sólo en la industria del cine (donde es entendible) sino también entre quienes comentan o escriben sobre películas regularmente.

 

Un crítico o un periodista dicen respecto a un filme cualquiera que es “conmovedor”, “emotivo”, “impactante”, como si la reacción visceral que tuvieron frente a la imagen fuera un juicio de valor. Es un dato a la causa, desde luego, ¿pero no tendríamos que esperar algo más de lo que nos diría un niño de diez años a la salida de Bambi o El Rey León?

 

El cine no habría sobrevivido como industria hasta nuestros días de no ser por su poderosa capacidad de cogernos con la guardia baja en nuestras emociones, y apelar directamente a nuestro miedo a la muerte, la soledad o el ridículo. Pero la identificación con clichés no es todo lo que ofrece, y sería necio negar la verdad escondida tras el sarcasmo de Raúl Ruiz, cuando dijo hace tiempo en una entrevista que esa obsesión de hacer llorar en el cine no la entendía. Era un trabajo, explicaba él, mucho más adecuado para los militares, quienes mal que mal se habían entrenado toda su vida para ello.

 

Una buena película puede también ser emotiva. Lo son las obras maestras de Capra, Kurosawa o Coppola. Pero eso no los hace mejores que Kubrick, Godard y Keaton, cineastas cuyas películas son impresionantes por razones distintas y donde la emoción –cuando aparece- es de una naturaleza muy diferente a la manipulación ejercida por horrores como La Vida es Bella o Los Coristas.

 

Vuelo 93, entre paréntesis, es un filme poco más que mediocre, una cinta de desastre como se han hecho docenas, con sólo dos particularidades. La primera, es que el uso extensivo de cámara en mano es efectivo por cuanto aumenta la identificación al transmitir la idea de que la acción está sucediendo “ahora”, “en vivo”, lo que es una astuta vuelta de mano a la retórica mediante la cual los equipos televisivos de noticias intentan crear urgencia en eventos que no la tienen.

 

La segunda particularidad es que su opción de concentrarse exclusivamente en el secuestro del vuelo United 93 la mañana del 11 de septiembre del 2001, su opción de no dedicar ni un segundo al contexto que rodeó ese ataque y las consecuencias políticas y sociales que el asunto tuvo, es odiosa e inmoral. Es mentir por omisión. Es manipular nuestra perspectiva sugiriendo que el apabullante impacto emocional de lo que esos pasajeros debieron afrontar es suficiente para justificar el filme por completo. Es como si en Chile alguien rodara una película sobre el Golpe centrándose exclusivamente en los esfuerzos de los pilotos de los Hawker Hunter por acertarle al frontis de La Moneda.

 

Es, en resumen, renunciar a las ambigüedades y dudas de una obra de arte real y apostar por las certezas simplonas del panfleto y la publicidad. Dos géneros que, valga la redundancia, suelen apelar a nuestra emoción con la misma fuerza con que nos niegan el derecho a argumentar de vuelta.

 

(*) Texto publicado originalmente en septiembre del 2006 en el sitio http://www.plagio.cl, a propósito del estreno -como ya es obvio- de Vuelo 93.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cine. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Permítanme un segundo de emoción

  1. Claudio dijo:

    Buen punto de vista. De acuerdo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s