Post Mortem

Mario Cornejo es un funcionario que transcribe los informes de las autopsias del Médico Legal en el Santiago de la Unidad Popular. Casi nunca habla, apenas mira a los ojos y el único rasgo de color en su entorno es el auto que lo traslada por una ciudad que parece una zona de guerra.

El tercer largometraje de Larraín es un pequeño cuento de horror, más modesto en sus objetivos que la fábula agobiante de Tony Manero, pero curiosamente conectado con esa película.

No sólo porque ambas cintas están protagonizadas por Alfredo Castro, ni porque compartan una misma ciudad y momento político, sino además porque son dos acercamientos distintos a la forma en que los individuos lidian con la represión.

En sus escenas más débiles, Post Mortem avanza lenta por la ruta de la metáfora política y el esperpento. En sus mejores secciones, por otro lado, apuesta a una idea bastante rara en el cine chileno. La idea de que el Golpe militar no quebró décadas de paz republicana, sino sólo expuso una fractura que estaba visible y activa desde mucho antes.

En un entorno que se vuelve incomprensible sin aviso, Mario es otro enigma a resolver: es capaz de mostrar piedad con un hombre agónico o de cuidar a un perro herido, pero también puede ejercer la misma violencia súbita que los militares están usando contra sus propios compañeros de trabajo.

Desde los excesos bombásticos de Fuga hasta el mundo invernal y tras bambalinas de Post Mortem, la dirección de Larraín se ha vuelto más exacta y su mano es más segura. En su nueva cinta hay tiempos muertos que distraen, diálogos que suenan falsos y escenas que no convencen. Pero los ripios son superados por una película que sabe que lo que está contando es mucho más importante que el simple deseo de agradar.

Este ha sido un año extraño para la cartelera local y no es tan raro que el Mario de Post Mortem y el Mark Zuckerberg de Red Social compartan la capacidad de dominar la pantalla a través de la ausencia. Los personajes están ahí –los actores hacen muy bien su trabajo- pero lo que nos interesa es lo que nos elude, el vacío que emiten. La zona negra donde alguien que creíamos conocer nos traiciona o nos deja morir.

(*) Publicado en La Tercera, 25 de nov. 2010.

 

 

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