El cuerpo no tiene fantasmas

En una versión temprana de Justine, Lawrence Durrell inventa una escena que luego quitó.

En esa escena, el narrador llega a su depto y encuentra el calzón de Justine, tirado sobre la cama. Baja desesperado al bar del primer piso (sí, es esa clase de libro) y le pregunta al barman, que es un egipcio viejo y sabio.

El tipo le dice que ella vino, lo esperó, lo esperó, por fin se aburrió, subió y bajó a los cinco minutos. “No va a volver”, dice el narrador.

No, le dice el barman.

¿Crees que debería buscarla?, dice el narrador.

No, le dice el barman. No te va a perdonar. Te dijo adiós al no esperarte más tiempo. Olvídalo: Justine es turca, lo que significa que bajo la pátina de civilización que le dio Europa, es supersticiosa y cruel.

Que no llegaras lo debe haber tomado como una señal del destino. Que se sintiera humillada esperándote la hizo desear venganza.

Pero además es judía. Lo que significa que al siguiente hombre que se le cruce lo odiará por no ser como tú.

No entiendo esto, dice el narrador.

Por supuesto que no entiendes nada, le retruca el barman. Eres inglés. Eres europeo. Insistes en creer que el alma es buena y que el cuerpo no tiene fantasmas.

Apunte que encontré en un cuaderno del 2000, cuando revisaba revistas literarias en el Centro Cultural de España.

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