Imparable: El sistema fuera de control

 

Es un típico día en una enorme empresa ferroviaria de West Virginia. Y por “típico” en la Norteamérica de hoy, se entiende un día donde los empleados más viejos batallan por no perder sus empleos y los recién llegados intentan hacer sus trabajos a partir de un entrenamiento básico de segunda.

 

En ese contexto, un conductor inepto comete una serie de errores que terminan con su tren –una gigantesca máquina cargada de material químico- corriendo fuera de control por todo el estado.

 

Los directivos de la empresa están más interesados en detener el tren sin perder dinero que en evitar daños a las personas. La supervisora de las líneas (un papel que fue asignado a una actriz tal vez por el aspecto torcidamente maternal de su labor) es la única que entiende los alcances de la situación.

 

Como personaje secundario, aparece un inspector municipal que representa el pobre papel que el Estado ha llegado a tener frente a la estructura de la empresa privada: sensato, enterado de la situación, pero impotente más allá de sugerir una estrategia o una idea.

 

La empresa intenta diversas estrategias para recuperar el manejo de la máquina, incluyendo dejar caer sobre los vagones a un ex veterano de Irak desde un helicóptero en pleno vuelo. Ninguna de las ideas funciona y lo absurdo e intrincado de ellas recuerda a los planes que la petrolera BP (British Petroleum) puso en marcha durante el catastrófico derrame de abril del 2010 en el Golfo de México.

 

Los héroes del día terminan siendo un ingeniero veterano (Denzel Washington) y un conductor novato (Chris Pine), que rechazan la orden directiva de alejarse de las vías y deciden perseguir el tren para frenarlo usando la máquina que conducen.

 

No sé mucho de trenes, aunque los abordé cuando era niño y recuerdo que me gustaban. Pero sí sé que Imparable no es un thriller de acción sobre la lucha de los humanos contra la adversidad o ninguna de esas pamplinas: esta es una fábula sobre la máquina del capitalismo saliéndose de control, perdiendo el rumbo y corriendo desbocada hacia la comunidad civil.

 

Los pueblitos que va a destruir el tren son centros de clase baja trabajadora. El cargamento consiste en toneladas de un producto químico altamente inflamable y tóxico, usado no sólo en la fabricación de pegamento industrial, sino también en la impresión de papel moneda.

 

La máquina, como el escualo de Tiburón o el iceberg del Titanic, no es una representación del Mal sino del caos, que surge cuando la codicia del capital se superpone a los intereses de la población.

 

Los responsables de que el sistema –los trenes, las máquinas, el capitalismo- funcione toman la decisión correcta demasiado tarde. La única chance de que la comunidad recupere el control está en manos de un chico blanco sin conocimiento y un hombre negro que es la encarnación de la serenidad, la experiencia y la cortesía: un Obama obrero.

 

 

Más aún, es un Obama de barrio que arrastra con dignidad no sólo la viudez sino el karma de que sus hijas –en la Norteamérica post-Bush – deban trabajar en Hooters mostrando escote para poder pagarse la universidad.

 

El mismo chico blanco que es su aliado en la peripecia tiene una filosofía de vida a años luz de la que Washington encarna: “No vine a robarle nada a nadie”, dice el novato en una de las primeras escenas, pero sí lo está haciendo. La mano de obra barata y sub-calificada de la que forma parte es usada por la empresa para “jubilar” tempranamente a ingenieros y conductores que se van a casa con la mitad de la pensión que merecen.

 

Pero ¿qué más le queda por hacer? No hay muchas alternativas en un sistema que no tiene volante ni piloto, que alguna vez muchos creyeron capaz de autorregulación y que hoy se ha revelado como un viaje sin boleto de vuelta o paradas de emergencia.

 

El capitalismo –o progreso, como gustan de llamarle sus fieles adeptos- carece del botón de apagado. Aunque sí contiene sus propios mecanismos de control de imagen. La misma población que la irresponsabilidad de la empresa amenaza con una muerte segura sigue embobada la carrera sin control a través de los canales de noticias. El peligro que vives puede ser consumido (o tolerado) en el envoltorio colorinche de las breaking news, cuyo formato está diseñado para ofrecer drama, no respuestas.

 

Imparable es una película de izquierda casi a pesar suyo. Su intención es hacer apología del carácter y dominio del típico trabajador estadounidense, pero para acercarse a esa figura ha debido dar cuenta del feroz contexto en el que esos trabajadores están resistiendo. Para darle verosimilitud a una simple fantasía masculina de hombres escapando de la muerte, ha terminado preguntándose por la forma en que ellos y nosotros estamos atrapados en la vida.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cine. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Imparable: El sistema fuera de control

  1. Claudio dijo:

    Notable Villalobos como logras segundas y terceras lecturas de películas, que para un ojo menos perspicaz, pasan como mero divertimiento. Tendré que verla.
    Saludos!

  2. MGM dijo:

    Chucha, yo la acabo de ver y no pasé de una película entrete que se trata de parar un tren. Claro que caché que Washington actúa – una vez más – de él mismo, y que en el trailer mienten descaradamente sobre el rol de los niños en excursión. Hasta tuve la sensación de algo de crítica social a cómo las grandes empresas tratan a sus trabajadores. Pero de ahí a elaborar la historia paralela que comentas aquí, ni cerca!

    PS. Me la compré enterita, en todo caso 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s