El Nuevo Mundo, de Terrence Malick: Días de Ser Salvaje

“El mestizo mira al futuro, porque el pasado es horror y sangre. Todo lo que tenemos en esta América nuestra y violada, es el futuro y la promesa de un mundo nuevo”.

Germán Arciniegas.

 

 

Uno de los aspectos más irónicos de la historia de Pocahontas es que se trata de un evento construido en un 99% a partir de los escritos de John Smith, el capitán inglés que la princesa india conoció en mayo de 1607, cuando la expedición que acarreaba al oficial desembarcó en la costa de lo que años después se conocería como Virginia, Estados Unidos. Pocahontas aparece desde esta perspectiva como la núbil belleza local, desprovista de “maña, intriga e hipocresía” y enamorada del conquistador que luce a sus ojos “semejante a un dios” y que la introduce al mundo occidental.

 

En verdad, claro, existió Pocahontas (algunos registros indican que su nombre original era Matoaka) y sí era una princesa local, hija de un poderoso jefe llamado Powhatan. Y tuvo relaciones con Smith, aunque si estos tratos incluyeron el romance y el contacto sexual es materia de interminables debates.

 

Por suerte, no son los hechos históricos como tales los que interesan a Terrence Malick, director de El Nuevo Mundo. Al menos no en el sentido en que podrían interesar a un Stone o a un Spielberg. Su nueva cinta tiene como protagonistas a Smith y Pocahontas, pero su tema no es la verdad tras el mito, sino la revelación de nuestro lugar en el mundo.

 

 

La película está armada a retazos, guardando silencio respecto a numerosos pasajes y dejando que otros brillen en detalle. La extensa y memorable secuencia de apertura, donde los indios presencian asombrados desde la orilla la llegada de los barcos ingleses, se construye en forma pausada pero majestuosa, cruzando vistas generales con primerísimos planos del cuerpo de los indígenas, cuyas marcas de nacimiento, arrugas y pinturas de guerra aparecen bajo la cámara de Malick como otros tantos paisajes naturales dignos de atención.

 

La sensación general es la de que este mundo es, efectivamente, el paraíso que anhelan Newport, el líder de los expedicionarios (Christopher Plummer) y el propio Smith (Colin Farrell), quien en su narración en off indica en un momento: “Es real, todo lo que siempre creí un sueño”. Pero la utopía pronto se rompe y el cielo en la tierra se cae a pedazos: las leyes y pecados de los colonos chocan violentamente con los locales, al tiempo que su nulo conocimiento de la tierra y el clima malogra sus cultivos y les condena al hambre.

 

Por supuesto, este es un territorio ya conocido por los seguidores de Malick. Indios más, playas menos, era el contexto en el que se iniciaba La Delgada Línea Roja (1997), otra historia sobre soldados que buscaban pureza lejos de la civilización. Pero si el Jim Caviezel de esa cinta era capturado por su teniente y obligado a servir de camillero en medio de las feroces carnicerías de Guadalcanal durante la Segunda Guerra, lo que John Smith recibe por su conducta indisciplinada a bordo de los barcos no es un castigo sino una misión: adentrarse aún más en la tierra virgen y contactar al rey que vive río arriba.

 

El viaje de Smith terminará con él estableciéndose entre los indígenas gracias a los buenos oficios de Pocahontas (la debutante Q’Orianka Kilcher) y aprendiendo sus costumbres e idioma. El guión es deliberadamente ambiguo respecto a cuánto tiempo transcurre, así como escamotea una serie de datos claves a lo largo de toda la historia, de los cuales el nombre de Pocahontas –que nunca es dicho en cámara- es sólo uno de los más llamativos para el espectador regular. Por ejemplo, nunca se nos muestra a Newport u a otros colonos relacionándose con los indígenas. Esto a pesar de que los lazos que ingleses e indios establecen paralelos al romance de Smith y Pocahontas quedan claros cuando uno de ellos le informa al capitán que otro jefe local le ofrece cambiar a la princesa por una olla.

 

Malick podría haber clarificado este y otros puntos en un guión más ordenado y en una narrativa más menos elíptica. Mal que mal, quienes repudian el tono elegíaco y atmosférico de La Delgada Línea Roja suelen olvidar que en su interior acoge una secuencia –la toma de un búnker japonés en plena colina- que está entre lo mejor que haya producido el cine bélico norteamericano en términos de suspenso, precisión y drama. ¿Por qué entonces no ceder al síndrome Danza con Lobos y convertir todo esto en la toma de conciencia de Smith respecto al verdadero papel de los colonos como punta de lanza de una invasión? Por la misma razón, me parece, que Malick evita reiteradamente caricaturizar a los ingleses, definir con trazos gruesos los motivos últimos de Smith o presentar a Pocahontas como nada más que la doncella pura y bienintencionada de su leyenda.

 

 

El Nuevo Mundo yace en las antípodas del cine a lo Danza con Lobos o –puaj- El Ultimo Samurai. El tema no es la maravilla del hombre blanco por un mundo perfecto al que sus compatriotas están a punto de aplastar, sino el segundo, breve pero definitivo, en que un personaje puede atisbar lo que fue y lo que vendrá en términos históricos. Como bien indica el crítico Roger Ebert en la única línea interesante de su comentario sobre el filme, en esta película nadie ha leído un libro escrito cuatrocientos años después y nadie tiene una pista de la enorme resonancia de sus actos.

 

El tiempo de metraje y recursos consumidos a la hora de capturar el paisaje natural y sus colores pudieran sugerir que los valores de la cinta son más pictóricos que narrativos. Pero los personajes que a Malick le interesan están ahí, siempre en medio de la trama, y el director incluso se permite un par de guiños irónicos. Por ejemplo, a pesar que Smith y Pocahontas aprenden mutuamente la lengua del otro durante la estancia del capitán con los indios, a partir de ese momento se comunicarán por entero en inglés.

 

También hay un uso extensivo de la voz fuera de cámara, la misma que era coral en La Delgada Línea Roja y que aquí es propiedad de la indígena, el militar y el colono (John Rolfe, el futuro esposo inglés de la heroína). Varias de las frases en off tienen una extraña resonancia para oídos contemporáneos, encallecidos por la moral Village y la lírica de cientos de boleros y reggaetones: “¿Quién eres? ¿Con qué sueñas?”, “Somos como la hierba”, “El es como un árbol. Se yergue sobre mí”. En este aspecto, como en muchos otros, las intenciones de Malick son ambiguas: ¿Está burlándose de los lugares comunes que asociamos con la época o, muy por el contrario, recreando el momento en que fueron dichos por primera vez?

 

Me inclino por la segunda opción. El Nuevo Mundo es, después de todo, una historia de fundaciones y primeros encuentros. También es una película revisionista, pero sólo en el sentido básico que advierte el mismo Smith, cuando –tras sobrevivir a meses de hambruna y motines en el fuerte de Jonestown- ignora asqueado el discurso del retornado capitán Newport, que habla de “una nueva tierra”, donde “nuestra ignorancia será nuestra fuerza” y en la cual “levantaremos un nuevo mundo”. Un nuevo mundo que poco tendrá que ver con la incipiente lógica socialista que Smith advierte en las tribus locales, donde todos trabajan con un objetivo común y nada es realmente propiedad de nadie.

 

Siguiendo esta idea, la mayor debilidad de la película, claro, es que narra eventos de compleja resonancia social y cultural a través de un estilo centrado no tanto en las relaciones entre los individuos como en el impacto del entorno sobre sus conciencias. Por eso importa más –mucho más- el deslumbramiento de Smith respecto a los bosques de Virginia que los ajustes y matanzas que los colonos deben cometer para sobrevivir.

 

Pero, aunque El Nuevo Mundo tambalee en su reflejo de las consecuencias futuras de la colonización, donde Malick extiende y afina los logros de La Delgada Línea Roja (y del último tercio de Días de Gloria, su hoy casi olvidado filme de 1978), es en el registro visual de la emoción sin ayuda del diálogo. En una época donde el cine industrial se enfrenta a una curiosa paradoja –que los recursos técnicos de la imagen se desarrollan a medida que la habilidad para narrar a través de ellos merma- El Nuevo Mundo es raro y singular porque pocos cineastas contemporáneos se atreverían a construir, en base a música, fotografía y escenario, una secuencia final como la de Pocahontas corriendo por los jardines reales en Inglaterra.

 

La princesa indígena llega ahí tras un largo periplo. Luego que Smith la abandona en el fuerte y le pide a otros que le hagan creer a la chica que él ha muerto, Pocahontas se entrega a la desesperación y el silencio, de los que es arrancada por John Rolfe, un plantador de tabaco que la corteja con respeto y distancia. La relación entre ambos no tiene el aire arrebatador y lírico de la pasión con Smith. De hecho, carece casi por completo de la cámara en mano y los fundidos que caracterizan al primer segmento de la película, tanto así que la primera vez que Rolfe ve a Pocahontas, la actriz aparece en un distante plano general, enmarcada en el contexto gris y oscuro del fuerte Jonestown y vestida al igual que el resto de las mujeres de la colonia.

 

Que Smith desaparezca de escena (salvo un breve diálogo casi al final de la historia) es un despropósito sólo si consideramos a la película un artefacto orientado a los viejos clichés de la identificación emocional. Después de todo, pasamos casi dos horas en compañía de Smith, el personaje más proactivo –qué fea palabra- y carismático de la historia, el que tiene más líneas de diálogo y el único con el cual podemos establecer ciertos lazos morales. ¿Qué sentido tiene ahora que lo perdamos de vista? Lo tiene, por supuesto, ya que Malick no ignora que nuestra percepción de Pocahontas –el personaje que de verdad le importa y la real protagonista de la fábula- está construida a partir de las memorias de un hombre blanco.

 

Malick, a su vez otro hombre blanco, deja a Smith fuera de cámara (pero no fuera del proceso emocional de la muchacha) para intentar acercarse no tanto a la personalidad de Pocahontas como a sus percepciones. Este quiebre en el lazo emocional que el espectador de cine busca establecer en forma instintiva con los personajes que la película le sugiere no es nuevo en el cine de Malick. Podría decirse que es el mecanismo fundamental de la narrativa de La Delgada Línea Roja, esa posta donde cada uno de los soldados del batallón tiene su minuto en cámara. Pero, ante todo, es una opción muy similar a la que escogiera en Días de Gloria, ese relato de época que al principio parece ser la tragedia de la pareja formada por Richard Gere y Brooke Adams para configurarse, hacia el final, como la historia de aprendizaje de la narradora, la niña interpretada por Linda Manz.

 

“Una tierra que no tenía fin”, es la frase con que Smith define el mensaje que le dan los jefes indígenas, interesados en convencer a los colonos de que no hay manera posible de llegar a las Indias a través de su territorio, de que todo lo que existe en el horizonte son pantanos y más pantanos. Pero la verdadera tierra infinita es el mar, esa expresión del agua que Malick convirtió en la nada a la que se fugan los desertores y moribundos de La Delgada Línea Roja y que aquí es el único lazo real y estable entre la vieja Europa y la joven América. Como varios críticos han notado, las primeras imágenes de El Nuevo Mundo muestran las plácidas aguas de la costa de Virginia. Pero son aguas que reflejan el cielo, una ilusión basada en un reflejo como lo serán los propios sueños de Newport y Smith, embobados ante un entorno que creen poder mantener intocado a la vez que lo invaden.

 

Pocahontas cruza el mar junto a Rolfe para presentarse en la corte del rey James (Jonathan Pryce, en el cameo más hermoso de una película llena de apariciones fugaces) y no dejamos de advertir el paralelo entre su llegada a Inglaterra y la de Smith a Virginia. Como su antiguo amor lo hiciera con sus bosques natales, la muchacha se fascina con el entorno de la Bretaña del siglo XVI y su mundo de piedra y altos edificios. Malick, en una de las tantas decisiones lúcidas de una película que pudo ir por derroteros mucho más obvios y condescendientes, evita con cuidado remarcar las diferencias y cargar las tintas a favor del buen salvaje y en contra de la decadente civilización. Por el contrario, el palacio real y sus alrededores están filmados con el mismo sentido de asombro y belleza con que la cámara registró los árboles de Virginia en la secuencia de apertura. ¿Es este el verdadero nuevo mundo? Al menos lo es para Pocahontas, que sólo volverá a abrir la boca para enfrentar al capitán Smith –ya enterada de su engaño-, a quien le preguntará con el primer y último dejo de sarcasmo en su voz: “¿Encontraste tus Indias, John?”

 

América para Smith fue siempre un lugar de paso. Para ella, en cambio, Inglaterra será el final de un periplo que se inició inadvertidamente cuando vio por primera vez un barco inglés (la Pocahontas histórica murió antes del viaje de vuelta a América y fue enterrada en el patio de una iglesia de Gravesend). También será el lugar donde adquirirá una certeza que le es negada a todos los demás protagonistas de la historia.

 

“La conciencia es un fastidio”, dice el traidor que encarcela a Smith en el fuerte y que cambia a la princesa por una olla de cobre, “Si no crees que la tienes, ¿qué problema puede ser para ti?”. Muy por el contrario, la conciencia de lo que le ha tocado vivir y cuál es su lugar en ese mundo ya muerto para nosotros es lo que hace a la Pocahontas de Malick trascendente más allá de la simple postal histórica. Si la mayoría de los hombres de la película sueñan con el futuro (desde los colonos que aspiran a fundar un país hasta el indio interpretado por Wes Studi que teme justamente eso), Pocahontas se proyecta hacia él gracias a su hijo, el nuevo salvaje que además es un mestizo de las dos culturas.

 

La verdad de John Smith será la versión oficial y la retórica sanitizada de sus testimonios escritos. La verdad de Pocahontas será la intuición secreta de esa felicidad que la hace delirar en los jardines reales de Inglaterra, el mismo misterio que la película evoca pero no revela y que, a la larga, tiene que ver con la maternidad y con el lazo que esa condición tiende entre Pocahontas y el futuro que ninguno de los personajes de El Nuevo Mundo llegó a conocer.

 

(Publicado originalmente en el sitio http://www.civilcinema.com, marzo del 2006)

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Una respuesta a El Nuevo Mundo, de Terrence Malick: Días de Ser Salvaje

  1. feña dijo:

    “ignorancia es fuerza” era un lema muy importante en el otro nuevo mundo, el de 1984

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