Kriptonita: Una apreciación psicológica, de David Mamet (Fragmento)

Tras haber enderezado los entuertos de Metrópo­lis, Superman tiene que huir del público y de los placeres que éste podría pro­porcionarle, y transformarse de nuevo en Clark Kent. ¿Por qué tiene que huir? Por la existencia de la kriptonita. Si sus archienemigos conocieran su paradero, podrían acercarse a él e introducir clandesti­namente kriptonita en su presencia, causándole la muerte.

Así pues, Superman ejerce sus poderes a expensas de toda posibi­lidad de disfrute personal.

En su personalidad de Clark Kent, está enamorado de su compa­ñera de trabajo, la periodista Lois Lane. A ella, las atenciones del timorato Kent le resultan risibles. Ella está enamorada de Superman. Pero Superman no puede correspondería. No puede revelarle su se­creto, porque ello pondría en peligro su vida. No puede revelarle su secreto a nadie. Puede disfrutar de adulación sin amor, o suspirar por el amor sin esperanzas de ser correspondido.

Las historietas de Superman son una fábula, pero no de poder sino de desintegración. Atraen a la mente preadolescente, no por sus reiteradas y grandiosas fantasías, sino porque reiteran una llamada de auxilio muy profunda.

Las dos personalidades de Superman sólo se pueden integrar de una manera: en la muerte. Sólo la kriptonita atraviesa los disfraces de timorato y de héroe, y puede afectar al hombre escondido bajo los disfraces.

¿Y qué es la kriptonita? La kriptonita es lo único que queda del hogar de su infancia.

Son los restos de aquel hogar destruido, y el miedo a dichos res­tos, lo que domina la vida de Superman. La posibilidad de que los fragmentos de aquel hogar destruido puedan reaparecer le impide conseguir el amor, le impide revelar que el cobarde y el héroe son una misma persona.

El miedo al hogar de su infancia le impide gozar de todo placer.

Tiene miedo de que, si revela su debilidad y su confusión, le so­brevenga la muerte, tal vez de manera indirecta, pero desde luego inevitable, por medio de la persona que reciba dicha información.

Superman tiene miedo de las mujeres. Todas las chicas que le interesan tienen las iniciales L L.: Lois Lane, Lori Lemaris, Lana Lang; y no es casualidad que su archienemigo, el supervillano de sus aventu­ras más espeluznantes, se llame, de manera similar, Lex Luthor.

Superman tiene miedo a las mujeres y está sexualmente reprimi­do. Presenta al mundo dos falsas fachadas: una de impotencia y la otra de benevolencia, dos disfraces creados para protegerle de la furia de las Mujeres —no sabemos contra qué están furiosas, pero desde luego lo están—, porque lo que le está diciendo a Lois Lane, tan claro como el agua, es: No me quisiste cuando era débil, pues ahora que soy fuerte no puedes tenerme.

Hace varios años se editó un libro para conmemorar los Cincuen­ta Años de Historietas de Superman. Y se me pidió, como a otros mu­chos escritores, que contribuyera con un comentario. Dije que admi­raba a Superman (admiro a cualquiera que se gane la vida en ropa interior) y que me gustaba el aspecto heroico de la fantasía: aunque, desde luego, la fantasía de la omnipotencia refleja la psicología de una persona que se pasa la vida en ropa interior: la psicología de un niño pequeño.

Superman está atrapado en el círculo vicioso de buscar la perfec­ción por medio de la repetición: ha experimentado una regresión a la primera infancia, y está representando su fantasía: «Sólo me dedico a hacer el bien. No pido nada para mí. De hecho, no puedo aceptar nada. A lo mejor, sí soy muy bueno, mi mundo no será destruido y no me enviarán lejos de casa.»

Lejos de ser invulnerable, Superman es la más vulnerable de las personas, porque su infancia fue destruida. Jamás podrá reintegrarse regresando al hogar, porque el hogar ya no existe. Ha desaparecido y ahora vive entre extraños a los que ni siquiera puede revelar su ver­dadero nombre.

No hay esperanzas para él, aparte de seguir escondiéndose, re­zando para que sus enemigos no averigüen su verdadera identidad. Por muchas buenas obras que haga, éstas no le protegerán.

No sólo ha renunciado a toda reclamación de ciudadanía, sino tam­bién a toda esperanza de sexualidad adulta, de cariño, de paz. «Hago el bien, pero no obtengo ningún placer», dice. «No pido nada para mí. Ojalá mi falsa identidad no llame la atención. Olvídense de mí.»

(Publicado en español como parte de la antología de crónicas Una Profesión de Putas, Ed. Debate, España, 1995).

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