Agora, de Alejandro Amenábar

Agora tiene exceso de pompa, secundarios unidimensionales, una heroína impoluta y perfecta y una visión del mundo antiguo peligrosamente cercana al lugar común y al paternalismo. Pero no nos engañemos, esas han sido las características del cine “de romanos” desde la aparición del género. Salvo excepciones claves, como Rey de Reyes (1961) o Espartaco (1960), en el cine los siglos pasados suelen exhibirse como épocas mucho más sencillas y planas que la actual.

En Agora, los romanos están en retirada. La historia sucede en la Alejandría del siglo 291, donde el avance del cristianismo está obligando a los representantes del Imperio a pactar con los creyentes y a dejarlos predicar su evangelio de un dios único en la ciudad símbolo de la tolerancia politeísta.

La protagonista del drama es Hipatia (Rachel Weisz), la filósofa e intelectual que ve con horror cómo el fanatismo se sobrepone a la ciencia. No es difícil trazar un paralelo entre el cristianismo primitivo –popular, directo, de guerrilla- con la imagen que Occidente se ha hecho del Islam en las últimas décadas.

Pero el talento narrativo que Amenábar exhibiera en pasajes de Mar Adentro o Los Otros acá luce constreñido por los clichés del cine de época. Mucha elocuencia de manual, muchos planos aéreos de templos y palacios y pocos momentos de verdadera emoción o simplemente inspirados.

Más allá del interés que despierta su premisa, Agora es una película de género muy corriente. El choque entre la incontenible religión naciente y el esplendor intelectual del viejo orden se reduce a la lucha entre barbarie y civilización, con algún asomo del querido recurso del romance imposible entre amos y esclavos.

Christopher Hitchens escribió hace años que ninguna religión es tolerante cuando tiene el control del Estado, y citaba como ejemplos a la Inquisición y a los talibanes. Agora intenta retratar (con más energía que sutileza) el momento clave en que el cristianismo rechaza el viejo saber para fundar no sólo una ideología, sino una nueva visión de mundo.

Si al final un mensaje queda flotando más allá de los fondos digitales y las dagas de utilería, es que ningún líder religioso está por encima del juicio de la historia. O el de los tribunales.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 24 marzo 2011)

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