El Día que la Tierra se Detuvo

Una esfera espacial aterriza en Central Park aterrorizando al mundo. De ella emerge un alienígena con forma humana (Keanu Reeves), que dice llamarse Klaatu y exige ver a los líderes de la raza humana. Su misión no es benéfica, sin embargo: Klaatu viene a limpiar el planeta de humanos, la especie terrícola que ha puesto en peligro a todas las demás.

Este es un remake de una modesta cinta de 1951, dirigida por Robert Wise (La Novicia Rebelde), donde la misión de Klaatu era evitar la guerra atómica. Como otros filmes del período, el original lidiaba con un conjunto de temas muy reconocibles: la intolerancia, el belicismo, la Guerra Fría.

La versión 2008 es –sorpresa- una fábula sobre la crisis económica. Desde luego, lo que atrae a Klaatu a la Tierra es la devastación ecológica. Pero el personaje adquiere poco después de llegar un traje ejecutivo que jamás se quita y lo que transmite su conducta no es la furia de un mesías, sino la frialdad de un ejecutivo de Wall Street a cargo de intervenir un banco.

El Klaatu de Reeves es un yuppie galáctico que descubre sus emociones gracias al contacto con una científica terrícola y con el hijo adoptivo de ella. Que el niño sea de raza negra y deteste a su madre postiza es menos relevante que la facilidad con que acepta a Klaatu una vez que conoce sus inmensos poderes.

Pero esto no es E.T. ni Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (aunque ambas cintas reciban sendos homenajes visuales en la trama). El foco no está en los afectos, sino en el proceso irreversible de destrucción que pone en marcha el visitante: un enjambre de langostas mutantes que son pura entropía y que parecen tener especial apetito por materias manufacturadas.

El propio sistema se devora a sí mismo, una idea que el director Derrickson (El Exorcismo de Emily Rose) expone con claridad, pero sin las estridencias de un Roland Emmerich o un Shyamalan. De hecho, es curioso que Derrickson fuera el escogido para filmar una cinta de Wise, director casi olvidado con quien comparte una peculiar paradoja propia de los artesanos: ambos tienen buen gusto, pero carecen de ideas. Derrickson entiende las implicancias de su historia, pero jamás logra elevarla a las alturas de un Spielberg o un Cronenberg.

Sin embargo, a la luz de ese horror apocalíptico que perpetrara el ‘autor’ Shyamalan bajo el nombre de El Fin de los Tiempos, sólo podemos decir: Dios bendiga a los artesanos.

(Publicado originalmente en La Tercera, 11 de diciembre del 2008)

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