Gomorra

La mejor manera de acercarse a Gomorra es enumerar todas las cosas que no incluye: no tiene espléndidos travellings al ritmo de canciones pop, ni mansiones fastuosas ni mujeres exuberantes, ni diálogos épicos ni villanos o antihéroes memorables. Es un filme feo, chato y agobiante, pero a conciencia. Su atmósfera de depresión y horror cotidiano no es un defecto de estilo, sino que una opción.

Gomorra es un antídoto –una especie de purgante- a la mitificación romántica que han hecho del mundo de la mafia cintas clásicas como El Padrino, Buenos Muchachos e incluso Caracortada (que es citada por un par de matones novatos en una escena).

Más que una historia central, el filme presenta una serie de eventos conectados entre sí, adaptados a partir de un libro-reportaje escrito por el periodista Roberto Saviano, quien investigó a conciencia el bajo mundo de la camorra en Nápoles y terminó ganándose una larga lista de amenazas de muerte.

Pero esta no es una historia sobre el poder, sino sobre las periferias de su alcance. Jamás vemos a los grandes capos ni a quienes se enriquecen con la corrupción que pudre cada uno de los estamentos de esa sociedad. Sólo presenciamos la rutina de sus soldados de a pie, hombres y adolescentes que llevan una vida tediosa y angustiosa al mismo tiempo, sobreviviendo apenas, matando y muriendo bruscamente y sin ceremonia.

Es un filme relevante, de seguro, pero también muy ingrato. La ausencia de conexión emocional con estos personajes hace difícil tolerar el conjunto, aun cuando se trate de uno de los estrenos más singulares de la temporada.

Gomorra está hecha a partir de detritos y desechos. La mayoría de sus escenarios son poblaciones, edificios en ruinas y callejones traseros. Verla trae a la memoria La parte de los crímenes, aquella feroz sección de la novela 2666 donde Bolaño enumera cientos de homicidios sin enfatizar uno solo de ellos.

Confusos ante una Europa donde las viejas tradiciones mueren y el euro es la nueva moneda de cambio, estos gángsters de cuarta viven sin entender la profundidad de su desarraigo: su única seguridad es el suelo que pisan. Ese mismo suelo que a veces se abre para recibirlos, descartados del sistema como el desecho tóxico en que se han convertido.

(Publicado originalmente en La Tercera, 28 de mayo del 2009)

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