Hulk, El Hombre Increíble

De todas las adaptaciones de los superhéroes Marvel al cine, el caso de Hulk ha sido el más problemático. El 2003, una superproducción con un elenco de primera línea y capitaneada por Ang Lee (Secreto en la Montaña) fracasó en la taquilla. Cinco años después, en una movida inédita, la Marvel autorizó un segundo intento.

Pero esta vez las reglas fueron distintas. Adiós a los jugueteos visuales del primer filme y a su interesante pero fallida historia sobre traumas edípicos y padres monstruosos. La nueva versión es una típica cinta de superhéroes, ceñida a las estructuras del género y con escaso margen para la innovación o el riesgo.

Bruce Banner (Edward Norton) es el científico cuya exposición a los rayos gamma le convierte en un monstruo verde cada vez que se enfurece. Betty (Liv Tyler) es la colega que lo ama y también la hija de su eterno némesis, el general Thaddeus Ross (William Hurt).

Al inicio de la historia, Banner vive escondido en Brasil, en un covacha en las favelas. La tenacidad del general –y la aparición de un comando inglés encarnado por Tim Roth- le arrastrarán de nuevo a la luz pública y a los enfrentamientos donde las camisas se rompen y los autos vuelan.

Como película de aventuras, la cinta no aburre ni confunde. Es clara, directa y le da a sus personajes algo de espacio para desarrollar ciertos rasgos de humanidad. Pero carece de interés más allá de ser cine de consumo: se digiere y luego se olvida. La versión del 2003 era floja en términos narrativos y dejaba una gran cantidad de cabos sueltos. A cambio, entregaba algunos apuntes genuinos sobre el mundo real y tenía un acercamiento diferente al universo del cómic.

En general se huele aquí la urgencia de los realizadores por facturar una película que nunca aburra, que no pierda tiempo en recovecos ni sutilezas. Lo que es curioso, porque la mejor secuencia –la huída de Banner por los callejones y techos de su favela- no tiene nada que ver con criaturas digitales o explosiones y sí mucho con las pausas que permiten respirar a una historia y prestar atención al entorno. Durante esos minutos, Hulk, el Hombre Increíble deja de ser un producto y se vuelve algo mejor: una buena película.

(Publicado originalmente en La Tercera, mayo 2008)

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