Julie y Julia

Julia Child fue una famosa chef que legó a la cultura estadounidense un libro de recetas de cocina francesa que la hizo estrella de televisión. Décadas después, una escritora de Nueva York llamada Julie Powell se autoimpuso el desafío de cocinar todas las recetas del libro en un año y reportar sus avances en un blog personal.

Esta cinta de Nora Ephron (Tienes un E-Mail) narra ambas historias en paralelo. Por un lado, las andanzas de Julia en el París de los ’50 donde aprende los secretos culinarios de la vieja Europa. Por el otro, la joven Julie, descifrando las recetas y viendo cómo crece el interés por su proyecto.

El problema de la película es que ambas líneas narrativas nunca terminan de conectarse realmente. La más interesante, por lejos, es la de Julia Child, pero la necesidad estructural de darle espacio en pantalla a la historia actual hace que muchas cosas sean aludidas y no desarrolladas.

Por otro lado, el principal escollo de la historia de Julie radica en que ni los buenos oficios de la Ephron ni la simpatía de Amy Adams nos sacan de la cabeza que Julie es una arpía histérica antes que una joven esforzada.

La diferencia entre ambas mujeres es clave para entender la falla general del filme: para Julia Child, la comida es un placer y un fin en sí misma. Para Julie Powell, cocinar es un medio, una ruta a la fama y el reconocimiento. Su verdadera pasión no es la buena mesa, sino el éxito. El fuego en sus ojos es la mirada estrecha y calcinante de la emprendedora moderna.

De ahí que sea tan inverosímil la figura de su esposo, retratado más como un compañero de departamento que como una pareja real. El romance de Julia era con el placer oral a través de la cocina y su esposo. El romance de Julie es consigo misma.

Hay algo fracturado dentro de esta supuesta fábula sobre el goce sanador de la comida. Tal vez porque Julia Child fue hija de la moral estoica de la post-guerra, su foco no estaba en la figuración personal sino en el gusto de los otros. El choque con el egocentrismo desatado de su discípula virtual deja un sabor amargo y causa en la cinta una cojera de la que no se recupera jamás.

En Hollywood a estas películas se las etiqueta como chick-flicks o películas para mujeres. Desde Chile, decimos humildemente: las mujeres merecen algo mejor.

(Publicada originalmente en La Tercera, 18 de noviembre del 2009)

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