La Felicidad Trae Suerte (Happy Go-Lucky)

Poppy es una profesora que vive en un sector popular de Londres. No tiene pareja, su vida es bastante gris, pero jamás le fallan ni la sonrisa ni los chistes. Hay algo en ella que sus amigos e incluso los extraños perciben: la intuición de que su permanente buen humor es una débil defensa contra el hoyo negro de la desesperación.

En sus mejores momentos, el cine del director Mike Leigh (Secretos y Mentiras) alcanza alturas metafísicas a partir de las historias más cotidianas. En sus películas, las motivaciones pueden ser infinitas y contradictorias. El personaje más equilibrado puede terminar cometiendo el peor delito y la criatura más despiadada puede ser capaz de la nobleza definitiva.

De esa inestabilidad surge el vértigo de sus grandes trabajos. Algo de eso se asoma en este drama sobre una mujer atrapada por su propio carácter, aunque la cinta jamás toca las profundidades a las cuales Leigh ha llegado en obras anteriores.

Poppy adora a la gente. Quiere comunicarse con ellos, hacerles ver que el mundo puede ser un buen lugar y que ella misma es mejor persona de lo que muchos creen. Pero su optimismo es también una forma de ceguera. No le permite ver el desprecio soterrado de sus amigas, ni el interés romántico de su instructor de manejo (el gran Eddie Marsan) ni el peligro latente en su charla solitaria con un mendigo loco.

Precisamente en esa charla –bastante alejada del resto de la cinta- se atisba una grandeza conceptual que después se disuelve: el momento en que el contacto íntimo entre dos seres humanos puede volverse una agresión o una caricia. Si todo el mundo tiene sus razones, como dijera Jean Renoir, Leigh anota una desoladora posdata a ese dogma: todos tenemos nuestras razones y muchos pierden la vida entera huyendo de ellas.

El salto al vacío que la heroína está dispuesta a dar con quien se le cruce (incluso con un mendigo), su capacidad de entregarse sin cálculo ni reticencia es también la mayor señal del daño interno que ha logrado esconder tras su eterna sonrisa. En esa contradicción radica el valor de los mejores momentos de La Felicidad Trae Suerte, un drama solvente, cumplidor y adulto, pero que está lejos de causar el descalabro emocional de otras cintas de Leigh.

(Publicado originalmente en La Tercera, 10 de diciembre del 2009)

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