Los Expedientes Secretos X: Quiero Creer

Seis años después del fin de la serie original, nos reencontramos con Fox Mulder y Dana Scully. Ella es doctora en un hospital católico, él es un ermitaño barbón que pasa el tiempo recortando noticias de los diarios. Ella le convence de abandonar su retiro para colaborar juntos en un nuevo caso que se parece bastante a algunos de los que ambos investigaron durante su paso por el FBI.

El misterio involucra una mujer desaparecida, un brazo cortado y un sacerdote con poderes psíquicos, elementos conocidos para los devotos de la serie, que fue (junto a Los Simpsons) uno de los productos televisivos claves de la década de los ’90. En la Norteamérica de Clinton, Mulder y Scully fueron el emblema de los nuevos tiempos: los freaks no sólo se tomaban la Casa Blanca, sino además el FBI y lo que antes era motivo de burla (ovnis, sucesos paranormales, asesinos en serie) se convertía en material de análisis serio.

Muy poca de esa ambición por rejuvenecer viejos mitos aparece en la nueva película. A diferencia del primer filme de los X-Files (estrenado en 1998), esta historia es un modelo de modestia narrativa. No incluye conspiraciones mundiales, ni grandes secretos ni poderes en la sombra, concentrándose en contar una pesquisa policial donde lo paranormal casi sale sobrando.

Y es esa humildad la que le juega en contra y la hace intrascendente y olvidable. La serie tiene en su historial por lo menos veinte episodios mejores y más cautivadores que esta investigación donde Mulder y Scully se distraen de las pistas sólo para recordarse el uno al otro las razones de su quiebre personal y profesional.

Incluso uno de los grandes temas de la serie, como fue su persistente explotación de la paranoia contemporánea (teme a tu vecino, desconfía de los extraños, no le creas al gobierno) suena anticuado al compararle con sagas como Los Sopranos o 24: tal vez porque en el mundo post-Torres Gemelas y post-cárceles de Abu Ghraib cada vez nos asusta menos la idea de un apocalipsis privado o global.

Más que un paso adelante para el universo de los personajes, la película es un acto de nostalgia plagado de guiños a los fans. Por eso saca una sonrisa el momento en que ambos vuelven a caminar por los pasillos del FBI y miran una fotografía de Bush Jr: hace diez años, Mulder y Scully lucharon para revelar al mundo que un poder en las sombras regía con puño de hierro los destinos del planeta. Hoy ese poder está a plena luz y a nadie le importa.

(Publicado originalmente en La Tercera, 24 julio del 2008)

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