Star Trek

Estamos en el futuro lejano, donde los viajes espaciales son cotidianos, así como el contacto con otras civilizaciones alienígenas. La Federación (una especie de ONU militar) vigila el orden en la galaxia a través de meganaves pilotadas por cadetes de distintas razas. Y uno de ellos es un chico rebelde con mucha actitud y el trauma familiar de rigor: James Tiberius Kirk.

Este filme dirigido por J.J. Abrams (el hombre detrás de Cloverfield y la serie Lost) reinventa el universo Star Trek narrando la primera misión importante de los viajeros del Enterprise, la forma en que se conocen y el choque con su primer enemigo mortal.

Y lo que podría haber sido un latazo a lo Watchmen ha terminado siendo la primera superproducción decente de la temporada.

Star Trek, digámoslo pronto, es cautivante, colorinche y ruidosa. Es liviana, en el mejor sentido de ese manoseado adjetivo, lo que significa que fluye sin problemas, que no se enreda en tonterías, que le falta el respeto a la saga las veces que quiere, pero que también es capaz de hermosos homenajes y guiños a la fuente original.

La formación de Abrams en televisión le viene de perillas: actuaciones funcionales, efectos dignos, diálogos punzantes, certero equilibrio entre acción y autoparodia. Abrams tal vez no respete la mitología trekkie, pero ciertamente sabe el dato clave que impulsó a Gene Rodenberry cuando inventó la serie hace décadas: lo que importa no son las naves ni la jerga técnica, sino elementos tan básicos como el hecho de que Kirk nunca deja de ser un provinciano y que Spock es a la larga el tripulante más emocional de la Enterprise.

Otro dato a favor: Star Trek no pretende ser realista. No importa cuántos warps recorra la nave por el universo, todos los aliens hablan inglés (incluso cuando no hay humanos presente) y en el exterior de la Enterprise se siguen leyendo las siglas U.S.S., como si hubiera salido de un astillero contemporáneo y no desde las entrañas de un futuro sin fronteras ni países.

En los ’60, la serie cruzó la ciencia-ficción huachaca con los códigos del western y el paternalismo de la era Kennedy (“viajemos y conozcamos a los nativos”). En esta versión 2009, alba y pulida como la superficie de un iPhone, la Federación es un ejército “pacificador” de alcance global que no responde a nadie y que combate a un villano al que califica de criminal de guerra. Los tiempos cambian.

Por eso es prudente aclarar que tal vez en cuarenta años este filme luzca ingenuo y panfletario, pero aquí y ahora es una diversión de primera línea y la mejor encarnación que Star Trek haya tenido alguna vez en pantalla grande.

(Publicado originalmente en La Tercera, 7 de mayo del 2009)

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