Wall-E: Recuperando el control

Las películas animadas de los estudios Pixar son el último reducto dentro del cine estadounidense donde se puede encontrar la moral narrativa del Hollywood clásico. Aquel proverbial instinto para unir simpleza y profundidad que hizo grandes a tipos como Ford o Sturges goza de buena salud en la animación.

Si Los Increíbles fuera una historia sobre la familia y Ratatouille una fábula acerca de la vocación, Wall-E es el primer drama romántico en regla que produce Pixar. Es una historia sobre el sacrificio amoroso, pero también sobre la soledad que le precede y –cosa irónica tratándose de animación digital- es una astuta reflexión sobre lo que separa al artificio de lo natural.

En Wall-E los robots son mucho más empáticos y queribles que los humanos, fue la queja de algunos espectadores. Es verdad, pero ojo, aunque los humanos aparezcan como ineptos u holgazanes no quita que ellos hayan sido, alguna vez, los creadores de las maravillas tecnológicas que les han cuidado por siglos en esa mega-nave espacial.

Todo tiene dos lecturas en Wall-E y ninguno de sus significados es sencillo o simple, tal vez porque es una película basada en la contradicción. Es una fábula ecológica cuyos héroes son máquinas. Es una historia de pareja donde la líbido es impensable. Y es una historia de contornos bíblicos donde no hay Dios, sino la simple certeza de que el destino lo labramos nosotros, pero en conjunto.

Además es interesante notar uno de los tantos hallazgos de la cinta: Wall-E muestra un futuro apocalíptico donde los humanos carecen de voluntad salvo para el consumo, protegidos de todo por máquinas más capaces que ellos. De hecho, podrían seguir viviendo así por generaciones, autodevorando sus recursos (la idea de que esos humanos llevan siglos comiendo sus propios desechos corporales es obvia, aunque jamás explícita).

Pero en vez de eso deciden arriesgarse. Como lo hicieron sus antepasados y como lo hace Wall-E, el robot reciclador que por pura casualidad empuja a una civilización completa a dejar de ser simples consumidores para volver a ser ciudadanos.  En un año en que volvimos a comprobar que el sistema es frágil e inestable, esta fábula sobre la importancia de recuperar la iniciativa me pareció el estreno en cines más urgente de todos.

(Publicado originalmente en La Tercera, diciembre del 2008)

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