Amor de Madres

Es curiosa la participación de Alejandro González Iñárritu como productor ejecutivo en este proyecto. Porque, de alguna forma, con Babel y Amores Perros, cultivó un tipo de drama coral excesivo y artificioso que parece el primo distante del tipo de narración que prefiere Rodrigo García, el director de este filme sobre desencuentros entre madres e hijas.

El estilo de Iñárritu podrá lucir a estas alturas como un cliché bombástico y risible (ver Biutiful), pero la aparente sobriedad de García no es menos formulaica ni más sincera.

En Amor de Madres vuelve a una estructura que ya utilizó en sus dos películas anteriores, Con Sólo Mirarte y Nine Lives: historias paralelas cuyos personajes (a menudo femeninos) están conectados por sangre, biografía o simple azar.

Aquí tenemos una mujer torturada por el fantasma de la hija que dio en adopción. También hay una joven esposa estéril que intenta ganar el aprecio de una muchacha interesada en dar su futuro hijo en adopción.

Y luego tenemos a una abogada que privilegia su carrera sobre todo y que lleva años huyendo de cualquier clase de estabilidad o lazo emotivo.

García es un hábil director de actrices y algunas de ellas aquí ofrecen su mejor trabajo en años. Todo está en su lugar, todo es calculadamente interesante y correcto. Es bajo esa apariencia pulida que García vuelve a la obsesión que arrastra desde su primera película y que le conecta más con los valores del viejo culebrón latinoamericano que con el espíritu progresista de estos tiempos.

En apariencia, las mujeres de su cine son autosuficientes. De hecho, los personajes masculinos lucen impotentes ante su voluntad: son ellas quienes deciden. Pero esas decisiones gatillan dolor y soledad.

Al final, García deja que sus heroínas tomen las riendas sólo para que se desbarranquen hacia la tragedia. Amor de Madres es un extenso dramón sobre las catástrofes que sobrevienen cuando las mujeres intentan liberarse de la maternidad, la familia y el macho protector.

Su discurso no es moderno, sino anticuado y sus conclusiones no son epifánicas, sino desoladoras. En ese sentido, es un genuino heredero del melodrama desatado que un director como Iñárritu abraza sin el pudor que todavía lastra a García.

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