Acción ejecutiva

No me importa que seas negra. No me importa que seas vieja. No me importa que tarde en la noche, cuando me despido de ti en el hotel o en el avión o en el departamento, huelas como la sirvienta que me crió en la casa de mis padres. No me importa. No me importan las arrugas en tus manos ni tu aliento ácido cuando me hablas al oído en las reuniones de la Cámara.

 

Tu culo. Tu culo forrado con nombres que tus padres no podían pagar.

Tu padre pastor. Tu padre hablando del cielo y el infierno mientras los blancos como yo volaban las iglesias.

 

Este es un gran país, señora mía. Este es un país que se mueve a la velocidad del futuro.

 

Tu voz. Tu falso acento de niña rica. Las clases de dicción, el desprecio agazapado en los ojos del instructor, el instructor blanco educado en Harvard, el instructor caído en desgracia de una familia patricia y por eso condenado a enseñarle el acento de los suyos a una negra de mierda.

 

Estudiante ejemplar. Los diplomas y las medallas. El piano. La música clásica. Las clases de piano por parte de tu madre, las lecciones de moral por parte de tu padre. Aprender sobre el bien y el mal a la sombra del púlpito. El olor de su madera. El olor de los domingos, el olor de ropa limpia y betún de zapatos y biblias viejas y sudadas. La pobreza es un olor. El poder es un color, el color de una luz en los ojos.

 

Tu culo. Tu culo moreno encerrado en los calzoncitos que compras en las tiendas de señoritas.

 

¿Hay erotismo en la formalidad con que nos tratamos? ¿Hay coqueteo en la cortesía? A veces me coges por el brazo cuando te bajas de la limosina, aunque eso es tarea del Servicio Secreto, pero a veces prefieres mi brazo, a veces los mandas a la mierda a ellos y sus feos cortes de pelo al cepillo, a veces me coges por el brazo mientras extiendes tu larga y morena pierna fuera del auto y entonces dices sin mirarme “Gracias, Tom” y todo se ilumina, pero me contengo y mi brazo por ese breve segundo se tensa, mi brazo se hace de piedra y mis dedos se curvan dentro de mis zapatos y entonces me siento invencible, todopoderoso, un hombre digno de ti y entonces quisiera ser negro y alto y musculoso, quisiera arrancarme con las uñas esta piel rosada de sureño bruto, quisiera filetearme con un cuchillo esta nuca blanca que se inflama con diez minutos de sol, quisiera arrancarme este pecho pecoso, este ombligo lleno de pelos, me gustaría ser como esos soldados a los que pasas revistas en los portaaviones, esos soldados a los que sé muy bien que miras con detalle, que miras con cuidado, esos soldados que dejas que te besen en la mejilla porque los estamos mandando a la muerte, porque son nuestras ovejas disfrazadas de corderos, y entonces qué más da que los dejes rozarte la mejilla, esa mejilla perfecta de nieta de esclavos, esa mejilla tibia de reina africana y a veces entro a la limosina o al cuarto de baño del hotel y percibo en el aire algo que no es sudor ni saliva ni perfume ni alcohol, sino que es un eco tuyo, un eco de tus jugos aflorando al tocarte a solas pensando en los soldados.

 

Y me pregunto qué te imaginas cuando piensas en ello, me pregunto qué imágenes pueden fascinarte después de todo lo que hemos visto, después de Abu Ghirab y de las fotos de Guantánamo y de las fotos de Afganistán y de las fotos de Irak y de las fotos de Somalia y de las fotos de mil lugares de nombre impronunciable, me pregunto qué te queda después de ver todas esas postales de lo que hacemos y ordenamos, me pregunto cómo tus jugos no se han secado si los míos a veces lo hacen, si mi pene se queda lacio cada vez que pienso en los prisioneros y los soldados sonriendo y los putos colmillos de los periodistas reluciendo frente a ti en la sala de prensa y este texano idiota necesitándote para que le digas al oído cada maldita palabra y orden y recomendación.

 

A veces sueño que soy uno de mis antepasados. Que estoy de vuelta en el sur y tú eres mi esclava. Estoy sentado a la mesa. Sirves la sopa. De pronto dejas caer el plato en mi regazo y yo chillo por la sopa caliente y te grito perra estúpida, puta negra, en qué chiquero aprendiste a atender una casa, quién te dijo que estabas lista para servir la mesa de un blanco, quién fue el capataz que te sacó de las cosechas para mandarte a trabajar en la casa, quién fue el inepto que se dejó seducir por tu culo rechoncho para sacarte del sol y los látigos.

 

Entonces, entonces voy perdiendo el control y todo está muy cerca de volverse una película porno de medianoche, una de esas películas que los oficiales ven en los puestos de vigilancia a escondidas en sus iPods, esas pornos donde las mujeres se desnudan y son penetradas y dicen oh, siempre dicen oh y cierran los ojos. Pero acá no cierras los ojos, acá te cruzo la cara con el cucharón y el bronce de la paleta te rompe los dientes. Te caes al suelo. No pides perdón, no pides disculpas, todo lo que necesito es que pidas disculpas, pero te callas y te quedas hecha un ovillo y eso me indigna y te azoto la cabeza contra la alfombra, te azoto hasta que me hipnotiza el tum-tum-tum-tum de tu cráneo contra la crin desteñida. Y mi pantalón se mancha y sé por qué se mancha, y te arrojo contra la mesa y te rompo la ropa. Y tú respiras más tranquila, eso, tú respiras más tranquila porque sabes que te van a violar y eso es bueno, eso es mejor que los golpes, pero yo no te penetro, te dejo ahí, tendida sobre la mesa y de pronto escuchas el trote sobre la alfombra y miras a un costado y me ves sujetando la correa del perro.

 

 

Estoy aquí. He estado a tu lado siete años. Tu asesor. Uno de tus asesores. No el de mayor grado ni mejor confianza. Pero el que siempre te acompaña. El soltero. El que no tiene vida personal ni navidades ni cumpleaños ni días de acción de gracias. El que pasó el Año Nuevo del 2005 masticando una ración de pollo frío sentado en un helicóptero sobre Bagdad mientras tú alentabas a las tropas. Yo siempre he estado aquí.

 

Nunca te he pedido nada. He sido como esos comanditos adolescentes, marchando obedientes hacia el desierto, sin preguntar ni imaginar.

“Tom es mi abejita obrera” dijiste una vez, cuando me mencionaste en el brindis de junio del 2006, durante la segunda ceremonia del Misión Cumplida. ¿Estabas sugiriendo algo entonces? Nunca he sabido realmente cómo leerte. Yo, el encargado de tabular datos y ordenar la información de mapas y mensajes, nunca he podido leer a la mujer que amo.

 

¿Es por amor que te he seguido en todo esto? Qué banal. Prefiero pensar en algo más grande. Prefiero creer tus propios discursos, cuando dices que todos y cada uno de nosotros estamos aquí por algo más grande que nuestros simples deseos.

 

¿Entonces por qué te he seguido? ¿Porque los nazis tenían razón y Arbeit macht frei, el trabajo nos hará libres? ¿Porque quería llegar a ser Kissinger, Bismarck, Churchill, McNamara?

 

No lo sé. Estoy cansado. Ya no soy tan joven. A veces lo veo en tus ojos, cuando me miras durante las reuniones del gabinete y me sorprendes parpadeando, la cabeza a punto de caer, las manos temblorosas. No soportas a los débiles. Ni siquiera aunque vistan de civil.

 

Me vas a despedir tarde o temprano. No soy tonto. Mi enorme inteligencia, ese siempre fue mi único mérito. Demasiado débil, gordo y blanco para destacar en los deportes. Demasiado cobarde para seguir a mi padre en las redadas del Klan.

 

Yo era el chico de los lentes gruesos, amor mío. El que giraba la cabeza cuando los matones acorralaban a las chicas negras como tú en los pasillos del gimnasio. El débil. La gente como tú huele a los débiles. No los aceptan. Los usan. Lo hacen en la guerra allá lejos. Lo hacen aquí, en las oficinas, en las reuniones, mientras beben agua de veinte dólares la botella en sus vasos de cristal reluciente.

 

Me vas a despedir y no quiero. No quiero ser un pie de página en tu ruta a la cima. Algunos de nuestros socios morirán en la cárcel pero tú no. Tú vas a la cima de las cimas. Sólo que no me estás llevando contigo y no quiero.

 

Prefiero que me recuerdes aunque sea por algo terrible. Que pienses en mí aunque sea mirándote una cicatriz. Aunque digas que yo arruiné tu vida.

Una vez, cuando volábamos en el Fuerza Uno y el texano estaba en tierra y todavía estaban en vigor las leyes excepcionales y nos acompañaban en pleno vuelo un escuadrón de cazas, tú me dijiste una cosa que nunca olvidé.

Me dijiste que para vivir en una república –para vivir en un país como el nuestro- había que aceptar la intromisión del Estado en nuestras vidas. Que la privacidad siempre había sido una ilusión, que los secretos no podían existir en estos tiempos, que el país nunca dejaría de estar bajo ataque, que teníamos que aprender de Europa y de Japón y de Surcorea. Que el estado de guerra era natural y que la paz era la excepción a la regla.

 

Esa noche estábamos enviando los primeros quince mil soldados a Irak y tú dijiste que ellos y sus familias y sus amigos y todo el resto de los ciudadanos de la república pronto entenderían lo más importante. Que no podrán ser libres, dijiste, tu cabeza casi en mi hombro, que no podrá haber ni paz, ni pan ni respiro sin obediencia.

 

En ese punto yo ya tenía una erección. Nunca volví a estar tan cerca de ti. Los demás asientos de la sección estaban vacíos y era de madrugada. El único ruido era la respiración del avión y el taco de tu zapato arrastrándose por la alfombra. Tenías un círculo de sudor en la blusa. Esta es la mujer más hermosa de la tierra, pensé entonces. Esta es la mujer más cruel y más inteligente y más singular y más hermosa de la tierra. Alguien tendría que excavar entre los muslos de esta mujer y sacarle un millón de hijos, porque de ahí y sólo de ahí puede salir una raza digna de estos sueños, una nueva nación de mestizos capaces de defender el país y demoler al enemigo.

Afuera llovía, recuerdo. El avión estaba descendiendo. Me miraste a los ojos y dijiste algo que no entendí. Entonces sonreíste. Debería haberte pedido que lo repitieras.

 

Pero no lo hice. Siempre huyo de los grandes momentos. No tengo madera de protagonista.

 

Por eso no puedo verte a la cara después de lo que acabo de hacer. Por eso le hablo a un grabador, como uno de esos traidores arrepentidos de las películas de espías. Por eso hablé con esos periodistas y les entregué años de información clasificada.

 

Tú no caerás. Eres demasiado grande para eso. Pero los otros sí. Y tu carrera quedará hecha añicos. Volverás a tocar el piano en tu casa y a dirigir alguna universidad, si alguna quiere recibirte después que los perros acaben contigo. Yo daré un par de entrevistas. Hablaré con Larry King en CNN. Recortaré todas tus declaraciones de los diarios. Sabré que no me olvidarás, que no me olvidarás nunca.

 

El amor es una ficción. Nunca te olvidaré, dicen los amantes y los esposos y nadie está seguro. Todo se olvida. Yo no recuerdo a la primera mujer que tuve. Sé que era universitaria. Todo se olvida. Lo que hacemos en la guerra, lo que hacemos en la paz, lo que hacemos los unos a los otros.

 

Pero tú no me olvidarás a mí. Yo me encargué de eso.

 

Acción ejecutiva (archivo en pdf)

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