Los desterrados del Santa Lucía

“Muchas religiones se acercan hoy día a nosotros con una sonrisita obsequiosa y la mano tendida, como un comerciante lisonjero en un bazar. Ofrecen consuelo, solidaridad y apoyo compitiendo en el mercado. Pero tenemos derecho a recordar la brutalidad con que se han comportado cuando eran fuertes y realizaban una oferta que la gente no tenía la posibilidad de rechazar. Y si por casualidad olvidamos cómo debió de haber sido aquello, basta con dirigir la vista a los países y sociedades en los que el clero tiene todavía poder para imponer sus condiciones”.

 

Christopher Hitchens, Dios no es Bueno, pág. 83-84.

 

 

Hasta que Domingo Santa María dictara la ley de cementerios laicos en 1883, la Iglesia Católica chilena tenía una idea muy particular de la caridad cristiana. De hecho, la siguió teniendo durante mucho tiempo después, sólo que la ley obligó a terminar con una costumbre bárbara, idiota y cruel: el entierro (o abandono) de muertos no-católicos en lugares como las laderas del cerro Santa Lucía.

 

Benjamín Vicuña Mackenna puso una placa en uno de los senderos del cerro para recordar esa época previa al sentido común.

 

La Iglesia erigió muros en sus cementerios para separar a “sus” muertos de los “profanos”. Estos hijos de Cristo, estos profetas de la bondad y el amor, no tuvieron ningún problema durante buena parte del siglo XIX en que compatriotas y extranjeros avecindados en Chile fueran tirados como basura en uno de los puntos centrales de la capital del país.

 

Entre los muertos que no merecieron una sepultura “cristiana” había judíos, masones y protestantes. ¿Qué mejor prueba podemos tener de la obsesión religiosa por considerar no-personas al resto del mundo que el negarse a compartir el suelo con ellos?

 

Hoy en día, ningún sacerdote o miembro de esa mafia despreciable que es la curia se atrevería a negarle el derecho a entierro a un ser humano. Pero todavía caminan por las calles, dan entrevistas y dictan sermones aquellos que pretendieron diferenciar entre hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio. Que pretendieron decirnos quiénes podíamos divorciarnos de nuestras parejas o qué películas podíamos ver legalmente.

 

Todavía caminan entre nosotros –libres, felices, autorizados por la sociedad a erigirse en jueces y partes- chusmas con sotana que se creen superiores a la hora de debatir sobre la sexualidad ajena o a la hora de comparecer ante un tribunal regular por delitos tan detestables como el abuso de menores.

 

Los sacerdotes que cometen abusos son protegidos por la institución. Puestos en el caso, los jefes de la Iglesia han preferido siempre ocultar al acusado antes que preocuparse de las víctimas.

 

A los que no creemos en sus rituales y musarañas nos siguen tratando como personas inferiores. Ese no es un defecto de unos cuantos sacerdotes reaccionarios, es la esencia de su fe.

Por eso la placa que instalara Vicuña Mackenna no es sólo un testimonio de horrores pasados. También es una advertencia y un llamado a estar alertas.

 

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2 respuestas a Los desterrados del Santa Lucía

  1. Sergio Valenzuela dijo:

    por qué le cuesta tanto a “algunos” entender que el mundo no es blanco o negro… está lleno de matices… y los que deberían ser ejemplos de tolerancia, son los que más se sulfuran y condenan sin mayores aprehensiones a quienes piensan distinto…

  2. Alejandro Monsalve I. dijo:

    Afortunadamente el ser humano siempre evoluciona, y con ello la ignorancia fundida con la superstición ha ido desapareciendo. Nada sacamos hoy expresar odios contra personas y acciones de otras épocas; si recordar y enseñar a las generaciones nuevas como fue el mundo aquel.

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