Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos: El invierno de nuestro descontento

(Publicado originalmente en el sitio civilcinema.cl en septiembre del 2004)

Las modas cinematográficas son algo extraño: hace cosa de un semestre teníamos las pantallas plagadas de rubias vengativas, desde Uma Thurman en Kill Bill hasta Charlize Theron en Monster, pasando por Nicole Kidman en Dogville y -no lo olvidemos- Naomi Watts en 21 Gramos.Y ahora la pérdida (artificial o natural) de la memoria está en todas partes. Partió en su versión más tonta y fofa con El Pago, de John Woo y luego siguió con Reconstrucción de un Amor, Como la Primera Vez y la mejor del lote, Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos.

El filme dirigido por Michel Gondry y escrito por Charlie Kaufman tiene varios méritos bajo el cinturón. Entre ellos, el atreverse a usar un estilo de narrativa que el cine norteamericano parecía ya haber condenado al limitado nicho del cine independiente. Es ese estilo de montaje discontinuo, paisajes invernales y cronologías alteradas que el Hollywood de los ’60 y ’70 sampleó de tipos como Godard, Bergman y Resnais, tres nombres que Eterno Resplandor… no sólo vuelve a traer a colación sino que termina conjurando como santos patronos.

La historia -como ya se ha hecho habitual en los guiones de Kaufman- es sencilla, pero está narrada en forma compleja: Joel Barish es un oficinista de aspecto desaliñado y levemente nerd, que se entera de que su ex -novia Clementine acaba de someterse a un radical tratamiento para borrarlo de su memoria. Despechado, Joel visita la empresa que ofrece el servicio y exige que le hagan lo mismo. El problema es que el procedimiento no se ejecuta con la minuciosidad y eficiencia que uno esperaría: los responsables del asunto son dos técnicos  (Mark Ruffalo y Elijah Wood), que se introducen en la casa del sujeto de noche, lo conectan a una máquina y, básicamente, se pasan varias horas ejecutando una función muy similar a la que harían dos limpiadores de alfombras.

Este detalle -que el proceso en cuestión sea tan chapucero y artesanal- es una de las numerosas agudezas que hacen delicioso al filme. En vez de detenerse en cháchara seudocientífica y supuesta tecnología de punta (como lo hace, estúpidamente, El Pago), los realizadores dejan en claro que el procedimiento es, antes que nada, una metáfora, una herramienta para conseguir otra cosa y que -como lo hizo Godard en Alphaville- la mejor manera de convencernos que estamos viendo una historia futurista es presentarla en un contexto idéntico al nuestro.

Los problemas que sorprenden a los sufridos técnicos -y que son el cuerpo de la película- comienzan cuando una falla en el equipo permite que Joel, dentro de los delirios causados por el proceso, tome conciencia de que se encuentra dentro de su cabeza y decida evitar el olvido de Clementine y esconder el recuerdo en algún lugar inaccesible de su memoria.

La odisea de Joel tiene antecedentes ilustres en el cine: desde el Scottie Fergurson de Vértigo hasta el Kris Kelvin de Solaris, la figura del hombre que pretende conservar la imagen de su mujer ideal (a costa incluso de negar al modelo que le dio origen) está conectada con una obsesión cinematográfica consustancial al medio, que -después de todo- fue inventado en un principio como un método de documentación: mantener la ilusión de vida en lo que ya se perdió para siempre.

Joel se encuentra con el recuerdo de Clementine en su cabeza (una especie de ciudad conformada por todos los lugares donde ambos estuvieron) y logra convencer a este reflejo de acompañarlo en una fuga desbocada a través de su memoria. Mientras los técnicos intentan dilucidar lo que sucede -y van borrando todo a su paso- Joel junto al recuerdo de Clementine se desplaza por los escenarios de su vida, buscando una forma de sobrevivir a la noche y despertar conservando alguna memoria de la mujer que amó.

Esta clase de historias exige una narrativa poco usual. Kaufman y Gondry han dado perfectamente en el clavo al hacer buen uso de la elipsis y la voz en off para reproducir el caos mental que sufre Joel. Evitando transiciones (como el fundido encadenado) que sugieran en base a la convención el paso del tiempo, han conseguido que la película transmita permanentemente la sensación de un collage, de un borrador, de una serie de retazos descartados que alguien ha echado a correr en el proyector: en mitad de una escena, por ejemplo, los textos de una librería o una casa completa desaparecen y en su lugar estamos en otro momento y espacio. Al igual que Joel, no siempre estamos seguros de qué estamos viendo o en qué plano sucede. Al igual que Joel, debemos perdernos en el laberinto que es su cabeza para evitar quedarnos abajo de la película.

Tras su cáscara de filme romántico 2.0 -nivel al que funciona, y muy bien- Eterno Resplandor… contiene algunos crueles apuntes sobre el viejo tema del amor y la memoria. Por ejemplo, nunca conocemos a la verdadera Clementine, salvo en la primera secuencia y en el segmento final, donde ciertos aspectos de su personalidad son directamente contradictorios con lo que Joel nos ha mostrado de ella en sus recuerdos. Como la esposa de Kelvin en Solaris o la madre de David en Inteligencia Artificial, Clementine es un ersatz, un eco del ser humano original. Lo que la hace adorable (y uno de los mejores personajes femeninos de la temporada) es también lo que le suma un aire trágico a toda la historia: ella es una versión creada por la cabeza de Joel. Una versión de la que él es capaz de enamorarse de nuevo, lo que vuelve a traer a colación el viejo cliché: lo que amamos es siempre lo que elegimos ver del otro, la mirada del observador inevitablemente altera a lo que se observa.

Un apunte al margen. Más allá de la idea de hombres que deben rescatar a mujeres sin memoria de presentes interminables, Como la Primera Vez, Reconstrucción de un Amor y Eterno Resplandor comparten una divertida presunción: que la chispa del amor, el fuego de la pasión o como-le-quieran-llamar tiene un poder capaz de abrirse paso a través de las sinapsis más colapsadas. En el primer caso, Adam Sandler descubre que su amor –una Drew Barrymore que ha perdido la memoria reciente y vive cada día como si fuera siempre el mismo 14 de abril- es capaz de recordar una melodía asociada con él aunque no puede saber de dónde la sacó. En Reconstrucción de un Amor, una bella rubia olvida de golpe al hombre con quien pasó la noche, pero ah, l’ amour, se impresiona tanto con él en un restaurante que termina pidiéndole permiso para sentarse en su mesa y todo vuelve al punto de inicio.

En Eterno Resplandor… las parejas están condenadas a reencontrarse, al menos hasta que uno de ellos conscientemente decida romper el vínculo. Esta curiosa idea (el amor como un virus atrapado en el disco duro, presto a reinstalarse cada vez que apretamos Enter) tal vez no reemplaza al viejo cliché del niñito con las flechas, pero funciona como un buen sucedáneo para tiempos tan descomprometidos como éstos: después de todo, si en mis genes está impreso que no pueda evitar enamorarme de A, tampoco será mi culpa cuando nuestra relación colapse o cuando me enamore de B y decida librarme de A.

Gracias a su periplo onírico, Joel tiene la chance de volver a repetir su encuentro con Clementine e iniciar una nueva relación. Pero un elemento externo altera esa posibilidad: la secretaria de la empresa de borrados -quien tiene su propio drama personal a lo largo de la historia- decide echar por tierra todo el trabajo de su jefe e informarle a los clientes de la empresa sobre aquellos a quienes borraron.

Esta acción (cuya consecuencia directa es que Joel y Clementine descubren que ya han tenido un romance y que éste ha terminado de muy mala manera) pone en perspectiva todo el supuesto encanto del flirteo que ambos han tenido al principio del filme -una escena que, cronológicamente, sucede después de la noche en que Clementine es borrada de la cabeza de Joel- y obliga a releer todo lo que hemos visto. Los protagonistas decidirán finalmente aferrarse a la atracción naciente aun cuando tengan la certeza de que la relación colapsará una y otra vez.

 

Pero la sensación última es similar a la que entregaba el cruel (y aparentemente sentimental)  cierre de Inteligencia Artificial: que las emociones por las que nos jugamos la vida, las relaciones y sentimientos que nos forman y hieren pueden ser, al final del día, programas tan mecánicos y formateables como los que usan los técnicos de Lacuna Inc.

Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos es uno de los filmes del año. También es la confirmación de que, bajo sus jueguitos con el cliché y la estructura narrativa, el guionista Charlie Kaufman tiene la capacidad de poblar sus guiones con personajes genuinos y no ya con simples marionetas al servicio de un concepto. Casi diez años atrás, el fallecido guionista de miniseries Dennis Potter, con cuya visión irónica y posmoderna del cliché Kaufman tiene más de una deuda, entregó en Karaoke y Cold Lazarus una premisa y un mensaje bastante similares a los del filme de Gondry.

 

En esas dos miniseries -conectadas por un mismo personaje- la cabeza congelada de un escritor era usada en el futuro para extraer de ella memorias que pudieran convertirse en material de un revolucionario reality-show. Al final, todo colapsaba y el proyecto quedaba en fojas cero: los recuerdos de un hombre, sugería Potter, eran algo demasiado sagrado para ser convertidos en carne de rating. Algo parecido transmite Eterno Resplandor… en sus últimas escenas: la idea de que lo que nos hace humanos, singulares y queribles radica finalmente en todo aquello que jamás podremos olvidar ni decir.

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2 respuestas a Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos: El invierno de nuestro descontento

  1. David C. dijo:

    Excelente enfoque le has dado al artículo.
    Saludos
    David

  2. Jesús dijo:

    Bravo, llevo leídas algunas que otras reseñas sobre este singular filme (incluso un estudio concienzudo que lo desmenuza) que pude volver a revisar ayer, pero tengo que decir que la tuya me ha gustado mucho, está muy bien escrita, tiene sentimiento y mucha humanidad. Me ha encantado.

    Saludos, Jesús.

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