La pariente a sueldo

Odio el concepto de nana. Siempre lo he odiado, pero no me di cuenta hasta hace poco. Me refiero a la empleada puertas adentro, a la mujer que gasta su vida cuidando hijos ajenos y haciendo funcionar una casa que no le pertenece.

 

En La Ceremonia, una película de Claude Chabrol, hay una escena maravillosa que explica todo. La familia acaba de comer. Se levantan de la mesa. Se mueven al living de la casa. La cámara permanece ahí, registrando la mesa llena de platos semivacíos. De pronto, la empleada de la casa, Sandrine Bonnaire, entra en el plano y comienza a recoger la mesa. Para mí, en esa pausa, en esos segundos de vacío donde un espacio habitado por otros es re-habitado por una mujer, está toda la explicación de la tragedia del filme.

 

La Ceremonia termina con la empleada y una amiga masacrando a la familia. Chabrol, medio en serio, llamaba a su filme “la última película marxista”. Un amigo con quien vi la película hace años me decía “pero esta masacre no tiene sentido. No hay explicación sicológica para que estas mujeres maten a estas personas. Nada en la película indica que estén locas”.

 

¿Tienen que estar locas?

 

La nana es una institución en Chile. Una institución sostenida en la hipocresía y la pertinaz ceguera de algunos respecto a la violencia psicológica que se ejerce regularmente sobre cientos de mujeres en Chile incluso hoy.

 

Piensen por un segundo en la nana puertas adentro. Es una mujer de escasa educación, que se consagra por años –a veces décadas- a mantener andando una casa que no es la suya, por un sueldo miserable y un trato que, en el mejor de los casos, es una parodia insultante del afecto real.

 

“Tratamos a Zutanita como si fuera parte de la familia”, dicen algunos, con una especie de orgullo que en verdad es repelente. “Como si fuera”. Exacto. El lazo emocional que se establece con la nana es una parodia de lo real. Es un lazo basado en un sueldo. Es una pariente arrendada. No importa que la hagan comer en la mesa familiar, junto con el resto del grupo (lo que me parece una forma torcida de insulto y dominación) ni que los miembros de la familia “colaboren” en sus actividades y que la “ayuden” a lavar los platos o mover sillones.

 

La nana puertas adentro sigue siendo una esclava de las formas, una de las peores y más persistentes huellas de un período que ya dejamos atrás, donde  la interacción con los patrones era un lujo, un premio a la inquilina más obediente y limpia del fundo.

 

No me malentiendan: que una mujer (o un hombre) asista regularmente a un hogar donde lave, cocine y encere dentro de un horario específico y luego vuelva a su propia casa me parece correcto. Es un trabajo, una forma de ganarse la vida para miles de personas que no han tenido la oportunidad de educarse y que ven en las labores domésticas una manera digna de mantener a sus propios hijos y a su propio hogar.

 

 

Pero cuando se le exige a una mujer –por un miserable aumento en su sueldo mensual- que viva, duerma y trabaje en una casa ajena como si fuera la propia, se cruza una barrera que ya deberíamos empezar a derribar. Ese no es su hogar. Esa no es su familia, y por cierto que esos no son sus hijos.

 

Hay personas que hablan con orgullo de sus nanas, y las señalan como las personas que les criaron y mantuvieron el calor de hogar donde papá y mamá trabajaban o estaban demasiado ausentes para prestarle atención a sus propios hijos. Me parece más triste que la mierda. No habla mal de ellos, pero habla mal de sus padres y revela una tragedia que puede ser entendible en una novela de José Donoso, pero no en una casa del siglo XXI.

 

 

Mi familia tuvo  nanas. Una se llamaba Ema, y nos cuidó a mí y a mi hermano cuando yo tenía siete años. Recuerdo que yo era un hijo de puta con ella y que la hice sufrir y que se bancaba muchas cosas porque era una adolescente del campo que necesitaba el dinero y pienso a veces que gracias a Dios nunca me la he vuelto a encontrar en la calle porque enrojecería de vergüenza.

 

Otra se llamaba Cristina y vivió con nosotros hasta que a mi madre la despidieron de su trabajo y tuvo que despedirla y nunca supimos qué fue de ella y no sé si quiero saber. Recuerdo que dormía en una piececita al fondo de la casa y que siempre estaba despierta y vestida cuando yo despertaba y que era la última en acostarse y que debe haber tenido veinte o veinticinco años. Su único gusto era ver las teleseries de la tarde, donde todo terminaba siendo justo y correcto y donde los hijos de los patrones siempre terminaban casándose con las empleadas.

 

Una empleada puertas adentro vive un simulacro de vida. Se le exige –a cambio de un sueldo- que olvide su verdadera familia para preocuparse del bienestar de otra. Que se mueva al ritmo de extraños, de personas con las cuales su único lazo real es una suma de dinero al final del mes. Personas que pueden ser amables con ella o no, que pueden ser distantes o familiares, corteses o groseros, pero que a la larga están ocupando un espacio mental que debería estar reservado para las cuitas de su propia familia.

 

Podrán decirme que nadie la obliga a tomar ese trabajo. No estoy seguro de eso, pero sí tengo claro que eso no absuelve a quienes creen que un fajo de billetes y un poco de cortesía compensan lo que una nana soporta.

 

Y no hablo del abuso y los insultos, que ya son un tema aparte. Hablo de la violencia psicológica que se ejerce por omisión, obligando a esa mujer a compartir una intimidad que no le pertenece, donde no tiene ni voz ni voto y donde su rol es siempre complementario, jamás principal.

 

¿Han visto alguna vez a una nana presenciando una discusión familiar? Dan ganas de salir corriendo. Pobre mujer. No tiene dónde ir. Está ese trabajo, esa ilusión de vida familiar y afuera está la nada,  el ruido blanco de la cesantía y el anonimato. Al menos dentro de esa casa la nana es alguien: es quien recoge los platos.

 

 

Me asquea el orgullo con que algunos presumen de la deferencia con que tratan a sus nanas. Me asquea porque es justamente eso, deferencia. “No tenemos obligación de ser corteses con esta persona, pero lo somos”. Mentira. El dinero no paga ese abismo entre patrón y empleada, de la misma forma que nuestra hipotética propina no nos da carta blanca para gritarle al garzón sólo porque está para atendernos.

 

Hace años, hace mucho tiempo, un amigo me invitó a pasar la navidad a su casa. Después de cenar, la familia reunida y los amigos que nos habíamos colado a la fiesta nos felicitamos mutuamente por nuestro espíritu navideño y nos entregamos los regalos, justo ahí en la mesa. El niño Jesús ha vuelto a nacer en este hogar, dijo alguien que estaba dando un discurso. En ese momento, escuché correr el agua de la cocina: la nana de la casa estaba empezando a lavar los platos. No tenía un lugar en la mesa y ciertamente no iba a pasar la navidad con los suyos. Me sentí hipócrita, pero al mismo tiempo confundido: ¿no éramos todos buenas personas? ¿No estábamos todos imbuidos del alegre amor de Cristo? ¿Por qué entonces me resultaba tan difícil mirar a la cara a esa mujer que después fue a retirar los platos?

 

Ahora no me siento confundido. Lo único que me queda es la vergüenza. Las nanas puertas adentro son una institución repugnante y sin razón de ser. Quienes piensan que ellas pueden asumir roles que le corresponden a los padres biológicos de esos niños deberían preguntarse seriamente si están capacitados para tener hijos y si entienden la responsabilidad que significa.

 

Al final del día, la nana es una persona extraña. Es alguien a quien no conoces, no más allá de lo que te permite conocer. Es una persona que se mantiene por años a medio camino entre su vida real y la que le permiten tener sus patrones. Es una violación al sentido común y un antecedente a favor de los izquierdistas recalcitrantes que creen que hoy, más que nunca, se necesita una revolución.

 

No hay nada peor que un patrón que te obliga a creer que no es un patrón. Es una invasión del último reducto sagrado de la dignidad personal, que es la línea que separa al cariño real del afecto pagado. Es negarle a esa mujer un derecho inalienable que todos tenemos: el derecho a pensar que no somos nuestro trabajo.

 

Ya es hora de que nos libremos de las nanas. Más urgente aún, ya es hora de que las nanas se libren de nosotros. Págale a una mujer para que te lave los platos y para que limpie tu mierda del excusado, pero ¿sabes qué? Déjala irse al final del día y no la insultes pretendiendo que ella es parte de tu familia. Ella tiene la propia y te aseguro que  ellos le caen mejor que tú.

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14 respuestas a La pariente a sueldo

  1. Ana Reiman dijo:

    Queridos Villalobos Jara tu columna de hoy me representa completamente, nunca en mi vida he entendido esa forma de esclavitud, nunca tuve nana ni ahora quiero tener, cuando mi bebé era pequeño venía una niña tres veces por semana y su amistad la conservo hasta el día de hoy ya que mi hijo la quiere y la respeta mucho. Aprendí desde niña que uno debe aprender a llevar su casa por si mismo y eso he enseñado a mis hijos y cuando contrato a alguien para que me de una mano ofrezco un trato justo por el trabajo y asi le enseño también ya que algunos no saben que lo que ellos ofrecen tiene un precio. Así pues en la relación laboral, igual como la que tu tienes con tu empleador y yo con el mío no existe parentezco sino un trato justo yo te doy mis servicios y tu me pagas asi es y debe ser. Si después somos amigos la vida lo dirá…

  2. Mauricio dijo:

    Uuufff.
    Tremenda columna.

  3. Tristemente preciosa columna sobre una realidad en la muchos prefieren no pensar…

  4. lobocinepata dijo:

    puntualmente:

    BRAVO!!!!

    excelente columna, como en la gran mayoría de las ocasiones

    salu2

  5. Vale dijo:

    Encuentro un poco exagerada tu columna. Personalmente no tengo nana puertas adentro y tampoco me gustaria tenerla… Pero comparar su trabajo como un tipo de esclavitud me parece mucho.
    Que dices entonces de las personas que trabajan en un crucero? O enfermeras que cuidan a ancianos en sus casas? El concepto es el mismo…hacer un trabajo de servicio viviendo en el mismo lugar de trabajo.
    Si la nana esta bien, esta comoda y el tema “puertas adentro” le funciona, porque criticar al que le da trabajo?

  6. Juan dijo:

    Creo q tu columna es una ofensa para las cientos de nana puertas adentro que consideran su trabajo digno y que tienen muy claro que no son parte de la familia, lo cual no impide que se creen lazos de cariño y respeto con sus empleador, no subestimes q estas valiosas mujeres.

  7. alberto dijo:

    Siceramente nose cual es el punto de esta columna, una falta de respeto a aquellas personas que VOLUNTARIAMENTE tarbajan de nana puertas adentro

  8. Notable. Gracias Daniel por esta columna.

  9. Podrias preguntarle a ellas no? es raro que tus palabras rebosantes de justicia social no sean las de las personas a las que crees que defiendes.

  10. Egg dijo:

    ¿Y qué pasa con las mujeres que no tienen dónde quedarse, que no tienen familia, que necesitan trabajar y ganar sus pesos, que pueden ahorrar en techo y comida para darse algunos gustos que probablemente no se podrían dar sin trabajo? Nadie “exige” a sus nanas que vivan ahí. Si fuiste un hijo de puta con tu nana, no le cargues esa culpa a miles de otros que no lo hacen así.

  11. anaspanisch dijo:

    Excelente, acabo de ver via internet el reportaje de Canal 13 y me parece que das en el clavo,nada de lo que el mentado reportaje muestra es nuevo, todos sabemos y hemos de alguna forma vivienciado la discriminación que tan sutilmente se muestra, donde las empleadas del colegio en su caracter aspiracional niegan hasta la entrada por la puerta , porque ante esa nana ellas también se sienten superiores, pero ante sus jefas de arito de perla vuelven a ser “inferiores” . En Alemania, donde vivo, no existen las nanas puertas adentro, a lo más se paga a una persona para que limpie la casa por horas (y se le paga bastante bien) o auna baysitter para que cuide a los niños por hora (y también se le paga bien) . Creo de todas formas que el problema pasa por el respeto mutuo, por valorar al otro( porque…qué sería de esas mamás ABC1 sin la nana que les cría los niños, para que ella vaya asu trabajo, o de shopping o al gimnasio o no haga nada….)Saludos y gracias por un articulo tan honesto

  12. Felipe Rodriguez R dijo:

    Exelente,con todas sus letras,me he sentido asi muchas veces,y ahora caché que no estaban tan equivocados mis padres,desgarradora columna pero muy cierta,felicitaciones.
    FRR

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