Música Campesina, de Alberto Fuguet

El tercer largo de Alberto Fuguet se ambienta en Nashville, la misma ciudad donde transcurriera el filme homónimo de Robert Altman en 1975. De hecho, esa película es mencionada en una escena de Música Campesina donde se discute justamente el esfuerzo del protagonista por conectar con la cultura local.

Pero Música Campesina existe en las antípodas del filme de 1975. Es una película sobre un chileno llamado Alejandro Tazo, que llega a la ciudad del country rebotando sin tener dinero, manejo del idioma ni planes a largo plazo.

Su entrada al Sueño Americano es por la puerta de servicio. Limpia habitaciones, repara cañerías, carga maceteros. Durante buena parte del metraje, sufre lo que Raúl Ruiz definió como la variante más extrema del inmigrante: el exilio del lenguaje.

A este solitario triste (pero jamás vencido), Fuguet lo sigue cámara en mano, de cerca, dejando que se integre a la ciudad antes de atisbar en los motivos de su pasmo. Música Campesina crece en sus efectos a partir del registro de la conducta y el movimiento. Hay pocos diálogos y la mayoría son funcionales, como las entrevistas de trabajo o insípidos, como las discusiones que Tazo tiene con sus compañeros de casa.

Tal vez por eso la película en su conjunto es un logro mucho mayor que los dos filmes anteriores de Fuguet. No se asoma acá la verborrea tiesa o autoconsciente que aparecía en los peores momentos de Se Arrienda o Velódromo y es decidor que el único momento falso sea un largo diálogo en español con una argentina.

La única conexión importante entre las tres películas que Fuguet ha estrenado hasta ahora es el lazo que sus protagonistas establecen con las ciudades donde viven. Pero en Se Arrienda ese tema era mencionado por sus personajes, mientras que en este último trabajo fluye orgánicamente de una escena a otra. Eso hace que Música Campesina sea, hasta ahora, la película más grata y adulta de las tres.

La alusión a Altman es engañadora. El verdadero referente a mencionar aquí es Espantapájaros, la olvidada película de Jerry Schatzberg de 1973 donde Pacino y Hackman se perdían entre carreteras, cafés y moteles de mala muerte. Entre ese título de trasnoche y esta cinta de bajo presupuesto y moral bilingüe hay una corriente de aire fresco y buenos momentos que tiene mucho que ver con elegir rutas propias y actuar en vez de hablar.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 27 de octubre 2011)

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