Amanecer, Parte Uno

Todo esto es culpa tuya”, le dice Edward Cullen a Bella Swan en uno de los momentos climáticos de este penúltimo episodio de la saga Crepúsculo. ¿Cuál fue el pecado de Bella? Esperar de su esposo lo que cualquier mujer casada esperaría en una noche de bodas.

Desde Luna Nueva, ya está claro que la saga adaptada de los libros de Stephenie Meyer es una gran metáfora sobre el abuso masculino. Bella se debate entre dos machos alfa: uno le tortura con exquisita manipulación emocional, el otro es una fuerza de la naturaleza bajo cuyos gestos late la amenaza cierta del daño físico.

En un nivel, la saga Crepúsculo trata sobre la relación que una muchacha pueblerina de tiernos dieciocho años establece con un vampiro centenario que tiene la apariencia de un instructor de fitness que jamás tomó sol.

En otro nivel –visible para cualquier espectador con dos dedos de frente- esta es la historia de una chica ingenua pero resuelta, enfrentada a la atracción que siente por un vejestorio (Edward Cullen, 109 años y contando) que se comporta como el peor jovenzuelo de la historia.

Como ya saben los seguidores de la saga, este es el episodio donde ambos se casan y Bella emerge de su luna de miel con un problema inesperado que amenaza consumirla a ella y atraer el caos sobre la familia vampírica de los Cullen.

Pero todo en esta película suena hueco, calculado y desprovisto de pasión. Lo que es una gran ironía, considerando que el director filmara el 2004 la biografía de Alfred Kinsey, uno de los pioneros en la investigación de las conductas sexuales.

Amanecer Parte Uno puede estar ambientada en un entorno con iPods e internet, pero sus valores vienen de un mundo previo a Kinsey. Un mundo donde las mujeres se casan con su primer amor, agachan la cabeza y aceptan el hecho de que el sexo es necesario pero ingrato.

Casual o no, Condon filma a Kristen Stewart, una de las actrices más bellas de su generación, como si la odiara. Lo mismo a Robert Pattinson y Taylor Lautner. Estos tres héroes de la juventud actual aparecen como figuras de cera, ecos de la humanidad que la saga les ha negado pertinazmente.

No son personas, ni siquiera personajes. Son símbolos: La Virgen, el Caballero, el Montaraz. A la larga, hay un solo mensaje en la saga, explícitamente desplegado en este episodio: el contacto sexual es fuente de tragedia y dolor. Es despreciable, menor, indigno. Acarrea problemas y perturba un equilibrio mucho más profundo e importante que la tregua entre vampiros y hombres lobo.

En su pretensión, su frialdad y su ausencia de emoción real, esta película tal vez podría cautivar a devotos de la saga original. A mí me parece letra muerta y cine de baja estofa. Además –tal vez irónicamente- todas las tribulaciones de Bella luego de su famosa luna de miel resultan ser un espléndido panfleto a favor del uso del condón.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 17 de noviembre 2011)

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