El Mocito, de Marcela Said y Jean de Certeau

El hombre se mueve por la habitación en penumbras. Describe cómo presenció vejaciones sin nombre. Termina sus frases con “¿nocierto?” “Los ponían aquí, ¿nocierto?”. La muletilla adquiere un sentido terrible en su relato. No sólo parece preguntar a cada momento si creemos su historia. También parece dar cuenta de su propia incredulidad frente a los recuerdos que está evocando.

El Mocito es la historia de Jorgelino Vergara, un hombre que a los quince años llegó del campo a Santiago y terminó trabajando como mozo para Manuel Contreras. De ahí se volvió el junior de centros de detención, el encargado de llevarle café y comida a los funcionarios de la DINA mientras torturaban a sus compatriotas.

Años después, Jorgelino vive solo en medio del campo. Decir que tiene una subsistencia humilde es un eufemismo para no decir que es pobre, escalofriantemente pobre, que está solo y que algo en su rutina, en su manera de hablar y su actitud delata a un hombre que ha decidido borrarse del mundo.

Jorgelino es llamado a declarar en casos de derechos humanos. Le vemos (en un diálogo terrible y fascinante) hablar con el abogado Nelson Caucoto sobre lo que vio, lo que hizo y su sensación de ser una víctima más de la dictadura.

¿Es este hombre una víctima o un cómplice que no entiende el rol que cumplió en la muerte y desaparición de otros? En 1974, Louis Malle se hizo una pregunta parecida en su filme Lacombe Lucien, la historia de un campesino francés que colabora con los nazis por pura ignorancia y deseos de figurar.

Jorgelino puede estar fingiendo un arrepentimiento que no siente. O puede ser un caso de manual de lo que la maquinaria represiva hace con los que caen en su órbita. Los directores de El Mocito –uno de los documentales más inteligentes, sensibles y perturbadores que haya visto- apuestan por el registro antes que el alegato y el resultado es sobrecogedor.

Jorgelino quiere que alguien lo escuche, duerme intranquilo, teme y no sabe a quién, desvaría cuando se emborracha, es perseguido por sus recuerdos y sus motivos son opacos incluso cuando hace una buena acción. Jorgelino es un perfecto ejemplo del chileno medio.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 24 de noviembre de 2011)

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