Nunca, de Patricio Urzúa

El jueves 24 presentamos con Blanca Lewin la primera novela de Patricio Urzúa. Esto fue lo que escribí para la ocasión.

En una de las escenas de La Caverna de los Sueños Olvidados, el documental de Werner Herzog sobre la cueva de Chauvet al sur de Francia, se menciona la historia de un dibujo en particular. Pintado por un artista desconocido hace miles de años en una de las paredes, los análisis han permitido determinar algo asombroso: esta figura de un reno fue pintada en un momento específico de la caverna. Luego, cinco mil años más tarde, alguien la completó corrigiendo una de las patas del animal.

El dato es asombroso porque, como dice Herzog, somos nosotros los que estamos atrapados en el tiempo. Los autores de la pintura son libres de la cronología, hermanados por un dibujo común hecho mucho antes de que existiera la noción de autoría individual.

Nunca es una historia sobre las filigranas del arte y, al mismo tiempo, sobre la fugacidad de quienes lo inventan o lo aprecian. Y su lectura me trajo a la memoria la caverna de Chauvet no sólo por esas dos ideas, sino porque Nunca es la historia de un mundo cayendo en la barbarie y en lo esencial. Es una historia sobre el fin de ese mundo y sus miserias, un libro que toma a Santiago, la ciudad supuestamente más civilizada y moderna de Chile, y la convierte en un territorio salvaje, desolado, casi al borde de la nada.

Esta es la peripecia de un crítico de arte, alguien que ha elegido comentar  creaciones ajenas antes que embarcarse él mismo en un acto similar. De hecho, lo más parecido a un acto de creación que tiene el personaje es casi una casualidad, como es la noche de sexo donde termina concibiendo una hija. A este crítico, espectador de la realidad, le toca reseñar un hecho imposible y único, tal vez el mayor acto de creación desde que Dios dijo que se hiciera la luz, y ese acto es la creación de la nada, el fin del mundo.

Con una economía de medios y una precisión que sólo pueden agradecerse en estos tiempos, Patricio Urzúa relata el apocalipsis como si estuviera transcribiendo las notas de una libreta encontrada en la basura. Y lo que podría haber sido bombástico, excesivo o melodramático, aparece ante nuestros ojos como un evento cotidiano. La cotidianeidad del infierno.

Esta es una novela cuya enorme, desbocada ambición, está oculta detrás de la mirada mínima de un individuo en la capital de un país del tercer mundo. El final de todas las cosas visto a ras de piso, el apocalipsis registrado desde pequeños detalles, como una bolsa de té reusada o el cuerpo de un bebé que es ofrecido como el máximo manjar.

La elegancia es un concepto a mal traer en estos tiempos. La elegancia, me parece a mí, es la capacidad de expresar mucho con poco, de emitir un mensaje de manera sencilla pero sugestiva. Nunca es una novela elegante. Donde otros se habrían despeñado por los amplios acantilados del melodrama o el exceso, Patricio Urzúa apuesta por la contención. Vivimos tiempos extraños, donde la estridencia o lo que se entiende en un parpadeo son características que acaparan todas las tribunas. La novela que estamos presentando hoy existe en otro lugar.

Existe en un lugar donde las estrellas no brillan, donde las breves reseñas de obras visuales que nadie verá ayudan a un hombre a mantener la cordura y existe en un lugar donde el fin del mundo no merece el descontrol del terror ciego, sino la fascinación del registro. Hay una ironía oblicua, pero muy real en algunos de los momentos culminantes del libro: la descripción del fin bien puede ser la descripción de un inicio.

En la cueva de Stadel en Alemania, se encontró en 1939 la imagen de una criatura fantástica, una de las más antiguas que se conozcan, llamada popularmente El Hombre León. Es un cuerpo humano con la cabeza de un animal. Algunos piensan que la figura es el rastro de una primitiva forma de religión. Pero también –como dice el científico Lawrence Krauss- puede tratarse del primer borrador que se haya encontrado de una hipótesis científica. Si vivo en un lugar donde hay hombres y animales, puede haber pensado el autor del dibujo, tal vez hay otro lugar donde viva una criatura que contenga a ambas especies.

Lo que pudo ser un derroche temprano de creatividad artística también pudo ser una genuina teoría sobre las fronteras del mundo que se habita. El arte y la ciencia, ya se sabe, se dieron y se siguen dando la mano tanto en sus preguntas como en sus respuestas. La novela de Patricio Urzúa, desde esa perspectiva, tiene entre sus méritos contar una historia sobre una situación por completo fantástica y que, sin embargo, sabemos que algún día será perfectamente real: en un futuro lejano, todo lo que conocemos terminará por desaparecer.

Desde esa certeza, Nunca construye una peripecia que es severa como un parte policial y que tiene la autoridad de un testimonio en primera persona. Urzúa quizás no haya visto el apocalipsis, pero ha inventado un personaje capaz de evocarlo en nuestras cabezas con aterradora claridad. Eso lo pone a la par, en mi opinión, con un ilustre colega suyo llamado Juan de Patmos. El mentado Juan escribió hace casi dos mil años una versión del apocalipsis que se puede encontrar en una famosa antología de mitos y leyendas. La versión con la que Patricio Urzúa ha decidido debutar como narrador puede tener menos prestigio, pero a mi parecer está mucho mejor escrita.

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