Che, el Argentino

En este filme, el primero de un díptico de casi cuatro horas de duración, Steven Soderbergh enfrenta una de las más viejas preguntas del cine: ¿cómo filmar un mito? En este caso, el mito es la figura de Ernesto Guevara, el argentino que peleó en la Revolución Cubana y que murió en Bolivia, intentando repetir en ese país el triunfo de los campesinos.

Soderbergh, con sabiduría profesional, esquiva el exceso, la grandilocuencia y la mistificación legendaria. Este es un drama sobrio y distanciado en el sentido más literal: aparte de un bellísimo plano inicial en blanco y negro, donde vemos al Che (Benicio del Toro) chupar un habano en una de sus imágenes más recordadas, la mayor parte de la cinta está filmada en planos generales, privilegiando el paisaje sobre las personas y al grupo sobre los individuos.

Esta no es una alabanza ni un trabajo de demolición. Es el mapa de un viaje moral, donde vemos al Che en dos instancias: la primera es la campaña de guerrillas que se inicia en 1952 en la costa de Cuba y termina en 1959, con la toma del pueblo de Santa Clara, en una operación militar que Soderbergh recrea con un brío casi desconocido en su filmografía.

La segunda parte narra el viaje de Guevara a Nueva York, en 1964, donde ofreció un histórico discurso en las Naciones Unidas. Estos dos aspectos del proyecto revolucionario (la acción armada y la ideología que le sustenta) son narrados con la precisión de un gran documental.

En ese sentido, esta es una historia de procedimiento. La atención está centrada en las pequeñas y grandes tareas: cómo se entrenan campesinos analfabetos, cómo se gana la confianza de la gente, cómo se ataca un cuartel militar, cómo se evitan los compromisos políticos en plena Guerra Fría.

Este puede no ser el mejor filme de Soderbergh, pero es su trabajo más noble. No tiene los juegos narrativos de Un romance peligroso o la emoción de El rey de la colina, pero es un esfuerzo similar en ambición (aunque no en resultados) al que hiciera Pasolini en El Evangelio según San Mateo.

Ejecutando una labor más arqueológica que mistificadora, el director expone hechos y datos. Así eran estos hombres. Estas eran las cosas en las que creían, estas eran sus acciones. Así reaccionaban a la injusticia, al miedo y a la victoria. Y ahora ese mundo está muerto.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 29 de enero 2009)

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