Blanca Nieves y el Cazador

Este acercamiento al clásico relato infantil contado en estilo Juego de Tronos es el primer largometraje del británico Rupert Sanders. Responsable de cortos y comerciales (incluyendo uno muy alabado para Halo 3), el director despliega en Blanca Nieves y el Cazador una deslumbrante panoplia de trucos, composiciones y usos del color.  En el contexto de los  filmes actuales de fantasía y aventura, hay que decir que la inventiva visual de este filme está a años luz de La Chica de la Capa Roja, la saga Crepúsculo e incluso la mayoría de los episodios de Harry Potter.

La historia, como ya se sabe, gira en torno a una reina malvada (Charlize Theron) que conserva su juventud y belleza gracias a la magia, y que obliga a un aguerrido cazador a perseguir a la única mujer del lugar que la supera en belleza: Blanca Nieves, la hija del legítimo rey de la comarca.

Mientras la historia se concentra en la reina bruja, la película mantiene el interés. La Theron –como ya vimos en Monster el 2004- tiene mucho más que ofrecer que simple atractivo físico y es un placer verla a la altura de la villanía que uno espera del personaje.

Sin embargo, las reglas de este desgraciado formato que está de moda, la fábula seudoépica para púberes, exige que el foco esté en los personajes sub-30, los jovencitos de dentadura perfecta, los muchachitos sin arrugas, pero además sin carisma. Chris Hemsworth y Kristin Stewart no son malos actores, pero desde Hayden Christensen en El Ataque de los Clones que no se veían actuaciones tan ineptas, apagadas y olvidables como las de esta pareja protagónica.

Ellos dos hacen algo más que sólo aburrir. Hunden el barco, hacen insufrible todo el segmento final, toman diálogos que ya eran pomposos en el papel y los vuelven inverosímiles.  Lo que recuerda Blanca Nieves y el Cazador es hasta qué punto las películas –incluso aquellas que, como esta, parecen estar apoyadas en la peripecia más que en los personajes- dependen trágicamente del talento de sus actores.  Sanders, que se da el trabajo de elaborar una serie de hermosas citas visuales (desde Klimt hasta Miyazaki) erró el punto con sus protagonistas.  Aún así, Blancanieves y el Cazador no es un desperdicio, sino más bien una gran noticia. Es la revelación en cine de un director inglés que viene de la publicidad y que en su primer filme ya manifiesta amor por la imagen y genuino interés por las posibilidades de la pantalla grande. Tal fue el caso hace 35 años de un compatriota suyo llamado Ridley Scott.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 21 junio 2012)

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