El Caballero de la Noche Asciende

Han pasado ocho años desde los eventos del filme anterior. Bruce Wayne no ha vuelto a usar el traje de murciélago en todo ese tiempo. Sin embargo, su jubilación se ve interrumpida por el complot de Bane, un mercenario que está reuniendo un ejército en las alcantarillas.

La escalada terrorista del último segmento de El Caballero de la Noche (2008) luce pequeña comparada con el ataque global que Bane lanza aquí contra los poderes locales y que pone a la ciudad en manos de pistoleros y tribunales de linchamiento.

Se pueden trazar algunas conexiones entre las arengas de Bane (plagado de alusiones a que la gente “recupere lo suyo”)  con movimientos ciudadanos que vienen desde los Panteras Negras hasta la reciente ocupación de Wall Street. Pero –he ahí el truco- los lemas de Bane sólo son la fachada de un plan de exterminio. El supuesto amigo de los pobres y oprimidos en el fondo no es más que un terrorista.

Lo que la película sugiere en ese sentido es una lectura muy en sintonía con las ideas de la derecha más rancia: cualquier líder que aparezca hablando de revolución y justicia sólo puede ser títere de un poder externo. A la eficaz metáfora sobre la era post- Torres Gemelas de El Caballero de la Noche la ha sucedido una secuela donde sólo un millonario puede salvar al hombre común de las manos del guerrillero.

Por cierto, un discurso conservador o retrógrado no es en sí mismo un defecto cinematográfico. Desde La Diligencia hasta Million Dollar Baby, pasando por El Padrino y Los Cazadores del Arca Perdida, Hollywood ha producido gran cine a partir de ideas repelentes.

El problema es que El Caballero de la Noche Asciende cuenta su historia con dificultad y a machetazos. Se intuyen la falta de escenas y el recorte bruto de varias secciones, lo que conforma una extraña paradoja: he aquí un filme que luce incompleto e interminable a la vez.

Es el equivalente dentro del cine de género a lo que fuera El Arbol de la Vida.  Como la cinta de Malick, fascina y repele en partes iguales. Y, al igual que en esa película-evento, la pomposidad de algunos diálogos sólo es superada por un desenlace que apila escenas en vez de engarzarlas.  Hollywood saliéndose de control en manos de un director con absoluta libertad creativa (como sucediera en 1941 y en Las Puertas del Cielo) siempre es un espectáculo perversamente cautivador.  Aún así, comparada con el episodio anterior de la trilogía, esta película ya estaría compitiendo por el puesto de la decepción del año.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 26 de julio de 2012)

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