Memorias de la dictadura del otro lado

25 de junio de 1978

Por José Pablo Feinmann

Argentina acaba de ganar el Mundial de Fútbol y todo el mundo sale a la calle a festejar. Estoy viendo la tele con mis hijas. Vemos caravanas de autos luminosos que hacen sonar sus bocinas. Es la algarabía, el desborde de la patria victoriosa. Mis hijas son pequeñas, tienen cinco y siete años. Les gusta el espectáculo. Tanto, que le piden a papá que saque el coche y se sume a la caravana de la alegría, del júbilo triunfal. Papá les dice que no, que es tarde, hasta les dice que el auto está sin batería, algo así. Pero las nenas insisten. Queremos ir, están todos, mirá cuánta gente, dale, una vueltita. Papá acepta. No es un papá alegre. Hace ya dos años que vive no sólo entristecido, sino con miedo. Y ahora tiene más miedo.

Ahora, con este Mundial que la junta acaba de ganar, papá sabe que la mano se pondrá más dura, ya que para la junta ganar poder, consolidarse, sólo significa una cosa: tener más espacio para seguir matando. A papá le resulta increíble que sus conciudadanos no lo adviertan. ¿Tan seguros se sienten? ¿Tan ajenos a los círculos siempre expansivos de la represión? ¿Qué festejan? ¿No ven que festejan un triunfo que es de la junta y sólo de la junta, que habrá de capitalizarlo para cubrir sus crímenes y para cometer otros? Papá saca el coche y se suma a la caravana alegre y triunfal. Todos gritan “Argentina, Argentina”. Llevan banderas y tocan sus bocinas. El bochinche es arrasador. Las dos nenas le preguntan a papá por qué no toca la bocina. Papá les dice que no, que no va a tocar la bocina, que las sacó a ver el espectáculo, que no quiere que mañana en el colegio se sientan como marcianas, que cuenten que estuvieron, que festejaron y todo eso. Pero (insiste papá) él no va a tocar la bocina. Las nenas no entienden por qué. Pero lo entienden años después.

Porque las nenas se vuelven mujeres y saben todo lo que hay que saber, y activan en derechos humanos, y van a las marchas de las Madres y un día cualquiera, comiendo en algún lugar, lo miran a papá y dicen que ahora sí entienden, que entienden eso, que entienden por qué, viejo, no tocaste la bocina esa noche, aunque nosotras te lo pedíamos vos no lo hiciste, y lo miran a papá y papá, que es un boludo sentimental, siente que, entre otras cosas, les deja eso a sus hijas, un gesto, ni grande ni chico, ni heroico ni efímero, les deja algo que los tres, papá y las dos mujeres en que las nenas se han convertido, saben y comparten. Saben que papá, esa noche, no tocó la bocina, no adhirió a la fiesta de los asesinos.

(Fragment0 de nota original sobre aniversario de los 25 años del golpe militar en Argentina, publicada en Página 12)

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