Agentes Secretos (Haywire)

Steven Soderbergh ha dirigido 25 largometrajes desde 1989. Entre ellos hay cine de autor (El Rey de la Colina), franquicias comerciales (La Gran Estafa) y rarezas inclasificables (Bubble). Tiene al menos una obra maestra en su carrera, como es el dueto de películas sobre el Che Guevara.

Por eso las contradicciones de Agentes Secretos no deberían sorprender. He aquí un filme de género (narrativo, sexual) producido y facturado con la velocidad de un disco de rock indie.  He aquí, además, un producto tradicionalmente protagonizado por hombres, pero que esta vez ha sido en específico diseñado para una mujer, la campeona de artes marciales mixtas Gina Carano.

Lo que también encierra otra contradicción: Carano no es actriz profesional, lo que se nota en sus escenas de diálogo. Pero sí es una luchadora experta, lo que se nota en las secuencias de pelea. Y lo que hace Soderbergh en Agentes Secretos es plantear algo que parece una intriga, pero que sólo es un conjunto de escenarios propicios para que admiremos lo que la heroína puede hacer con su cuerpo.

La idea no es nueva y tiene lazos directos con los mecanismos de satisfacción inmediata que se manejan en el universo del porno, algo que Soderbergh tiene muy claro: una bestial e inolvidable golpiza entre Carano y Michael Fassbender termina con una de las muertes más eróticas en el cine contemporáneo.

Decir que este filme es liviano e intrascendente no es disminuir sus méritos, sino dar cuenta de lo que está en pantalla. Es cine de consumo. Como lo fueran los filmes de Bond protagonizados por Sean Connery, la Cortina Rasgada de Hitchcock o el A Quemarropa de John Boorman.

Soderbergh remeda el ghetto de profesionales de la muerte planteado por Mamet en Spartan (2004), un mundo de instrucciones, frases técnicas y silencios a veces rotos por un golpe o un disparo.  Pero también, cosa curiosa, filma esta historia de expertos que tras lograr su meta desaparecen sin pedir crédito como si estuviera hablando de su propia carrera: el director que ha llegado a ser autor a pesar de sí mismo, el tipo que se mueve bajo el radar de la industria fingiendo ser nada más que un artesano, cuando en verdad está produciendo algunas de las películas más disfrutables de estos tiempos.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 20 de septiembre de 2012)

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