Locos por los votos

Mostrar el lado sucio de la política mediante la trastienda eleccionaria es todo un género en Hollywood. Fluye desde clásicos tan venerables como Caballero sin Espada (1939) hasta la reciente Secretos de Estado, pasando por hitos como Nashville (1975) y El Precio del Poder (1986) de Sidney Lumet.

Viene al caso citar tales antecedentes, porque de los años ’40 hasta nuestros días hay una interesante progresión en la idea de que la política partidaria es esencialmente corrupta. En la primera época del género, un hombre decente era capaz de doblar la mano al poder o al menos exponerlo a ojos de la ciudadanía. Con el tiempo, de la revolución en las urnas se pasó al triunfo moral y ahora llegamos a Locos por los votos.

Esta comedia de Jay Roach –quien acaba de hacer un acercamiento dramático al género en el telefilme Game Change, sobre la campaña de Sarah Palin- está ambientada en un Estados Unidos sin redención alguna. Hastiados del congresista republicano que ha sido su mascota por años (Ferrell), un par de empresarios pone a competir en la reelección a un novato con cero experiencia pero mucho empeño (Galifianakis), quien gana simpatías hasta ser una verdadera amenaza para su experto rival.

Buena parte de la diversión radica en la escalada de errores de juicio y conducta en la que caen los candidatos y cómo estos descalabros son cubiertos por los medios con la misma liviandad con que reportearían la final de un reality. Mención aparte merece el trabajo de Ferrell y Galifianakis, comediantes expertos a la hora de darle dignidad y aplomo a personajes que son auténticos emblemas de la idiotez. Gracias a ellos, la película se mantiene a flote incluso cuando su veneno se agota y toma el atajo fácil hacia un final que parece desempolvado de tiempos más inocentes.

El humorista George Carlin decía que la diferencia entre votar y masturbarse es que en el segundo caso al menos tienes un resultado en la mano. En este año eleccionario donde muchos vociferan que no seamos tontos y votemos, la película de Roach propone lo dolorosamente obvio: a estas alturas de la vida, los tontos son los que votan.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 11 de octubre 2012)

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