El Sur (fragmento)

El Sur es un libro de crónicas que acabo de publicar en la editorial Libros Qué Leo. Algunos de sus capítulos aparecieron en este blog en versiones que ahora están despublicadas porque considero que las del libro deberían ser las definitivas.

El Sur está a la venta en las sucursales de la cadena Qué Leo y se viene pronto el lanzamiento. Lo que viene acá abajo es un fragmento de El sur y la religión, que es un capítulo que escribí específicamente para el libro. Que estén bien.

“Nos arrodillamos en el suelo de la cocina y abrimos la Biblia. Yo tenía diez años y creía que todo era voluntad del Señor.

El pastor oró desde su casa y oramos con él. Sentado junto a mis tíos, cerré los ojos e imaginé a Dios mirándonos desde una altura vertiginosa, flotando en el espacio, viéndonos a través del techo de la casa envuelto en su túnica blanca.

La batalla contra Satanás duró toda la noche. En algún momento me dormí y alguien me metió en la cama. Recuerdo que preparaban mate alrededor de la salamandra a leña y que los gatos miraban con desdén a los humanos susurrando al aire.

Los hermanos de la iglesia oraron junto a su pastor a lo largo de todos los barrios, toda la noche, sin faltar uno. Creer que así sucedió es una de las bases de la religión. En las iglesias de madera con techos de zinc y en las iglesias más pequeñas, con tablas sin elaborar y vigas al aire, en las casitas pareadas de las poblaciones inventadas por Pinochet, con las manos sobre las biblias negras y los testamentos azules, bajo las ilustraciones de un Jesús de mirada perdida sosteniendo el mundo, convencidos de un Poder capaz de sacudir la tierra en su eje, mal vestidos, pobres, desnutridos, ansiosos de un paraíso que estaba a un infarto o una neumonía de distancia, repitiendo un padrenuestro inventado antes de que este continente existiera en los mapas, los hermanos de la iglesia oraron pidiendo fuerzas contra el enemigo.

Oraron a través de la ciudad, viejos, enfermos, derrotados. Oraron sobre las iglesias católicas donde los hombres con sotana se arrodillaban frente a estatuas y cirios. Oraron sobre los campos donde los mapuches seguían tocando el cultrún antes de beber sus remedios antiguos. Como un solo cuerpo, pidieron por el alma de una mujer que no conocían, perdida en un delirio dentro de una casa que muchos de ellos nunca verían. Enfundados en sus ropas de pésimo corte, en sus chombas tejidas a mano, en sus poleras que decían Cónclave 1982, calentando el cuerpo a la lumbre de braseros, anafes y salamandras, los soldados de la cruz juntaron sus palmas y le pidieron al Dios del Antiguo Testamento y al Jesús de los Evangelios que le plantaran cara al Enemigo y lo expulsaran del cuerpo de la hermana. Todos esos Abrahanes, Pedros, Mateos y Juanes unieron fuerzas con las Esteres, Marías, Asunciones y Magdalenas y le rogaron al Señor de los ejércitos que cumpliera el pacto que había firmado con su gente. Y esa noche, tal vez por solo esa noche, sentí que era parte de un pueblo. Que había una nación, que su territorio era el sur y su ley la Biblia. Que mi nombre de pila era testimonio de un acuerdo y un homenaje y que esos libros negros y azules tenían un poder capaz de cruzar el aire y clavarse en la espalda del Maligno.

En la madrugada, desperté y salí al pasillo. Mi tía cabeceaba cerca de la estufa. Los gatos dormían al pie de la leña. Había una Biblia en el suelo, la recogí y la puse sobre la mesa.

Vaya a acostarse, me dijeron, vaya.

¿Y la hermana?, pregunté.

Vaya a acostarse.

Me fui. Me eché en la cama y a un costado había una Biblia de los viejos tiempos, deshilachada y sucia, y del otro lado había un póster forrado en plástico de Jesús cubierto con un manto rojo sosteniendo el mundo en sus manos.

Al amanecer, el demonio había sido derrotado”.

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