Titanes del Pacífico

Existe entre algunos críticos la idea de que las superproducciones son basura que se consume exclusivamente gracias al marketing. Hay que hacer una corrección a ese prejuicio: las malas superproducciones son basura, por cierto. Pero cuando una película con los recursos y presupuesto de Titanes del Pacífico resulta ser una obra maestra y la expresión personal de un grupo de artistas orientados a un fin común, lo que ocurre se parece no sólo a una fiesta sino también a un acto de justicia.

El cine de gran espectáculo tiene su primer gran hito de la temporada con esta, la nueva película del director de El Laberinto del Fauno y Hellboy, quien aquí se cuelga de una honrosa tradición (robots gigantes contra monstruos interdimensionales) para entregar una película que tiene la belleza desnuda de un relato homérico. Decir que es una versión con actores reales de un animé le hace un flaco favor, porque en el fondo estamos asumiendo que Titanes del Pacífico es una producción de nicho.

Al revés: cualquier espectador en busca de una experiencia sensorial y visual fuera de lo común podrá encontrar acá una de las películas comerciales más hermosas y cuidadas de los últimos años. Al mismo tiempo, Del Toro apela –a mucha honra- a las claves de una tradición que ha calado muy hondo en varias generaciones de cinéfilos.

Si creciste viendo volar los puños de Mazinger Z, esta es tu película. Si Robotech fue la primera teleserie que seguiste en tu vida, si recuerdas la espada de Voltus 5, si gritaste “patada voladora”, si el único Godzilla que te importa es el que luchó contra King Kong, si distinguías a Ultraman de Ultraseven, esta es tu película.

Echando mano de una frase cliché, hay que decir que Guillermo Del Toro ha pagado una deuda. Muy similar a la que pagó Peter Jackson el 2001, cuando puso en pantalla grande –por fin- a los personajes de Tolkien con actores de carne y hueso. En una temporada donde kryptonianos, zombies y hombres de hierro han entregado comida recalentada y a medio terminar, este es el festín completo. A veces la industria deja que los freaks se salgan con la suya y corran libres por el prado: en esos momentos, más que sentarse a añorar El Padrino o Annie Hall, hay que pararse y aplaudir.

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