Alejandro Fernández Almendras: Personas y lugares

 

(En el 2011, Ascanio Cavallo y Gonzalo Maza invitaron a varios críticos a participar en un libro llamado El Novísimo Cine Chileno. Este fue el texto mío que apareció en la selección)

 

 

 

 

 

 

“Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida”.

Génesis 3: 17

 

 

 

En los primeros minutos de Sentados Frente al Fuego, vemos un wáter abandonado, una cancha de tierra, una construcción semivacía. Tienen la misma importancia para la cámara que la figura de Daniel Muñoz, el actor que encarna al protagonista y que –a su vez- trae al rol la carga simbólica de su paso por teleseries y filmes tan alejados de este universo como El Chacotero Sentimental (1999) y El Fotógrafo (2003).

Tiene sentido que Muñoz destaque de forma singular entre los demás actores (o figurantes) de Sentados Frente al Fuego, porque su personaje viene de otro lado. Es un hombre que parece haber elegido la vida en el campo como una especie de exilio personal. Se mueve entre los habitantes de ese campo de una manera distinta, conecta con ellos con distancia, busca en los ritmos y atmósferas de ese estilo de vida una conexión que no termina de suceder.

El personaje de Muñoz está en las antípodas de la familia de Huacho (2010), el primer largometraje del director. En esa historia contada en cuatro segmentos, cada uno dedicado a un miembro de la familia, las personas lucen completamente integradas a sus rutinas y entornos. Incluso aunque tres de ellos –la madre, el hijo y la abuela- usen uniformes en sus jornadas regulares. Todos tienen una pertenencia al lugar en que se mueven, sea la cocina de un restaurante seudo-criollo, un colegio municipal o el borde de una carretera.

Pertenencia terrible, sin embargo, porque Huacho es una historia sobre gente pobre que sostiene la batalla contra la miseria de forma tenaz pero desesperanzada. No hay luz al final del túnel en Huacho, ni atisbos de un bienestar material que cambie la eterna rutina de los personajes. Incluso el hijo –un estudiante, o sea, un símbolo clásico de la promesa de ascenso social- está básicamente preparándose para vivir la misma precariedad que le han enseñado sus mayores.

Que Huacho escape de los clichés o panfletos del llamado cine “social” o de denuncia, es mérito de la estrategia narrativa de Fernández Almendras: a las reiteradas señales de que la situación económica de esa familia está empeorando, el relato opone los pequeños rituales de identidad de los que tienen casi nada. Un trago de vino en un bar en medio de los pastizales, un par de fichas en un videojuego, un vestido que tiene que devolverse pero que aún así se disfruta durante un par de horas.

Estos rituales no lucen como consuelo gracias a que la mirada de Huacho no está orquestada desde la condescendencia, sino desde lo urgente. No es un cine patronal, entendiendo ese adjetivo como la actitud de quien pretende alertar a su propia clase o tribu sobre el desmedro de otros.

No hay “otros” en Huacho. La inestabilidad económica de esa familia es también (en general) la nuestra. Alguien dijo que cualquier persona que estuviera a tres meses de cesantía de dormir en la calle calificaba como pobre en Chile. La primera película de Alejandro Fernández Almendras convierte esa frase para el bronce en auto de fe: no es posible que esa familia sin padre (el abuelo es un hijo más) resista un invierno sin ingresos o siquiera un mes sin uno de los sueldos irregulares que los miembros aportan.

La segunda película del director hasta ahora, Sentados Frente al Fuego, habla de otra clase de precariedad. Si bien la pareja protagónica interpretada por Daniel Muñoz y Alejandra Yánez vive al día y tiene severos problemas económicos, el conflicto central es la duda del hombre sobre las decisiones que toma.

Su mujer tiene una enfermedad que la envía al hospital y la vuelve un objeto de cuidado antes que de deseo. El propio Muñoz tiene un breve encuentro sexual con su ex esposa en un motel, un momento que está registrado sin romanticismo ni picardía barata y del que sólo vemos un diálogo (“¿Te voy a dejar?”) que alude al mismo tiempo a lo casual y a lo rutinario.

¿Es una conducta frecuente en el personaje de Muñoz el encamarse con su antigua pareja? No queda claro en el relato y es un cabo suelto que rodea una de las preguntas centrales del guión: ¿Por qué este hombre vive la vida que vemos?

No hay respuesta evidente porque Fernández Almendras elige quedarse fuera de la cabeza de sus héroes. Las suyas son historias basadas en la conducta y la acción y en ese sentido –tal vez sólo en ese sentido- les cabría la etiqueta de antropológicas: son registros de hechos y datos que configuran un mundo e incluso una moral, pero que suelen dejar fuera las explicaciones definitivas.

Tal vez el personaje de Muñoz se fugó a la vida-en-el-campo escapando de un daño que uno atisba está relacionado con la familia y la herencia (hay un diálogo con su ex mujer que alude a un hijo), pero que también puede estar conectado con los espacios: uno tiene la sensación de que los sitios eriazos, lugares derruidos y caminos polvorientos que Muñoz recorre son los espacios que necesita para poder existir, el ancho mundo que le evita no volverse loco ni explotar.

La geografía como escenario y el personaje como paisaje. Huacho y Sentados Frente al Fuego son películas engañosamente simples. En un vistazo superficial, podrían lucir como piezas de cine neorrealista o “películas de festival”, ausentes de banda sonora, actores famosos o efectos especiales que despierten el interés de un espectador poco avisado.

Pero no hay nada simple o superficial en ninguno de los dos trabajos. El cine de Fernández Almendras hasta ahora es una labor de cálculo, registro y exactitud. Huacho, con todos sus tiempos muertos, es una película a la que no le sobra nada. Está desprovista de grasa, igual que el horario regular de sus personajes, esas criaturas que apenas tienen tiempo de dormir, que batallan con los plazos, las cuentas y los tiempos de los buses que los transportan desde las parcelas hacia la modernidad de cartón que representa la ciudad.

El niño de Huacho sueña con poseer el videojuego portátil que tiene un compañero, quien lo utiliza como instrumento de poder dentro del curso. El personaje de Daniel Muñoz en Sentados Frente al Fuego se mueve entre hospitales albos y supermercados multicolores. Pero la relación de ambos con la modernidad –y este es un gran mérito de las películas que les contienen- es distanciada y problemática. En contra de una vieja tradición del cine chileno, los personajes campesinos de estas historias no son criaturas de otra época o ecos de un Chile de postal. Son marginales que han absorbido las promesas de la modernidad sólo para encontrarse con el muro que divide a quienes consumen de quienes son consumidos, a los que poseen de quienes luchan por no ser desposeídos.

El niño de Huacho siempre llega último a la lista mental del compañero de curso que posee el videojuego y que administra su préstamo como un capitalista de pacotilla. Es una buena metáfora de todo el filme: los últimos nunca serán los primeros. Lo que el niño no termina de entender es que el juego jamás caerá en sus manos. De la misma forma, la breve ilusión de su madre con el vestido nuevo se esfuma cuando ella cae en la cuenta de que debe devolver la prenda para poder pagar algo más urgente y mucho menos glamoroso como es la cuenta de la luz.

El personaje de Muñoz atisba otras realidades, no sólo por ser un hombre a medio camino entre lo urbano y lo rural, sino por el encuentro con quienes le hablan de otro mundo. La historia que se cuenta en Sentados Frente al Fuego de personas desapareciendo en el campo en medio de la represión pinochetista es trágica y extraña al mismo tiempo: en los entreveros y caminos cortados del territorio, uno puede perderse, desaparecer, esfumarse. Como lo hicieron entonces, como parece querer hacerlo Muñoz ahora.

Muñoz es un padre sin herederos. La familia de Huacho es un grupo sin líder aparente. Tal vez Muñoz es un huacho más. O quizás ambas películas están conectadas en cuanto ambas relatan historias de personajes mutilados, de proyectos que no se concretan o que jamás se diseñan, tal vez Muñoz es el padre que nunca aparece en Huacho.

En los dos casos, hay un registro inmisericorde del día a día. Vender un queso, pedir un adelanto de sueldo, preguntarle a un viejo sordo si quiere que le traigan algo del kiosko. Y, sin embargo, en todas esas pequeñas acciones hay rasgos heroicos que emergen de la pura conducta. Esos rasgos tienen que ver con la resistencia, el concepto que convierte al trabajo de Fernández Almendras en un proyecto político en el sentido más puro y tal vez más noble. Sus personajes viven situaciones de precariedad o desamparo, pero jamás llaman a la lástima. No son víctimas y estas no son historias de caridad barata.

Huacho y Sentados Frente al Fuego son retratos no del “Chile profundo” (esa metáfora rasca digna del pije borracho que va al campo por el fin de semana), sino del Chile a secas. Esta es la vida que la mayoría de nosotros llevamos, estos son nuestros horizontes y estos son sus límites. Hablando de una clase acorralada y casi invisible en el cine local  –los campesinos- estas películas terminan aludiendo a la mayoría de los chilenos.

Los cuentos interminables que el abuelo de Huacho desgrana en la mesa son pequeñas fábulas de un país antiguo y ya muerto donde existían ciertos ecos de pertenencia y grupo que hoy ya no existen. La intimidad cercana e inédita –para el cine chileno- que Muñoz y su pareja (Alejandra Yáñez) comparten después del sexo en la cama, la intimidad donde ambos pueden hablar de la experiencia sexual que tuvieron antes de conocerse, es una alusión directa a una comunión que no encuentran fuera de las sábanas.

Muñoz construye un trineo para la nieve que no puede usar porque no hay nieve. De todas formas, él y su mujer disfrutan el paseo aunque sea a través de la captura de fotos en un celular. No hay satisfacción, parece decirnos Fernández Almendras, pero hay dignidad. Y cuando el mundo no nos deja creer que somos protagonistas de un comercial, lo que queda es la posibilidad de un registro, aunque sea falso.

Al final de Huacho, vuelve la luz. Al final de Sentados Frente al Fuego, Muñoz lidia con la reja trasera de su camioneta hasta que pierde los estribos y vemos la rabia que ha guardado durante toda la película. Pero luego se recompone. Esto no es Hollywood. La vida sigue y el dolor, la pena y la orfandad serán patentes, pero jamás podrán ser una excusa para que un hombre no haga su trabajo o siga resistiendo.

En sólo dos largometrajes, Fernández Almendras ha narrado historias sobre familias que se resisten o que no se terminan de armar. El suyo es un proyecto extraño, pero severo en el mejor sentido de la palabra. No le concede alivio ni a sus personajes ni al espectador. Al mismo tiempo, trata a ambas partes con un respeto raro de encontrar en un panorama donde la solución fácil suele ser la norma.

Huacho y Sentados Frente al Fuego terminan siendo experimentos de campo –nunca mejor dicho- donde los seres humanos, los objetos y el paisaje tienen la misma jerarquía. No es un desprecio a la importancia dramática de los personajes lo que aparece en estas películas, sino la idea de que –en una época donde las personas son tratadas como activos o pasivos- tal vez la única manera de recuperar el foco (o la profundidad de campo) sea mover a esos personajes a un entorno donde pueden volver a ser sujetos antes que consumidores.

 

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