La Lista de Schindler & Jurassic Park: Exterminio y resurrección

Ha sido un lugar común por varios años decir que Spielberg filmó Jurassic Park para poder rodar a continuación La Lista de Schindler, la película que de veras le importaba, la tragedia real entroncada con sus orígenes y su propia familia. La adaptación del thriller de dinosaurios de Michael Crichton sería entonces una concesión, una manera de hacer ganar dinero a Hollywood antes de embarcarse en un proyecto que muchos veían como la antítesis de un producto comercial.

Sin embargo, el cine es muy extraño. Vistas a la distancia, ambas películas no parecen animales de distinta especie, sino hermanas mellizas cuyas similitudes se acentúan con cada revisión. Jurassic Park cuenta la aventura de unos visitantes atrapados en una isla plagada de dinosaurios que han vuelto a la vida gracias a la ingeniería genética. La Lista de Schindler es un drama de época basado en la odisea de Oskar Schindler, un empresario alemán que logró salvar del exterminio a cientos de judíos a los que empleó y luego compró como si fueran muebles para evitar que fueran a los hornos.

En apariencia, ambas producciones no tienen mucho en común, excepto por la presencia de rejas y alambradas eléctricas. En un caso, para repeler a criaturas prehistóricas, en el otro para contener a seres humanos a las puertas de la muerte.

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Pero La Lista de Schindler y Jurassic Park comparten además la figura del empresario/emprendedor. La isla es invención de John Hammond, el genial hombre de negocios cuyos proyectos han sido todos exitosos hasta la fecha. Lo que vamos a conocer es su primer fracaso. Oskar Schindler, como él mismo indica en una conversación con su mujer, ha tenido mala suerte en todos sus emprendimientos. Lo que vamos a conocer en su película es su primer y único éxito como empresario, un éxito que al principio es sólo monetario (amasa una fortuna explotando judíos) y que luego se vuelve además moral (pierde ese dinero rescatando a los judíos).

“No ahorramos en nada”, es una frase recurrente de Hammond al exhibir con orgullo los lujos de su parque. También sería un dicho aplicable a Schindler, quien gasta un dineral en conseguir los licores, chocolates y favores con los que ganará la voluntad de los mismos oficiales nazis que luego le concederán jugosos contratos de producción de guerra.

El invento de Hammond es un parque temático que pretende reproducir el hábitat de animales extintos antes de la aparición del hombre en la tierra. El ghetto de Cracovia es una cárcel en zona urbana que pretende reproducir un barrio donde la vida es normal, la misma ilusión cruel que los nazis mantendrán incluso cuando ya han trasladado a sus prisioneros a campos de trabajo y exterminio.

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Hay un momento en Jurassic Park donde Hammond y el matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum) discuten sobre los alcances éticos de la resurrección de animales extintos. “No nos estás dando ningún crédito”, dice Hammond, “nuestros ingenieros lograron lo que nadie pensó que podría hacerse”. Exacto, dice Malcolm, sólo pensaron si podían hacerlo, no se preguntaron si debían.

El mismo argumento de Hammond reaparece en la conversación de Schindler con su mujer en un restaurante. Quiero que todos me recuerden, dice él. Quiero que digan “Ah, Oskar Schindler. El hizo lo que nadie había podido”.

En una conversación con Alexander Kluge, el dramaturgo alemán Heiner Muller sintetizó en una reflexión escalofriante su mirada sobre el exterminio nazi. Lo que aprendimos de Auschwitz, dijo, fue que todo lo que puede ser pensado, es realizable. Y si algo es realizable, podemos creer que en algún momento será realizado.

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Hacer lo impensable, sea un arrebato en aras de la arrogancia científica o el fanatismo racista, es una de las conexiones profundas de estas dos películas. Y que el lazo sea a la vez siniestro y optimista, que conecte las promesas y los horrores de la ciencia, no es raro en Spielberg, un director que pocos años después debió recurrir a un proyecto póstumo de Kubrick (uno de los grandes cineastas de la deshumanización) para analizar en Inteligencia Artificial la capacidad de la tecnología para reproducir –o hacer irrelevante- a un ser vivo.

Sólo lo hicieron, no pensaron si deberían.

Hacer lo impensable es también un viejo mandato del cine de espectáculo, aquel que ha cobijado a Spielberg durante casi toda su carrera. Asombrarnos con lo que nunca pensamos ver, perseguir la novedad que llenará las salas y arrasará en los Oscares. Por eso, no es extraño encontrar en La Lista de Schindler y en Jurassic Park otro tema común como es la representación.

Representación de dinosaurios asesinos que son promovidos como atracciones de circo, pero también representación del exterminio de un grupo como la limpieza necesaria para reescribir el pasado. Lo dice Amon Goethz (Ralph Fiennes) cuando da el vamos al desalojo del ghetto: “Este día es histórico. Este día será recordado. En años futuros, los jóvenes se preguntarán con asombro acerca de este momento”. Esa arenga podría pertenecer al Hammond que inaugura su parque, pero también –he ahí la autoconsciencia- podría ser parte de la presentación del nuevo blockbuster veraniego.

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Las velas que siguen encendidas en una mesa donde ya no hay comensales al inicio de La Lista de Schindler. La cinta donde se lee “Cuando los dinosaurios dominaban la tierra” que cae oportunamente a los pies del tiranosaurio que ruge al final de Jurassic Park. El anillo que Stern le regala a Schindler y que reza “El que salva una vida, salva al mundo” en paralelo con el mosquito atrapado en ámbar, el mosquito cuyo resto de vida será el ADN necesario para salvar, traer de vuelta, a todo un ecosistema extinto.

En Jurassic Park, lo que debería estar muerto, camina libre. En La Lista de Schindler, aquellos que nunca debieron morir, caen bajo las balas de sus verdugos. En ambas películas, la huella genética de la vida se alude con pequeños símbolos: la ceniza de cuerpos humanos que cubre el auto de lujo de Schindler, hermanada con el caldo de ADN que los ingenieros de Hammond manipulan a su capricho.

Creo que ambas películas tocan el tema de la representación no sólo porque se hacen preguntas enormes respecto al asunto desde veredas distintas (¿Cómo representas en pantalla animales que nunca has visto, cómo representas en pantalla un horror que parece único?), sino además porque en conjunto forman un extraño relato sobre el tema que recorre todas las películas de Spielberg desde sus inicios: el cine.

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Oskar Schindler y John Hammond son dos empresarios (productores, les llamaríamos) que comprenden al final de sus aventuras que ningún sueño megalómano está sobre la vida de sus semejantes. Pero para llegar a ese punto, han debido atravesar relatos que conectan el artificio con la realidad de maneras complejas y donde los juicios simples no sirven.

Schindler es un carajo que obra el bien casi por accidente. Por supuesto, salva a cientos de judíos, pero –al menos en la película- no tiene escrúpulos en explotarlos para ganar el dinero que más tarde gastará en comprarlos. Es una situación éticamente muy extraña, que la película escamotea con cierta competencia gracias al guión de Steve Zaillian y al talento histórico de Spielberg (desde Roy Neary hasta Indiana Jones) para despertar simpatía hacia personajes que son abiertamente egomaníacos.

Hammond es el verdadero villano de su película, pero la historia no lo presenta así. El villano –casi por descarte- es el torpe gordinflón hacker que sabotea los sistemas de seguridad de la isla para robar embriones. Sin él, quizás el parque habría funcionado de maravilla a pesar de las predicciones catastrofistas del matemático. El pecado de Hammond, su arrogancia, su ceguera, es visto con simpatía porque es también el pecado de Spielberg, quien tiene un proyecto similar: resucitar dinosaurios a través de la tecnología digital.

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Hay una imagen, ya famosa, donde uno de los velocirraptors que intentan merendarse a los héroes atraviesa una rejilla de ventilación y en su cuerpo vemos un reflejo que recuerda con mucha precisión a los unos y ceros de un código binario. El CGI, está diciendo Spielberg, encierra una amenaza. No para nosotros, los espectadores, sino para la industria. Puede salirse de control, romper los márgenes (del parque, del relato) y crear caos donde debió haber orden, visitas guiadas y mucho dinero.

De ambas películas, la que peor ha envejecido es La Lista de Schindler. Sus intenciones pueden ser nobles –eso sería tema de otro comentario- pero a esta distancia se notan las costuras de su libreto y las obvias concesiones de sus mecanismos de identificación. Jurassic Park, en cambio, es un objeto blindado y veloz al que no le entran balas. Su relato es más puro y elegante y su lucha por la sobrevivencia puede ser menos “artística”, pero es mucho más urgente y expedita.

Devorar o ser devorado. Huir o pelear. Son las nociones del cerebro reptil y son también los lemas del cine comercial, una de las instancias del capitalismo moderno donde la lucha por la supremacía es más cruel. En su época, Jurassic Park fue vista como una extraña muestra de escapismo autoconsciente y cínico, una historia donde el logo del parque era también el afiche de la película. Hoy día ese dato luce menos mercenario y más trágico. Lo que Spielberg estaba contando era el final del sistema de estudios de Hollywood donde su generación alcanzó a florecer. La isla, ese lugar concebido por emprendedores y burócratas de la vieja guardia, era el Hollywood que intentó administrar el CGI, domesticarlo hasta volverlo una herramienta más, como habían sido el technicolor o la Steadycam.

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Pero el mundo digital contenía el germen de su propia autodestrucción. El dinosaurio que se alza en dos pies para alcanzar un brote en la punta de un árbol frente a los ojos asombrados de los protagonistas termina volviendo irrelevantes a los actores, al guión y al viejo estilo de hacer cine. Casi veinte años después, hemos tenido personajes (Gollum), paisajes (Avatar) y mundos enteros creados dentro de un computador (Pixar).

Por otro lado, representar el exterminio nazi en pantalla no es un tema menor. El propio Godard, en una carta de 1995, reconoció como un error personal no haber prevenido a Spielberg acerca de “reconstruir Auschwitz”, una frase que algunos leyeron como un ataque, pero que cobra otro sentido al recordar que Godard consideraba un fracaso del cine en general no poder transmitir la experiencia del Holocausto en pantalla.

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Sin embargo, Jurassic Park, tan gloriosa en sus logros técnicos y tan humilde en sus ambiciones artísticas, me parece la mejor película del dueto. Como las obras claves de su director, desde Encuentros Cercanos hasta Minority Report, su tema es el espectáculo visual entendido como obsesión personal, pero también como una industria que se devora a sí misma.

Después de filmar una película que en el fondo era una fábula sobre la muerte del cine, a Spielberg sólo le quedaba contar una historia que hablara sobre la supervivencia del hombre. La Lista de Schindler termina con imágenes documentales de algunas de las personas que se salvaron gracias al empresario alemán. Es como si, al final de la cuerda del artificio del cine digital, Spielberg hubiera pensado que la única manera de encontrar sentido en su trabajo era volver al registro de eso que algunos llaman realidad.

 

(Texto publicado originalmente en julio del 2012 en el sitio Somosblogs.cl)

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