Welles y la comida soñada

 

La escena aparece en el último tercio de Mr. Arkadin (1955), el thriller maldito que Orson Welles filmara con poca plata y mucho ingenio.  En la escena hay dos personajes. Uno es  Jacob Zouk. Alguna vez fue un estafador y un criminal de cierta monta, pero hoy día sólo es un pobre anciano que se muere de frío en un edificio de Munich. El tipo que lo acaba de encontrar se llama Van Stratten y es un aventurero ambicioso que está reconstruyendo el pasado del millonario Gregory Arkadin. El magnate dice no recordar nada de sus primeras décadas de vida y ha contratado al aventurero para rastrear a quienes lo conocieron en esos tiempos.

Pero Arkadin está mintiendo. Su verdadero objetivo es usar la información reunida por Van Stratten para eliminar todas las huellas de su pasado como criminal y ladrón.  Cada una de las personas que el emisario encuentra termina  siendo asesinada. Zouk es el cabo suelto que queda, el último hombre en el mundo capaz de reconocer el rostro de Arkadin antes de que adquiriera ese apellido.

“Le daré lo que pida”, le ofrece Van Stratten a Zouk después de llevárselo a su hotel. El viejo se toma la oferta a pecho y pide un plato de hígado de ganso, muy caliente, con manzanas, papas y cebollas. Es la víspera de Navidad. Toda Munich está revolucionada por las fiestas y la cocina del hotel sólo prepara el plato con días de anticipación.

Zouk se niega a colaborar a menos que le traigan su comida favorita. Desesperado, Van Stratten sale a las calles a golpear las puertas de los negocios. De ese antojo extravagante depende el final de su pesquisa y tal vez su vida. Entonces, en medio de la noche, surge la limosina de Arkadin, quien le invita a subir. El auto se detiene afuera de un restaurante de lujo. Aquí me conocen, explica el millonario y le darán lo que pida.

La escena es asombrosa –en su simpleza, en sus significados- y es uno de esos momentos en que el genio de Welles capturó un mundo y sus maneras en una sola imagen. Van Stratten baja del auto. El capitán de los garzones está de pie bajo la nieve junto a sus empleados, como soldados en una trinchera. Dos de ellos corren y vuelven, casi de inmediato, con el antojo de Zouk.

Arkadin no es simplemente un magnate. En el mundo de la película que apenas logra contenerle, es un dios. Puede ordenar muertes al otro lado del mundo, comprar abogados, pistoleros, mujeres. Puede darle a Van Stratten una chequera abierta para que viaje de un país a otro, mientras al mismo tiempo se prepara a desecharle como una botella de brandy vacía.

Y ahora, cuando ya todos los nombres de la lista han sido borrados, cuando el último cabo suelto duerme en la habitación de un hotel, Arkadin le hace un favor imposible a su ex empleado. Consigue lo que nadie más pudo, pero lo hace con desdén, sin darle importancia.

Van Stratten recibe la magnífica bandeja cubierta con una tapadera reluciente. “Usted ya no tiene nada que pueda pedirme”, le dice el millonario, “ni siquiera su vida”. El aventurero entiende hasta qué punto su suerte pende de un hilo y corre al hotel. Sólo al llegar a su habitación descubre que el regalo de Arkadin nunca fue satisfacer el antojo de Zouk, sino suministrar el plato principal de una última cena.

Welles filmó la película en condiciones muy difíciles y poco gratas. La escena del hígado de ganso se complicó porque (según explicara años más tarde su amigo y biógrafo Peter Bogdanovich) Welles le exigió a la producción que bajo la tapadera estuviera efectivamente el plato preparado. “Lo que fue un problema”, escribió Bogdanovich “ya que esa secuencia la estaban filmando en Madrid en pleno verano”.

 

 

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