Cuestión de tiempo, de Richard Curtis

Uno de los cuentos más hermosos que he leído es Nadar de Noche, de Juan Forn. En la historia el narrador tiene la oportunidad de conversar con el fantasma de un muerto cercano, en una escena que es inolvidable en base a la manera en que mezcla lo cotidiano con lo extraño. Los mejores momentos de esta comedia romántica inglesa consiguen ese cruce. La premisa es sencilla: a los 21 años, el protagonista se entera que todos los hombres de su familia pueden viajar en el tiempo. Sólo hacia el pasado personal, el específico, el que han vivido.

Con la aparición de una chica (Rachel McAdams, en uno de los papeles de su vida) la historia parece tomar la ruta conocida y sabida de la comedia romántica. El tímido patológico usa su don para conquistar a la amada y corregir pequeños errores, en un tono que recuerda lejanamente a Hechizo del Tiempo (1993), esa pequeña joya protagonizada por Bill Murray. Por otro lado, remite a una tradición cinematográfica de viajes en el tiempo menos ligada a la tecnología y más conectada con la fuga temporal como una falla del cerebro o una alucinación privada, en la línea de lo que fueran títulos como La Jeteé (1962) o Yo te amo, Yo te amo (1968).

Pero es en el desvío que toma en su último tercio donde está el valor del filme. El director Richard Curtis (Realmente Amor) cimentó en su trabajo como guionista (4 Bodas y un Funeral, Notting Hill) un cliché que sigue vivo y coleando: ese romance inglés de la era Blair donde las miradas de las mujeres lo dicen todo y los gestos de los hombres no llevan a nada.

Es un cliché, por cierto, y aquí está en su plenitud. Pero sería absurdo negar el oficio de Curtis y de sus actores a la hora de conseguir –y encontrar- emoción real a partir de los lugares más comunes: la familia, el amor, el paso del tiempo,  la pérdida.

Es difícil denunciar a un manipulador cuando su manipulación funciona. Requiere una disciplina crítica que es un deber pero que también, es cierto, puede ser una lata. Además, fingir distancia cuando quedaste hecho polvo en la butaca me parece tan deshonesto como el aplauso pagado. Lo que puedo decir es que todos los golpes bajos de esta película funcionaron en mí. La saludo como lo que es: un artefacto calculado, predecible y, sin embargo, tan pulido que en estos días incluso puede pasar por gran cine.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 21 noviembre 2013)

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