Godzilla (2013): Los hijos del átomo

Godzilla fue inventado en Japón, pero en las películas que ha protagonizado desde 1954 es en sus contactos con Occidente donde su figura cobra sentido. Específicamente en sus encuentros con el ejército norteamericano, porque lo cierto es que esta criatura monstruosa ligada a los efluvios de la era atómica sigue siendo una de las mejores respuestas que el arte haya ofrecido sobre Hiroshima.

Un poder militar de alto vuelo (generalmente Estados Unidos) causa por accidente o desidia una hecatombe que arrasa una zona lejana a su propio imperio. De las cenizas de ese pequeño drama tercermundista surge un monstruo. Que no sólo es indestructible, sino que también parece empeñado en restaurar alguna clase de orden o simple justicia poética. Así es el esquema básico de todas las aventuras del personaje y así lo entendió el director Gareth Edwards, quien ya había filmado una bellísima historia de criaturas sobrehumanas en Monsters (2010).

En contra de la tendencia del blockbuster actual, Edwards hace que la historia se cocine a fuego lento, sin apresurar ni la destrucción ni el impacto. Sus momentos de gran escala –que los tiene y son gloriosos- están filmados no desde la perspectiva global y operática que usara Guillermo Del Toro en Titanes del Pacífico, sino desde la posición del testigo ocular, con el rabillo del ojo, a ras de suelo. Como los siniestros pods marcianos de La Guerra de los Mundos de Spielberg, la criatura que es el centro geométrico y verdadero protagonista del filme se revela paulatinamente, desde la silueta de su espinazo hasta el momento en que la vemos pisar tierra firme.

Godzilla está llena de hallazgos visuales que sorprenden por su inventiva, como el paracaídas que flota grácil entre los edificios justo antes que el avión de su ocupante explote atrás de la mujer que está mirando desde el suelo. Pero el recurso más astuto de esta gran película de matiné está en el guión y no en los efectos y es el hecho de que Godzilla nos vuelve a importar porque Edwards lo trata de la misma forma que Carol Reed trató a Orson Welles en El Tercer Hombre (1949): como una voluntad más grande que la vida, una que sólo entra a la escena cuando es hora de cumplir las expectativas que el drama ha creado sobre su figura.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, mayo 2014)

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