Transformers 4: La era de la extinción

Cuatro películas se demoró Michael Bay en encontrar una solución para que distinguiéramos a un robot de otro en esta saga de eternas y ruidosas batallas. Es una solución que implica diseño, paleta cromática y un leve, casi indistinguible barniz de personalidad entre cada uno de los secuaces de Optimus Prime. Por desgracia, no están insertos en una historia que justifique el esfuerzo.

Han pasado varios años desde los eventos del último filme y los Transformers están siendo cazados por equipos de la CIA. Pero estos equipos no distinguen entre Autobots y Decepticons porque su verdadera agenda es el exterminio total de los Transformers en la tierra y (como es de esperar) hay alguien detrás moviendo los hilos. Peor aún –nos dice la película- ese complot viene del gobierno, un ente que en la saga tiene un curioso doble estándar. Su cabeza o poder central es presentada como inepta o ignorante, pero su brazo armado, los soldados, son los héroes que corren a la par junto a los Transformers.

Bay es la clase de director que es fácil odiar, tanto por su legendario mal gusto, su misoginia y su ideología burda como por la escasa atención que le presta al argumento y los personajes por sobre los efectos y el look visual. Sin embargo, no nos engañemos, todo eso también se podría decir de muchas películas de Spielberg y de al menos cinco de las seis películas estrenadas de la saga de Star Wars. Bay ha filmado horrores (Pearl Harbor), horrores tan malos que llegan a ser fascinantes (Bad Boys 2, Armaggedon) y al menos una película que califica como accidente feliz, la divertida comedia negra Dolor y Dinero. Transformers 4 está en una categoría nueva: es una experiencia casi física en términos del asalto a los sentidos tanto sonoro como visual. Todo es enorme, desaforado, sin tregua. Los personajes humanos (por ahí anda dando vueltas Mark Walhberg en piloto automático) dan lo mismo, porque la clave aquí es el deseo apenas disimulado de superar las mejores secuencias de robots gigantes que ofreció Guillermo del Toro en Titanes del Pacífico.

Ese es el verdadero motor de esta secuela y es lo que explica –incluso desde una perspectiva de cálculo de mercado- que tenga un extenso, casi intolerable final en Hong-Kong. Del Toro filmó su película desde el arrebatador cariño a un género y sus figuras. Bay hace lo propio en Transformers 4 desde el amor al dinero y a la tecnología, lo que le lleva a alcanzar una nueva cima personal: de todos los filmes de la saga, es este donde la mirada sobre los robots, gadgets y objetos de diseño alcanza el tono pornográfico que los episodios anteriores apenas rozaban. Esto ya no es cine industrial. Es softcore para ser consumido por inteligencias artificiales que aún no existen.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 10 de julio 2014)

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