Guardianes de la Galaxia

En Viaje a las Estrellas 4 (1986) alguien le decía al capitán James T. Kirk “Usted es del espacio exterior” y él contestaba con paciencia “No, yo soy de Iowa, sólo trabajo en el espacio exterior”. Esta nueva película Marvel es una versión de dos horas de ese breve diálogo. Por supuesto, tiene naves alienígenas, aparatos de poder supremo y decenas de razas cruzándose en pantalla, sin embargo en esencia es la aventura de Peter Quill (Chris Pratt), quien recorre la galaxia salvando el día pero que nunca deja de ser un chico norteamericano adicto a los malos chistes y a los grandes éxitos del pop de los ’80 y ’70.

Guardianes de la Galaxia trae al universo cinematográfico del estudio Marvel un saludable ventarrón de humor y tono liviano que contrasta con el tono sombrío de sus últimas películas. Aquí no están ni la crisis nerviosa de un Tony Stark o los conflictos morales de un Capitán América. Tampoco tiene el pomposo aire de debacle global que flotaba sobre el tedioso último tercio de Los Vengadores. Este es un relato de origen y por cierto abunda en guiños a otros personajes Marvel, pero no es una historia que requiera haber visto alguna otra película del estudio o que se demore en traumas personales. Lo que se explica porque la verdadera patria del filme no es el cómic que lo inspira, sino ese adorable subgénero de aventuras espaciales que La Guerra de las Galaxias nunca abrazó del todo, aquella tradición hoy perdida de la que se beneficiaron tipos tan olvidados (y tan respetables) como William Cameron Menzies e incluso Roger Corman.

Ese subgénero donde caben cimas del kitsch como Batalla Más Allá de las Estrellas (1978), Krull (1983) o genuinas joyitas olvidadas como The Last Starfighter (1984) y que aplicaba a los viajes espaciales la misma lógica del western y el cine de aventuras exóticas donde el héroe blanco rescata a los nativos del tirano o del corrupto. De hecho, la despreciada John Carter (2012) fue un intento descaminado pero noble por resucitar ese mundo. Y es de ese lote específico de cultura chatarra del cual el director Gunn se sirve con la misma astucia con la que se sirvió de los clichés del terror en su comedia Slither (2006). Gunn es un director ingenioso y dotado, incluso a la hora de conseguir que criaturas desopilantes como un mapache cascarrabias o un árbol humanoide luzcan atractivas.

Es menos claro por ahora si tiene talento para generar algún grado de emoción real. No se confundan: su enorme space opera entretiene y está llena de energía y grandes escenas de acción. Al mismo tiempo es fría y calculada, como si la hubieran escrito en las celdas de un Excel, como si todo ese oficio y esfuerzo se hubieran puesto nada más que al servicio de dejar a todo el mundo contento. En términos de oficio, ritmo y despliegue visual, está muy por encima de un mamarracho como Transformers 4. Pero su razón de existir es igual de mercenaria que la película de los Autobots y no hay mucho que recordar una vez que terminan de correr los interminables créditos finales.

 

(Publicado originalmente el 31 de julio de 2014 en La Tercera)

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