Perdida (Gone Girl)

Una mujer desaparece de su casa una mañana. Su esposo llama a la policía, se pone en marcha la búsqueda de rigor y –en el contexto de difundir el evento a los medios- la aparente frialdad del sujeto respecto a su tragedia empieza a despertar sospechas en los mismos detectives, en la prensa y en su propia comunidad. ¿Mató el hombre a la mujer? ¿Qué conductas se deberían esperar de una persona en su situación? ¿Qué se puede considerar “normal” en un hecho policial? ¿En una vida? ¿O en un matrimonio?

Incluso desde Alien 3 (1992), Fincher ha girado en torno a dos grandes temas: la dificultad de conocer a nuestros semejantes y el deseo de algunos de ellos por controlar o destruir el mundo que les rodea. Está la opacidad del carácter de personajes como Mark Zuckerberg en Red Social y Edward Norton en El Club de la Pelea y está la obsesión de dominar a otros que exhibían orgullosos los psicópatas de Seven y Zodíaco. Están las parejas que guardan secretos (como un embarazo o una doble personalidad) y están las casas convertidas en campos de batalla, como la elegante mansión de La Habitación del Pánico o la ruina industrial donde Tyler Durden diseñaba el Proyecto Caos.

Todos estos vectores se cruzan en Perdida, que bajo sus dobles y triples apariencias esconde una mirada juguetona pero muy amarga sobre el matrimonio y sobre lo que significa interpretar un rol frente a quien prometimos amar. La pareja como teatro y el teatro como gran guiñol: en Perdida corre mucha sangre, hay sexo clandestino, complots judiciales y un guión donde la única persona auténticamente decente de toda la historia queda sola y abandonada en el páramo. Esto era en el papel –en la novela original de Gillian Flynn- material de thriller B y no es difícil imaginar que si Perdida se hubiera filmado en 1992 la habría dirigido Paul Verhoeven con Sharon Stone y Richard Gere. Pero Fincher convierte la historia no sólo en una gran película (uno de los mejores entretenimientos adultos de la última década) sino también en una pista de despegue para reelaborar la idea que mueve su cine desde los ’90: queremos conocer el corazón de los demás para doblegarlos. Para que nos confirmen en nuestra fantasía de que merecemos cariño, sexo y atención y para que nos digan cada noche al oído que sí, que somos hermosos y únicos copos de nieve.

(Publicado originalmente en La Tercera, 23 octubre 2014)

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