Mis cuentos favoritos

Sin duda las novelas son un gran invento. Pero ni la mejor novela puede acercarse a la sensación de felicidad y plenitud que ofrece un cuento perfecto cuando se lo lee en el momento justo. Algunos de estos relatos me los topé cuando era niño. Al menos dos de ellos los vine a conocer recién hace un par de años. Los anoté sin orden alguno, porque calificarlos de mejores a peores habría sido una tarea inútil. En algunos casos puse dos o tres de un mismo autor por razones que no necesariamente tienen que ver con calidad: hay dos cuentos de Rulfo y cinco de Philip K. Dick, pero en ningún sentido estoy diciendo que el norteamericano sea mejor que el tipo que escribió El llano en llamas.

Lo que sucede es que en ciertos autores un solo cuento no transmite todo el universo que sus historias ponen en juego. Piglia, por ejemplo, se ha movido entre temáticas y obsesiones de las cuales Las actas del juicio me parece una síntesis perfecta. Lo mismo Kipling, Quiroga y Coloane, tres escritores que leí cuando era muy niño y que jamás me he podido quitar de encima. Bierce, por otro lado, tiene tres menciones porque no fui capaz de quitar ninguna de ellas. De hecho, si algún día me pillaran volando bajo podría agregar Un jinete por el cielo.

Algunos de mis cuentos favoritos se pueden resumir en una charla de sobremesa (como Dos caballeros del Día de Acción de Gracias) y otros en verdad necesitan ser leídos para entender la historia o la sub-historia que están inventando, como es el caso de Adiós, hermano mío y Teatro Grottesco.

Y si hablamos de terror, es difícil que una novela, con todos sus recursos y extensión, pueda superar algo como La garra del mono. De hecho, ninguno de los cuentos sobre los mitos de Chtulhu inventados por Lovecraft me parece superior a En la cripta, que no tiene demonios ni bestias espaciales, sólo un hombre tacaño y un montón de ataúdes.

El placer de toparse con un cuento que amas y seguirás amando tiene muchas puertas de entrada.

Por ejemplo, un final perfecto, como el de Algo pequeño y bueno: “Lo escuchaban. Comían lo que podían. Tragaron el pan negro. Era como el pleno día bajo la luz fluorescente. Hablaron hasta la mañana, con la pálida huella de luz en las ventanas y ya no pensaban en irse”.

O un comienzo perfecto, como el de Vacation ’58: “Si papá no le hubiera disparado a Walt Disney en la pierna, habría sido la mejor vacación de todas”.

O una frase solitaria en medio de la nada que te ilumina algo que siempre quisiste decir pero no sabías cómo poner en palabras: “Me la paso perdiendo con este maldito sueño de ser entendida sin yo tener que explicar o llamar”. Esa frase es de La pecera, de Alejandra Farías. Es el cuento que cierra Santiago, pena capital, una antología publicada en 1991 y es el único relato que le he leído a la autora. Y con eso fue suficiente.

Estos no son “los mejores cuentos que he leído”. Hay cuentos perfectos que encuentro profundamente antipáticos, como Los asesinos, de Hemingway o Un hombre muy viejo con unas alas enormes, de García Márquez. De hecho, toda la dichosa aura de realismo mágico de ese cuento tan prestigioso del colombiano para mí no le gana a Un día de estos, donde pone en boca de un dentista de pueblo esa línea digna de Raymond Chandler: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente”.

Hay cuentos brevísimos (el de Rey Rosa tiene casi tres páginas) y otros que podrían ser novelas cortas, como la joya de Mark Twain que es la gran película coral que Robert Altman nunca llegó a filmar. Hay dos letras de canciones que me parecen cuentos perfectos y las puse porque, bueno, esta es una lista personal.

Algunos de los títulos tienen link a los textos completos en diversas páginas.

Cheever creía que un buen cuento incluso podía influir en la salud física del lector. No estoy seguro de eso, pero sí tengo claro que un buen cuento puede hacer a la gente muy feliz y eso ya es una gran cosa.

-I-80 Nebraska, M.490-M.205, John Sayles.

El puente sobre el Río del Búho, Lo que ocurre por la noche en la Quebrada de la Muerte y La ventana entablada, de Ambrose Bierce.

Reunión y Adiós, hermano mío, John Cheever.

-Algo pequeño y bueno, Raymond Carver.

Vacation ’58, John Hughes.

-Señales captadas en el corazón de una fiesta, Rodrigo Fresán.

Nadar de noche, Juan Forn.

-Vieja moralidad, Carlos Fuentes.

El tío Wiggily en Connecticut, J.D. Salinger.

Las actas del juicio, Ricardo Piglia.

-El país antiguo y Los muchachos, Ethan Coen.

-Taibele y su demonio y Sangre, de Isaac Bashevis Singer.

Dos caballeros del día de Acción de Gracias, O. Henry.

-El aliento del cielo, Carson McCullers.

Las ruinas circulares y El evangelio según Marcos, Jorge Luis Borges.

El padre, Olegario Lazo.

Sobremesa, Julio Cortázar.

Lucero, Oscar Castro.

El vaso de leche, Manuel Rojas.

El policía de las ratas y Ultimos atardeceres en la tierra, Roberto Bolaño.

-El insigne cohete, Oscar Wilde.

-Un hombre bueno es difícil de encontrar, Flannery O’ Connor.

-La jarra de monedas y Chicos de cumpleaños, Truman Capote.

-Fue, William Faulkner.

Los muertos, James Joyce.

En la cripta, H.P. Lovecraft.

-El estado de gracia, Harold Brodkey.

El desafío, Mario Vargas Llosa.

-Mira donde va el lobo, Antonio Skármeta.

-Petición urgente de un enamorado acusado de arrojar volantes de reacción furibunda a una situación generalizada de injusticia social, Sergio Gómez.

-La pesca milagrosa, Edesio Alvarado.

Sub sole, Baldomero Lillo.

-El orden de las familias, Jorge Edwards.

-La espera y La mano, Guillermo Blanco.

-El año de la bomba, Jaime Collyer.

Los moribundos, de Julio Ramón Ribeyro.

-Petróleo y Mecánicos, Osvaldo Soriano.

Diles que no me maten! y No oyes ladrar los perros, Juan Rulfo.

El rastro de tu sangre en la nieve y Un día de estos, Gabriel García Márquez.

Esbjerg, en la costa, Juan Carlos Onetti.

-Los perros jaros, Rudyard Kipling.

El paso del Yabebirí, de Horacio Quiroga.

-La botella de caña, Francisco Coloane.

-El grabado, M.R. James.

Young Goodman Brown, Nathaniel Hawthorne.

-La garra del mono, W.W. Jacobs

-El hombre que corrompió a Hadleyburg, Mark Twain.

The Laurel and Hardy Affair, Ray Bradbury.

-Angeles del Carcinoma, Norman Spinrad.

-La segunda variedad, Espero llegar pronto, La fe de nuestros padres, El artefacto precioso y La puerta de salida lleva adentro, Philip K. Dick.

-Di que sí, Tobias Wolff.

-Los reyes de la arena, George RR Martin.

-El emperador del aire, Ethan Canin.

-Prueba de aptitud y Pelando a Rocío, de Alberto Fuguet.

-La pecera, Alejandra Farías.

-Playa quemada, Gustavo Nielsen.

19 de diciembre de 1971, Roberto Fontanarrosa.

Entre los muertos, Gardner Dozois y Jack Dann.

-Teatro Grottesco, Thomas Ligotti.

-The last act, Roal Dahl.

-La niña que no tuve, Rodrigo Rey Rosa.

-El aljibe, Mariana Enríquez.

The river, Bruce Springsteen.

Hit somebody (The hockey song), Warren Zevon.

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