Sangre

El tipo estaba boca abajo. Tenía una camisa de franela a cuadros que se notaba vieja, tal vez de la ropa usada, una de esas camisas que un gringo vistió un par de inviernos antes de donarla a algún boy scout o señora de uniforme que golpeó su puerta y la camisa hizo todo el viaje hacia Chile, hasta una de esas tiendas de Lautaro con nombres como Vintage o Classic Wave, esa era su camisa, con los faldones arremangados sobre un jeans viejo y sucio, un jeans azul marino, un jeans comprado en la feria, envuelto en papel de diario y pagado con billetes de bolsillo trasero, billetes calientes y hediondos de los que se ganan en algún trabajo donde estás todo el día de pie o todo el día sentado en una silla plástica del Homecenter, al final de una de las piernas se le veía un calcetín, de hilo, delgado, tal vez café, no recuerdo tanto y el calcetín estaba dentro de una zapatilla negra con tiras rojas que decía POWER en un costado. Era una zapatilla nueva y se notaba porque la suela estaba casi blanca, la había comprado recién, tal vez en la misma feria libre de Temuco donde comprara los jeans, tal vez se había puesto sus Power ahí en la vereda, apoyado en un poste, buscando un basurero donde dejar las zapatillas viejas, que seguro eran Bobbito, Dolphin o incluso Bata, las Bata eran populares en Lautaro en ese año de principios de los noventa.  Y fue la zapatilla lo que recordé, lo que sigo recordando ahora, porque estaba nueva, porque era demasiado vistosa, porque era la zapatilla que se compra alguien que está por mandarse a cambiar a otra ciudad, porque al tipo seguro que le conocía de cara, seguro que le había visto miles de veces en la calle, tal vez en la plaza, o en una fuente de soda o en las orillas de la línea donde tarde mal y nunca a veces pasaba un tren, pero ahora estaba boca abajo y sólo alcanzaba a verle la nuca y una parte de la coronilla, porque ese tipo debe haber sido (estoy seguro, podría jurarlo) uno de esos que todas las mañanas tomaban el minibús o el colectivo o incluso la micro a Temuco, esa horda de juniors, garzones, cajeros y empaquetadores que vivían en Lautaro porque era más barato, porque en Temuco los arriendos se habían disparado o porque todas sus familias eran de ahí. Esa gente que siempre se tenía que ir de la fiesta o del bar un poco antes de las once, el tiempo justo para pescar el último minibús de vuelta, a veces un colectivo hediondo a cigarro o un bus interprovincial que les cobraba el viaje sin dar boleto para dejarlos en mitad del camino rumbo al norte.

El tipo estaba boca abajo y el camión lo había atropellado justo-justo frente a uno de los paraderos de la salida a la carretera, poco antes de las ocho de un día de semana. Debe haber caminado desde el centro de Lautaro buscando un minibús libre y debe haber seguido marchando hasta la carretera, por la vereda estrecha bordeada de manzanillas donde a veces los niños corrían en bicicleta. Debe haber visto un minibus en una esquina y entonces debe haber cruzado la carretera sin pensar, apurado, movido por el eterno temor de llegar atrasado y que lo echaran de la pega, debe haber corrido un par de metros y entonces el chofer del camión debe haberlo visto, una forma negra bajo la luz del día nublado, un segundo de pánico y después el golpe seco en la carrocería.

Estaba boca abajo y nunca le vi el rostro porque no me bajé del bus. Nos quedamos ahí un minuto, esperando nuestro turno para que el carabinero en moto nos diera el paso rodeando el camión estacionado justo al lado del bulto. El viento levantó la manta de plástico verde y entonces fue cuando vi la mitad de su cuerpo, el jeans, la camisa y la zapatilla. Uno de los carabineros balanceaba en el aire una mochila oscura como si estuviera bendiciendo la misa con un incensario, hasta que noté la sangre que caía al cemento con cada vaivén. Esa fue toda la sangre que recuerdo, aunque debe haber habido mucha más, por todos lados, en el cuerpo, en las zapatillas, en la carretera, en la ventana de mi asiento en el bus, en mis recuerdos, en el miedo con que poco tiempo después me fui de Lautaro, en el terror que siempre he tenido de volver.

(Esto lo escribí para la antología “Ciudad Fritanga“, publicada por la editorial Bifurcaciones en noviembre pasado. Está a la venta en casi todas las librerías de Santiago y alrededores)

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