El lugar donde nací

Tengo cuarenta años y hace poco me enteré de que fui padre a los veintidós. Mi hija se llama Elisa y su madre es una compañera de universidad con la que tuvimos una breve relación justo antes de rendir el examen de grado. Ella descubrió lo de su embarazo durante el verano y decidió no informarme. La primera noticia que tuve de la existencia de esta hija que estoy empezando a tener fue la noche en que me llamó una voz femenina y me dijo: Disculpa, creo que eres mi papá.

Al principio no le creí. Y hubo un incómodo examen de ADN y unas cuantas semanas de espera por los resultados. Hasta el día que me los dieron, con Elisa sólo habíamos hablado por teléfono.

-Salieron positivos- le dije por celular, parado en mitad de la calle.

-¿Entonces qué quieres hacer?- me preguntó.

Nos juntamos a tomar un café y terminamos hablando varias horas. Era delgada y tenía dedos largos. Nos estudiamos a través del abismo de la cortesía chilena. Horas después, me mandó un mail muy largo que terminaba diciendo: entiendo si no quieres verme de nuevo, yo a veces decepciono a la gente.

Es de verdad mi hija, pensé. Le escribí de vuelta y le dije que pasáramos la Navidad juntos.

Por qué hiciste eso, me preguntó mi mejor amigo al día siguiente cuando almorzamos. Contesté: Porque fue lo único que se me ocurrió, la única oferta que se me vino a la cabeza.

-Dieciocho años- dijo mi amigo cortando su sándwich –Tiene la edad de las pendejas de la tele con las que me pajeo.

Es mi mejor amigo. Pero no tiene filtro.

Elisa aceptó en principio, pero al rato me dijo que no quería pasar la Navidad en Santiago, que estaba peleada con su madre desde el día que se juntó conmigo en el café. Le ofrecí irnos a Valparaíso, a algún hotel. No, dijo Elisa, quiero ir a alguna parte que no conozca. Entonces le dije: A lo mejor quieres ver el lugar donde nací. Hubo un silencio en la línea y después me dijo “Es Puerto Saavedra”.

-¿Cómo sabes?- pregunté sorprendido.

Allí fueron con mi mamá el verano que anduvieron juntos, me contestó.

No fue fácil encontrar pasajes, pero ahora es la tarde del 24 y a ochocientos kilómetros de la mujer que nunca me informó de su existencia, la hija que recién estoy teniendo camina delante de mí por la arena oscura de la playa en Puerto Saavedra. Es casi de noche y el mar en movimiento parece una montaña sacudiéndose. Corre viento y le digo que se abrigue. Me hace caso sin mirarme. Está hipnotizada por unos niños que recogen algas en la orilla.

-¿Se las comen?

-No sé.

-Pero tú eres de acá.

-Me fui apenas pude. A lo mejor se las comen.

Miro la silueta apenas visible del morro en un extremo de la playa y recuerdo cuando lo subimos con la madre de Elisa, los dos jóvenes, muertos de risa, temblando de ganas, sacándonos la ropa debajo de unos árboles de troncos grises. Le digo a Elisa que volvamos al hostal. Niega con la cabeza y empieza a patear la arena. De pronto abre la boca y su voz en la oscuridad llega con el viento.

-Nos peleamos con mi mamá porque dijo que yo era sólo de ella y que tú apenas habías puesto un polvo. Yo le dije que a lo mejor habrías querido ser mi papá si te hubieran contado.

Se calla. Por supuesto que sé que callándome de vuelta le hago daño, pero no puedo evitarlo. Así que se obliga a preguntar.

-¿Habrías querido ser mi papá?

-No lo sé, Elisa. Perdona.

-Está bien.

¿La tengo que abrazar? ¿Debería seguir hablando? ¿Qué hago si se pone a llorar? En mi habitación del hostal tengo el regalo envuelto que le compré en una joyería y las cosas que traje para armar una comida navideña de emergencia.

-Hace frío- dice su voz en la oscuridad.

-Prendamos un fuego- digo yo –Siempre hay astillas y palos al pie del morro.

Armo una fogata pequeña, débil. La rodeo con piedras. Nos calentamos las manos y escuchamos el mar rugiendo a veinte metros. La marea sube en la noche y se lleva la basura de los turistas. Al amanecer la playa estará cubierta de guijarros y conchas vacías.

No te compré ningún regalo, dice ella, no sabía lo que te gustaba. Está bien, le digo, venir contigo es el mejor regalo.

Mentira, dice ella, no me mientas. Si te importa no me mientas.

Perdón, digo al aire.

Elisa se pone de pie y desaparece en la noche. El ruido del mar tapa todo y a veces escucho sus pasos, el crujido de alguna conchita al romperse bajo su pie. Luego nada. Me siento y echo astillas al fuego. Mucho rato después, quizás una hora, Elisa vuelve. Me pone la mano en el hombro. Es la primera vez que me toca desde que nos conocimos. Tiene la mano helada, muerta y tiembla de frío.

Me pongo de pie y cruzando los dedos para estar haciendo lo correcto, la abrazo. La abrazo fuerte, sin dudar, como si la estuviera recibiendo después de volver de la guerra. Ella no se aleja y me abraza de vuelta. Es casi de mi porte, es delgada, tiene dieciocho años, cuando sonríe se parece a mi madre, tiene el pelo castaño y la piel blanca como la mujer que me la negó y está hecha de mi carne, mi sangre y la calentura estúpida que tuve un verano perdido donde todo estaba en pausa. Me he escapado de todo en mis cuarenta años pero de esto que siento abrazado a esta niña no me voy a poder escapar. Se llama Elisa y sigue temblando de frío al lado de un fuego que ondula, crepita y se muere en la noche de navidad.

(Este es el cuento pascuero que publiqué en la Revista Viernes de La Segunda en diciembre pasado)

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