Texto final Cineteca

Me olvidé de leer en la última sesión del taller de la Cineteca esto que había escrito a modo de agradecimiento a los asistentes. Lo dejo publicado acá como recordatorio de que debo ser menos desmemoriado.

Las viejas canciones de rock le prometían a los adolescentes que nunca tendrían que volver a casa. Esa, como muchas otras, era una mentira y, como muchas otras, era una mentira hermosa.

Aquellos que han vivido una tragedia en su infancia a menudo no pueden salir de ella nunca más. Lo que vivieron de niños es una casa de la que no ven las paredes. Y Godard dijo, famosamente, en su serie Historie(s) de Cinema, que aquellos que han recibido la marca en la frente (la cinefilia, el amor a las imágenes en movimiento) no pueden volver a salir de la casa que es el cine.

El cine es la casa no sólo para las imágenes huérfanas que la Historia ha dejado atrás. También es la casa para aquellos que nos declaramos huérfanos de historia.

A lo largo de esta serie de charlas he querido hablarles de lo que significa para mí haber vivido en la casa del cine. El refugio que a veces fue y el hogar horrible que a veces ha sido y sigue siendo. La mayoría de las películas son malas, dicen aquellos que miran con sospecha la cinefilia. A esos yo les digo: la mayoría de los días que vivimos son malos y sin embargo, seguimos viviendo.

Que el cine no siempre cumpla las promesas que nos hizo en la infancia no significa que esas promesas queden incumplidas. Ni siquiera significa que nos importe que esas promesas sean cumplidas en lo absoluto.

Lo que importa, tal vez lo único que importa, es esa casa inmaterial hecha de imágenes donde el cine nos ha prometido que podemos vivir dos veces. Diez, treinta, cincuenta veces. Esa casa donde el cine nos ha prometido, como la bruja de Hansel y Gretel, que encontraremos la maravilla y la felicidad que perdimos al quedar huérfanos de padres.

Digan lo que digan los miembros de la industria, los académicos y los críticos, no hay ningún motivo práctico para que exista el cine. Y sin embargo, allí está. Como una expresión de su tiempo, como una herida de generaciones muertas que sólo sobreviven en la pantalla y como un eco de la promesa de que, al final, lo que todos queremos siempre es volver a casa.

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