Un mensaje a la gente que sube a internet fotos de sus hijos

Estimados padres:

Cuando somos chicos sufrimos un montón de indignidades. Podría decirse, con escaso margen de error, que ser niño en Chile es sufrir una indignidad tras otra hasta que se alcanza la adolescencia y entonces llega la hora de hacer que otros sufran por lo que a uno le tocó vivir.

Una de las indignidades básicas de la infancia es ser fotografiado sin que te pidan permiso. Peor aún: ser fotografiado vistiendo ropas que no elegiste o, incluso, sin ropa alguna.

Peor aún: ser fotografiado vistiendo disfraces de mierda, con la cara pintada, con alguna mantita de huaso, con alguna capa de vampiro, en alguna ceremonia, evento, acto artístico, reunión, cumpleaños, navidad, 18 de septiembre, desfile oficial.

Todos sabemos lo que pasa con esas fotos y cuál es su motivo secreto. Los padres las toman porque son una huella tangible del momento en que tuvieron control total sobre esos hijos que aman y a veces odian. Por lo tanto, no importa cuántas discusiones, súplicas o amenazas se tengan al respecto, siempre llegará el momento en que el hijo o la hija lleva a su nueva pareja a conocer a los papás y en alguna sección de la velada los padres muy orgullosos van a poner sobre la mesa –o en la pantalla del computador- las imágenes de la humillación. Para eso fueron tomadas.

El temario de esas fotos no ha variado desde que los pitucos chilenos compraban daguerrotipos de sus guaguas vestidas de angelitos: Hijos llorando, hijos cayéndose al suelo, hijos haciendo el ridículo en una fiesta de curso, hijos bailando el sau-sau, la cueca, la guaracha, la refalosa, la diablada y todos esos bailes infernales que la tradición nacional nos legó y que han pasado a ser herramientas del repertorio de todas esas profesoras de música/educación física siempre deseosas de cobrarse en sus alumnos la venganza que el mundo les debe por haberlas hecho estudiar pedagogía.

Entiendo que deban existir esas fotos. Entiendo la envenenada relación que los padres tienen que sus vástagos. No soy nadie para negarles la satisfacción mafiosa que deben sentir cuando exponen la vergüenza infantil de sus descendientes ante la mirada de extraños en deslumbrantes colores Kodak.

Pero ahora además hay internet. Y las fotos que siempre debieron quedar en la intimidad del living familiar ahora flotan por las redes sociales provocando un extraño efecto: se supone que los padres las publican desde el orgullo y el amor. Pero muchas de ellas nos dan vergüenza ajena a los demás. No parecen tomadas con cariño. No inspiran otra cosa que risa primero y honda lástima después.

Por favor, dejen de humillar a pendejos que no se pueden defender. Basta de tuitear y postear fotos de guaguas e infantes disfrazados para todas las fiestas del año. Dejen que ellos decidan cuando sean adultos si quieren que esa foto donde salen con la guata al aire vestidos de abejitas debe ser conocida por el mundo.

Por favor, dejen a sus pobres hijos en paz.

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